10

Cosas que hablan

Carolina Silva Rodé: Samurai

soñé con una habitación de diez metros cuadrados
obscena y excesiva
bárrida
jamás visito casas de techos bajos o un solo piso
y conozco bien la arquitectura ascética de fin de siglo
mis hermanos, en silencio, se dispersan por otras habitaciones

pero yo lucho aún con la luz azulada y fría del crepúsculo
quieta contra la pared, pensando
que si yo vivo en un rincón del cuarto
el resto lo habitará la idea de que no debería estar sola.

Francisco Álvez Francese: Ruido

1

Deja la casa. Y es el silencio que sigue a su salida (atrás queda el ruido metálico
del cerrojo, la llave que casi puedo ver activando el mecanismo de pasadores y resortes) lo que me despierta.

El instante es de extraña satisfacción, como si hubiera concluído
una difícil tarea: él está ahora afuera, a su día,
y el nuestro empieza.

2

Grito…

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Variaciones sobre la casa

faf.

En medio del confinamiento, Nina Blau nos escribió para contarnos que estaba con ganas de reactivar la revista Sotobosque, donde con Gastón Haro habíamos publicado los textos que luego se convirtieron en el libro Los restos del naufragio.
Dijimos que sí y en esas semanas yo escribí una serie de textos bajo el título general Variaciones sobre la casa, que Gastón acompañó con fotos deslumbrantes.
Se accede a los textos completos haciendo clic en las citas.

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9

Cosas que hablan

Isabel Retamoso: Pedrera

Pensé que todos los años iba a ser lo mismo.

La puerta no abre fácil porque está hinchada por la humedad. Mi padre la empuja con los hombros hasta que cede, y nos recibe la casa, como un santuario del verano, todavía en los rincones los juegos de playa y la sombrilla vieja y enmohecida.

A la tarde vamos a buscar hongos al bosque. Los árboles negros rodean el frío y nos convocan.

Los sillones verdes destilan salitre, que se pega a nuestros muslos y a nuestras manos; todas las esquinas están hechas de arena.

Mi padre prende el fuego.

Detrás del crepitar de las ramas aparece entonces, de noche profunda, de mar rabioso, el silencio.

Carolina Silva Rodé: San Salvador

no está claro dónde termina nuestro cuerpo y empieza el calor
gaseoso y el vapor del sudor del asfalto
si pienso en nosotros pienso en nosotros

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Los poemas sobre nada (work in progress)

1

Escribiré un poema sobre la nada
lleno de tambores y pelotas como estrellas
un poema que diga paisito y tenga costas
sobre un río que parece un mar, de agua marrón, etc.
Escribiré un poema sobre la nada y lo pondré
a bailar tango lentamente
a galopar sobre la penillanura
a contrabandear pasta de dientes
a votar.
Escribiré un poema sobre la nada que será una cosa
un mate lavado
o un disco de vinilo de esos hombres con bigote
la sombra de un inmenso soldado de metal 
sobre el pasto y las palmeras.
El poema sabe lo que dice, modesto: empieza por el norte,
hundidos los pies en el calor de las termas
y va bajando, junta naranjas, ve los muros pintados,
cruza charcos, camina por calles de adoquín y salta,
olímpicamente, al río que parece un mar, de agua marrón, 
etc. y no se hunde.

2

Quisiera hacer un podcast aprovechando la nada
un podcast elástico y brutal
en el que impartir compartir departir sobre mis fecundos
eternos insondables conocimientos
los datos que acumulo y saco 
cada tanto para sorprender a un auditorio reducido.
Quiero hacer un podcast sobre la nada
que sea rápido y denso, erudito y ligero
como esas canciones
que hacen de cortina al show.
Quiero que el podcast me dé un público más amplio, 
diverso y dividido, mejorar a todos
darles comida para pensamiento, motivos de discusión y de sorpresa,
alegrarlos de pronto
con mis comentarios ingeniosos, con mis poemas, hijos de la espera.
Quiero hacer etc. mientras oteo, con ansias,
el campo a lo lejos, hecho de verde y tiempo,
y lo veo: ya está ahí el podcast, sin mí.
Da la vuelta como un caballo de madera
brioso reluciente y se detiene solo para mirarse,
pájaro discreto, en el reflejo de un virtuoso tajamar.

3

Voy a escribir un poema sobre la nada
inverificable —que diga las cosas/
no digas las cosas—
un poema que empiece en la primera página
se derrame como por casualidad por la segunda
y se sostenga en base a voces hasta la quinta o sexta:
repeticiones. Voy a escribir una vez más un poema sobre la nada
que pase lentamente una pluma
por el pie de todo, que grite
sin hacer ruido, un perro mordiéndose la cola,
esa cosa que se repite clap clap
y de pronto oculta el cuerpo
bajo un montón de hojas ¡y en verano!

