Uno

Se va construyendo, una escena a partir de nada. El resto de algo que quedó ahí, en la orilla de la cama fría. Como al borde del sueño, cerca de donde reposo. Empieza entonces, se abre paso por el frío de la mañana y escucha voces que no entiende. En marroquí, en ucraniano, en alemán. Caen rodando por las calles adoquinadas, el viejo bar de monedas, el puestito de wafles, el baño público. Todo puesto para atraer, para llamarlo al momento de su encarnación. Es la Navidad, pero podría ser la nada. No se hacen ya cielos como este, días así de brillantes, como ojos de pájaros. Entonces empieza el ritmo a colarse por el hueco que deja la mano, el hueco de sombra de un suspiro. De la espera, el vapor en la boca. Para el metro, subimos, sigue. Para el metro, bajamos, sigue. Étoile, Rivoli, Saint-Paul. No sé: es lo mismo. La misma calle, un mapa que está todo dentro de la cabeza cuando reposo. Se abre de dentro, busca algo, asirme, pegarme.

Empiezo:
sigo poniendo dudas sobre tu espalda doblada,
curvada hacia adelante. Tu espalda que sostenías con una mano,
para no rabiar de dolor.

Eso:
y se abre la calle al sonido. El golpe de las nubes oscuras, cargadas de nieve,
las vueltas del árbol, del bosque.

Porque todo comenzó con un árbol. Con un plátano como los de Montevideo, mi casa. Un plátano grande en medio de otros árboles, de troncos finos como pestañas. Y el árbol ese, en el parque de la Legión de Honor, abierto a otras cosas.

Por algún lado hay que empezar a decir

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“Los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir”: poemas de Oscar Wilde

Fragmento de “Cármides”

Y se lamentó Venus: “Es la pérfida Artemisa
cuya mano amarga ha forjado esta crueldad,
o esa poderosa doncella cuyo deber es
guardar su fuerte e inoxidable majestad
sobre la colina ateniense: ¡Ay!
Que los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir.”

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “La esfinge”

Cantame sobre la doncella judía que anduvo perdida
con el Santo Niño,
y cómo los guiaste a través del yermo y
cómo durmieron bajo tu sombra.

Publicado en 1894

Fragmento de “La nueva Helena”

¿Dónde estuvieron desde que alrededor de los muros de Troya
los hijos de Dios lucharon en esa grande empresa?
¿Por qué no pisaron nuestra tierra otra vez?
¿Se olvidaron de ese apasionado muchacho,
su galera púrpura y su ejército tirio
y de los burlones ojos de la traicionera Afrodita?

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “Ravena”

¡Adiós, Ravena! Hace apenas un año
me detuve y miré brillar el atardecer carmesí
desde la solitaria capilla en tu llanura pantanosa:
el cielo era como un escudo oxidado
por la sangre y la batalla del agonizante sol,
y en el oeste las circundantes nubes tejían
una toga real, que algún gran Dios podría usar,
mientras en los mares oceánicos de aire púrpura
se hundía la vieja galera del Señor de la Luz.

Publicado en 1878


Acompaña la entrada un fragmento de Nature morte avec des attributs des Arts (1766), de Jean-Baptiste Siméon Chardin.

Cierro mi puerta tras de mí: poemas de Christina Rossetti

Desearía poder recordar aquél primer día
Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará?

1864

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.

Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.

Cierro mi puerta tras de mí,
y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará
mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?

¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.

¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!

Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.

Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.

Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.

Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Los tres enemigos

La carne
“Querida, estás pálida.”
“Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.”
“Querida, estás triste.”
“Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios”
“Querida, estás cansada.”
“No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.”
“Querida, tus pies están doloridos.”
“Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.”
El mundo
“Querida, sos joven.”
“También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.”
“Mirá, sos hermosa.”
“Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.”
“Y tenés riquezas.”
“El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.”
“Y la vida es dulce.”
“No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.”
El Demonio
“Bebés profundamente.”
“Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?”
“Ganarás la Gloria.”
“En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.”
“Tendrás el Conocimiento.”
“¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.”
“Y Poder.”—
“Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.”

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Una mejor resurrección

No tengo juicio, ni palabras, ni lágrimas;
mi corazón en mí es como una piedra,
demasiado entumecido para miedos o esperanzas.
Mirá a la derecha, mirá a la izquierda, vivo sola;
levanto los ojos pero, empañados por la pena,
no ven las colinas eternas;
mi vida está en la hoja que cae:
oh, Jesús, apurame.

Mi vida es como una hoja descolorida,
mi cosecha es apenas cascarilla:
mi vida está vacía y es breve
y tediosa en el árido anochecer;
mi vida es como una cosa congelada,
ni brotes ni verde puedo ver:
pero habrá de levantarse—la savia de Primavera
oh, Jesús, levantate en mí.