4

Haré un poema de exaltación patriótica sobre absolutamente nada:
sobre cosas chiquitas, preciosas, únicas,
un poema mínimo que, en las antologías,
se perderá, casi, entre los caudalosos versos de Mármol y la “Brasiliana em Três Cantos”.

Será un poema escueto, sin pretenciones, apenas vanidoso,
(lo suficiente como para reclamar para sí la humildad)
y tendrá, por supuesto, los pies descalzos, próximos a la Tierra.

Cuando esté echado ya sobre la página,
como dados en la mesa del casino o una señorita en la hierba,
lo miraré un instante, pensaré en sus bordes, en la manera en que habla…
Cuidadosamente le bajaré un tono a su voz, le moveré el pelo un poco, le imaginaré una nueva sonrisa:
pondré en el cuadrado de sus estrofas
tres de esas frutas que se llaman certezas, la que se llama ilusión, la sombra de los héroes exiliados
y dejaré afuera las eses.

5

Quisiera hacer un verso, una canción dispersa,
que cobre en cobre o en dólares (son verdes y eso los hace
inmensamente atractivos y brillantes).
Un verso que rabie
que clame
se rebele
se manifieste
grite
arda
contra la injusticia (un verso que salga de la injusticia
y la muestre y la consuma).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
(un verso que reciba herencia
y gane concursos
pero que esté, tambien,
contra la herencia y los concursos
y, en general, un verso que esté contra todo lo malo,
incluyendo la propiedad privada
y, dios me libre, el libre mercado).
Quisiera hacer un verso manchado
por el barro del pueblo,
con los pies enterrados en el pueblo
y la frente en alto.
Un verso que diga cosas (que sea claro, que argumente bien,
un verso educado, por supuesto, pero opuesto con determinación
a la educación burguesa y opresora).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
pero que sea todo: que tenga calle
y tenga, en su arsenal, palabritas,
imágenes circulares como la que dice aquello,
que todo lo sólido se disuelve, etcétera.

6

Escribiré un poema sobre la nada,
un poema furibundo
triste
escueto pero elocuente
un poema sobre nada
que tenga moraleja.
Que muestre,
el poema,
su integridad moral irreprochable,
que maneje,
el poema,
un solo discurso en arte mayor
(será un verso sobre nada, pero alejandrino).
No deberá notarse, sin embargo, esa cualidad suya
por lo que
daré enter.
Lo escribiré, aunque con simpleza, en el tono del panegírico y mi verso creará mitos, mártires, dioses anónimos, ejemplos, arquetipos, modelos.

Usaré para mi verso
un caso: una caída llena de gloria y patetismo
para que mi poema sobre la nada
pueda elevarlos a todos.

7

Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
y como a la nada
ponerle luces de ambulancia o luces de patrullero o luces
de árbol de Navidad (la nada reluce
contra el asfalto, refleja
su color insistente en charcos, en chapas,
en retrovisores, en puertas
blindadas, en vidrios polarizados).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
que reclame un espacio: será leve como un potro
y dará vueltas a la plaza, pero no dejará restos,
porque será caballo,
mas caballo metafísico.
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
que sea inmune a las balas y sordo a las preguntas capciosas,
un verso no identificado,
un verso silencioso, secreto, mudo,
discreto, honrado, un verso que sepa cuando decir
“buenos días” y sepa decir “hasta luego”.
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada,
que ponga el grito bien alto,
en el cielo, un verso que se gaste la ropa
contra el suelo, que viva en murmullos,
un verso que hable fuerte, claro, y a la vez
sea hermético como un símbolo extraño.
Quisiera hacer un verso arovechando la nada
que sea tan contradictorio como la voz delicada
que dice ay de mí en éxtasis.

8

Escribiré un poema sobre la nada
pero de solo a solo, sin testigos.
Un poema que me mire, en cuarentena,
y al que yo mire mirarme como a un vacío,
como a la voz callada del confinamiento voluntario
o forzado,
el eco dulce de la nada que murmura:
el lago transparente de Narciso apenas rodeado
de pastizales y por el paso lento de biguás
y de carpinchos.

Todo eso puesto ahí por una mano amable,
enguantada de azul, como una señal celeste,
y esa boca ¡tapada! casi hasta los ojos, sin
respirar, sin ensuciar el agua, con el toque
serio de las cosas que esperan, gestos
de leve talco, neutralidad de jabón y alcoholes.
Todo eso puesto ahí como un guardado secreto
de roedores y avecillas por la voz que dice nada
en la radio, lee proclamas, cartas a los lectores,
por la eminencia gris del virus, el ruido molesto
de las fábricas, los pasos de los hombres y
las mujeres que marchan, bajan escaleras,
suben por la calle hasta que el río se agota,
hasta que la sangre se detiene en las sienes.