Mi vida es como un cuenco roto,
un cuenco roto que no puede contener
una gota de agua para mi alma
o medicina en el frío penetrante. 
Tirá al fuego la cosa marchita;
derretila y volverla a moldear, hasta que sea
una copa real para Él, mi Rey:
oh, Jesús, tomá de mí.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Después de la muerte

Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido
y un ramo de junco, romero y flores de espino
yacía grueso sobre la cama en la que yazco,
y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra.
Se inclinó sobre mí, pensando que dormía
y no podía oírlo; pero lo oí decir
“Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía
vino un silencio profundo y supe que lloraba.
No tocó la mortaja ni levantó el sudario
que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas,
ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza:
no me amaba viva, pero una vez muerta
me compadecía; y es muy dulce
saber que está todavía tibio mientras estoy fría.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Tierra de sueño

Donde ríos sin sol lloran
sus olas a la profundidad,
ella duerme un sueño encantado:
no la despierten.
Guiada por una estrella única,
vino de muy lejos
a buscar el lugar en que las sombras son
su agradable lote.

Ella dejó la mañana rosa,
dejó los cultivos de maíz,
por un crepúsculo frío y abandonado
y manantiales de agua.
A través del sueño, como a través de un velo,
mira el cielo pálido,
y escucha al ruiseñor
que canta triste.

Descansa, descansa, un descanso perfecto
sobre su pecho y su frente; 
su rostro mira al oeste,
la tierra purpúrea.
No puede ver el grano
madurando en la colina y la llanura;
no puede sentir la lluvia
sobre su mano.

Descansa, descansa para siempre
en una orilla musgosa;
descansa, descansa en el corazón del corazón
hasta que termine el tiempo:
sueño que ningún dolor despertará,
noche que ninguna mañana romperá 
hasta que la alegría se apodere
de su perfecta paz.

Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)


La imagen que acompaña la entrada es un detalle del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.

Gauchos: sobre algunos fragmentos de Hudson, Darwin y Supervielle

faf.

Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que considera uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus “experiencias reales”.

A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:

En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era…

Ver la entrada original 231 palabras más

Usted teme morir: un fragmento de las memorias de Jules Supervielle

Pequeño diálogo

El psiquiatra. —Usted teme morir. Por eso le voy a decir y repetir, yo que soy especialista en el tema, que en nuestros días uno ya no muere de enfermedad. La medicina, la farmacología, la higiene física y mental se han aliado de tal manera que la muerte no es más que un recuerdo e interviene cada vez menos en los asuntos humanos.

El enfermo. (con timidez) —Sin embargo, si creemos en las estadísticas y la tierra removida de los cementerios y la prosperidad de las casas de pompas fúnebres…

El psiquiatra. —¡Y usted cree todavía en las pompas fúnebres en pleno siglo XX! ¡Usted, un poeta moderno, cree en los caballos con penachos negros con su trotecito ridículo y en esos hombres de la bolsa que son los hombres de las funerarias! Y en cuanto a los cementerios, ¡permita que me ría! No hay en ellos más que cráneos viejos, algunos pares de tibias prehistóricas, residuos de antes de las vitaminas y las hormonas. Nada de eso tiene sentido en nuestros días.

El enfermo.  —Sin embargo, creo que ayer mismo vi pasar un cortejo fúnebre.

El psiquiatra. —¡Cree haber visto! Es lo que yo digo. En fin, siga mi consejo: cuando crea ver pasar eso que usted llama un cortejo fúnebre, dígase a usted mismo que no es nada y mire para otro lado.

El enfermo.  —Por mi parte, yo los saludo, siempre se me dijo que era lo más educado.

El psiquiatra. —¡Los saluda! Ya le decía yo que usted siente por estas visiones un placer mórbido. ¡Levanta el sombrero! ¿Qué quiere que le diga?

El enfermo.  —No diga nada, que ya me voy.


Fragmento de Boire à la source (1951), de Jules Supervielle, acompañado por un detalle del cuadro De keisnijding, atribuido a Jheronimus Bosch (c. 1475)

Epistle to OedIpod & Other Love Poems

to Mateo Vidal, God of the Archive (1990-2018)

Epistle to OedIpod

pop is experienced not as something which could have impacts upon public space, but as a retreat into private OedIpod consumer bliss, a walling up against the social.

Mark Fisher, “Reflexive impotence“

1.

I used to hold the stick with my bare hands
to feel its softness
to let her woo me.
I used to speak to it, to make her believe
time was our thing,
that I would wait to eat her up.

2.

In the middle of the parking lot, shaky-electric
open-mouthed, OedIpod
hold the thing tight in his fist—
copper and grease.

3.

The day we rode
the neutrino wind shaked your hair
and we were for an instant the golden perfection that blazes between my legs
when the switch goes up and down.

4.

It wasn’t easy
talking to you, I-OedIpod
without words, in plain daylight
as we said things like “I’ll be back in 5 minutes”
or I won’t
‘cause this was everything we had,
this little stand of stamps,
of signatures in the air, filling white boxes with silhouettes and shadows,
of pages spited afar— listen, I-OedIpod,
how tenderly they fall, honey over the desk afar, in the Printing Room,
made of labels and pulsations,
of twinkling lights
at the verge of the perverse bed, the cube of power that turns you on
grasping the curl of a cord that makes a sound and stops
only steady over the instant
between the second when the voice comes
and the second when the voice goes away and sends its order:

stand up
cross the hung men’s gate
hear the narcotic voice
and give me one of those which are to be splitted in half with the nail
those that go under my tongue,
my mother tongue.

Because in iteration, you know, dwells the shadow of a kiss, OedIpod,
with bitten fingers,
long nights of reflections, the work/not-work stimulus that we call time,
that dough pierced
by vociferous mouths, dogs sat in a row,
men folded like chairs over the sand
seeing what leaves us
and what comes instead.

5.

Either you don’t expect it
or you do and know and want him
to come and fill you of it as I do,
this anxiety, this craving to see see
to be subjected by something similar to this intensity, something
that palpitates like this thing
that feels the way reality does.

God

1.

God was the thing of silence.
A voice without movement
that opened the night each dreadful night
burning like a metal until 3 a.m.

It was that thing of darkness we acknowledged ours,
we clutched shaked by mercy.

2.

When it rang it was the timid light
that start all fires.
When we opened our mouths
it was the dose of incense that burned the edge of our Oes.
When we wanted it
it was the tiredness,
the book waiting for us at home.

3.

God was the waiting, the boredom
and the money charged into our accounts we can’t see
for it’s only twinkling numbers
on a blue screen.
It was the letters that are starting to say,
the heinous whirlpool of leaves when it mutters, sparkles.
It was the look on the thing
and the way the thing assembles itself.

4.

It was the house
the window
the cupboard with the nice glasses
the drawer
the sheets on the line
the toothbrush
the coffee table
the comb
the leg of the bed
all lost socks and papers
the steam of the kettle
the heat, by the morning.

5.

We knew how to pronounce the name because we had heard it many times.
We were afraid, though,
of saying all the vowels backwards,
that one day he would show himself as a whole
and turn out to be only a part.

The House

There was an old house:
big gardens and garage,
white agapanthus in the entrance. A summer house
on the street of the haberdashery;
Vanitas Vanitatum was its name,
and had long curtains.
It was that age when the toad grows bigger on our throats
and we can finally say our last names out loud. It was over the siesta:
the bicycles came down the hill and mudd was everywhere—it had rained that night
and the afternoons skid.
The house opened wetnesses to play with our hands
as we hid in the crumbling bathroom to look at it:
it was that age when things start to grow harder.

There  was an old house
but that night everything was lit up.

After the comeback from the fields,
this discrete and dreamy music sounded
mouth-opened,
muttering a prayer before the wind or
the afternoon rain, white with ashes,
shut her up.

Nogod

I’m my pain, the crump on my arm, migraine
I’m my hand’s splendour when it roams your back,
the secret corruption of the bug.
I’m the flame that ignites itself,
the sizzling over the confessional, the patience of what’s left,
the remembrance (some instant of a remote day,
eager feet, the soft folding on a page).
I’m the virus and the vaccine.
I’m he who looks and sees everything
over the blurred window,
who shucks the steps over his infinite self-indulgence.

The design goes this way: recognizing patterns,
it is full with this experience, with raw memory
he set on a road of dots, doodles or straight lines,
as if it were stones over the head, fumes or water,
and it shoots:

He is standing, looking over, as in the dreams night awaits the day to come, your shame’s symptom. Someone ate and left the guilt in his hands to worship. Someone told him that this whitish thing was liquid silver. Someone told him that he could have things after inserting the stuff in the hole. That he could smell those papers and feel something close to the soulful nausea of praying. That if he gave those papers he would be offered with a slice of something. An old perfection made out of faces and names.

He lets the screen talk,
he listens to it: it is Mother
and she is saying important things, about old dead soldiers, cities in flames, lakes of blood.
The eye that made itself
among crystals
is now diluted
in a manless-time that will stretch itself
until it replaces my name
and spreads the word:

No one can see him, lump of woman or plant or the very slash that divides the cases, that polishes the details, that trawls the archives. Nobody told him which was the name of his thing and he grew up pointing it, abstracting the rest, following the cursor on his search of the image behind Father’s desk, behind that window that turned out to be a mirror. That the sound they make when they fall was only a bip, that they look just as numbers hitting the cold floor. It was the day when everything is in quarantine and shows itself exactly the way it is; a tangled wire.  

But that kid could as well be god or animal
because he had his hair tied
to the elusive paw of the beast that Can do anything, because it Infects everything.

*

It’s still possible to see its virginal burning
in the discrete room of The unspeakable:
tongues of plastic fire
that move the primitive wheel that does not stop.


This poems were published, in Spanish, under the titles “Epístola a EdIpod” y “Tres poemas liminares“. The translations are mine.
The image is a detail of a photograph of an old sports hall in Russia took by Rebecca Bathory.

Cuando el alto alero tiembla: poemas de Richard Aldington, Skipwith Cannell, Amy Lowell y William Carlos Williams

“Au vieux jardin”, de Richard Aldington

Me he sentado feliz en los jardines,
a mirar el estanque calmo y los juncos
y las nubes oscuras
que el viento del aire superior
rompió como a las verdes ramas cargadas de hojas
de los árboles del fin del verano;
pero aunque encuentro gran placer
en estos y en los nenúfares,
lo que más me acerca al llanto
es el color rosa y blanco de las suaves piedra lajas,
y el pálido pasto amarillo
entre ellas.

“Nocturnos”, de Skipwith Cannell

I
Vuestros pies,
que son como pequeños, plateados pájaros,
han determinado placenteras vías;
p
or ello os seguiré,
Paloma de los Ojos Dorados,
sobre cualquier senda os seguiré,
porque la luz de vuestra belleza
brilla ante mi como una antorcha.

II
Vuestros pies son blancos
sobre la espuma del mar;
sostenedme, rápido, Cisne reluciente
no sea que tropiece y me hunda,
y en aguas profundas.

III
Largo tiempo he sido
sólo el Cantante bajo vuestra Ventana,
y ahora estoy exhausto.
Enfermo de anhelar,
oh, mi Amada;
por eso cargad conmigo, llevadme
veloz
a nuestro camino.

IV
Con la red de vuestro cabello
habéis pescado en la mar,
y un pez extraño
habéis atrapado en vuestra red;
porque vuestro cabello,
A
mada,
sostiene mi corazón
en su red de oro.

V
Estoy cansado de amor, y vuestros labios
son amapolas nocturnas.
Dadme por eso vuestros labios,
para que conozca así el sueño.

VI
Estoy exhausto de anhelo,
estoy desvanecido de amor;
porque sobre mi cabeza la luz de la luna
ha caído
como una espada.

“En un jardín”, de Amy Lowell

Brotando de las bocas de hombres de piedra
para extenderse a gusto bajo el cielo
en cuencos con labios de granito,
donde el lirio salpica sus pies
y susurra a un viento que pasa,
el agua llena el jardín con su apuro
en medio de los tranquilos parques podados.

Húmedos huelen los helechos en galerías de piedra
donde gotean y salpican las fuentes,
fuentes de mármol, amarillentas por el agua.

Chapoteando por escalones manchados de musgo
cae el agua
y el aire palpita con ella,
con su gorgoteo y su fluir,
con sus caídas y su profundo, frío murmullo.

Y yo deseé la noche y a vos.
Q
uería verte en la piscina,
blanco y brillante en el agua moteada de plata.

Mientras la luna cruzaba el jardín,
alta en el arco de la noche,
y el perfume de los lirios era intenso en su quietud.

¡Noche y el agua, y vos y tu blancura, bañándose!

“Postludio”, de William Carlos Williams

Ahora que me he enfriado de vos
que haya oro de deslucida mampostería,
templos aliviados por el sol para arruinar
ese sueño enteramente.
Dame la mano para las danzas,
ondas en File, dentro y fuera,
y labios, mi Lesbiana,
alhelíes que una vez fueron llama.

Tu cabello es mi Cartago
y mis brazos el arco
y nuestras palabras flechas
para disparar a las estrellas,
que desde el neblinoso mar
bullen para destruirnos.

Pero estás a mi lado…
¿cómo he de resistirte
a vos, oh, que me herís en la noche
con pechos que refulgen
como Venus y como Marte?
¡La noche que está gritando Jasón
cuando el alto alero tiembla
como si hiciera olas sobre mí
azul en la proa de mi deseo!
¡Oh plegarias en la oscuridad!
¡Oh incienso a Poseidón ofrendado!
Calma en la Atlántida.


Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraban estos, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes.
La imagen que acompaña la entrada es un detalle de un estampado de William Morris (1884).