Como un bloque de arena, mi canción-poema
se derramará en la orilla,
contagiará otras voces, infectará las calles y el sentido exacto
de estos versos se perderá hecho agua,
vuelto nada como la capa lípida que lo envuelve, frágil corona,
ante la avasallante potencia de la espuma.


Acompaña los poemas un detalle del Erased de Kooning Drawing (1953), de Robert Rauschenberg.

Respuesta a Leonor

Imagino, hacía calor. Las ventanas, grandes, daban al este y el sol ya superaba los pinos a media mañana. Él esperaba, sentado en una butaca de cuero marrón, acaso con las piernas cruzadas como yo quería sentarme también un día, con las piernas cruzadas como las mujeres y también los hombres que admiraba.

Uno a uno entrábamos los niños
y hablábamos con ese hombre grande, un cura viejo que yo conocía de vista, de verlo pasar por las calles del balneario en el que veraneaba, con una cañita contra el hombro. De verlo ya en el arroyo, pescando.

Yo devolvía los peces al agua y él no.

Estábamos todos, más o menos, hablando por hablar, pero un adulto nos escuchaba con toda la atención. Y decíamos, uno a uno, en soledad con aquél hombre,
con el sol reflejando en los vidrios, unas esculturas curiosas, de madera, traídas de Pascua o del Brasil, los libros quietos.
El recuerdo de unas palabras que repetíamos,
“estás perdonado”, dichas a un niño, pecador por herencia.

Y luego eso: romperme la mano contra Dios.
Abrir la herida, “te absuelvo”.

Pensar con fuerza, en soledad, en Dios, poner la frente en blanco
a su disposición, para que la llene. Entrar en iglesias al azar, arrodillarme frente a Dios
pedir algo, pedir perdón

no soy digno de que entres en mi casa
pero estaba ahí y la sombra que proyecta una estatua de la Virgen,

mojarse con un agua invisible la frente (sin ceniza). Uno mismo porque
¿quién?

Era una línea de oro. Mármol sobre mármol. Incienso. Terciopelo.
Madera y ladrillos en mi infancia.

Y nadie respondía cuando yo miraba el ícono y decía “hacé algo
ahora
hacé algo”.

Y los muertos parecían mirar para el costado,
y era todo transparente: la sangre pura,
porque el llanto
(pasamos el desierto que se abre entre las 12 de la noche y el alba cada madrugada
y no fuimos tentados
pero no había voz ahí
o algo clamaba pero adentro
y no había nada
ni la sombra de una zarza
ni la zarza
y eran años de eso: poner un pie y luego el otro, hablar con las piedras,
esperarlo. Y entonces era eso
decir
“creo, creo en”
cuando se abría el canto
nada
y después
nada
y la afirmación, cada día, del vacío
y la afirmación, cada día, de lo que no habla).

Porque estaba entonces, era una voz antigua
igual a la del silencio.

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Cosas que hablan

Carolina Silva Rodé: Para evitar un error

Los árboles a nuestro alrededor crecen
romboides, y luego giran
Y cambian:
No intentemos predecir el follaje ni el otoño

Mira mi cicatriz que se abre mientras hablo
(Estaba ahí para indicarme silencio)
Y hablo y ella la mira y ve asomarse la punta
bifurcada de una rama
Bifurcada

La herida retrocede mientras se abre,
un viaje en el tiempo de todos mis tejidos
La sangre ya no mana
Y si tuerzo el torso puede seguir creciendo la
rama mientras me abre
Indefinidamente, sin jamás tocarla a ella,
Que ya mira de reojo, recelosa
A nuestros árboles

Sofoco su pavor con una flor grande y húmeda
Le digo lo que yo siento no es
Necesariamente
Lo que pasa

Isabel Retamoso: Actual chorolo / Pudorosa

Estaba todo bien, pero qué horrible los hombres de musculosa y el frío y el sudor pegajoso y la…

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Hojas de un cuaderno sin días

Dejo al chocolate disolverse en la boca,
siento el suave rigor de las semillas de sésamo,
tomo un poco más de café. Hay sol
—me da en la espalda, el brezo crece en el balcón,
hay música (un disco de Jens Lekman y Annika Norlin que quisiera comentar contigo) y papeles sobre la cama,
un libro, todo dispuesto.
Y por qué, entonces,
sabiendo que no estás más del otro lado,
chocolate, acaso agua o un jugo, sol y los mismos libros,
todo lo que sabíamos nuestro y creímos para siempre.
/
Un artículo sobre un libro japonés de historia norteamericana,
en el que los próceres son héroes mitológicos,
una película nueva, las impresiones sobre lo último de Julia Holter,
un edificio, el cartel del lavadero que está cerca de esta nueva casa,
la increíble historia de un amigo común de Facebook,
comentarios sobre El ángel azul, que
cuando estuve en Barcelona me compré por 3 euros White Teeth,
que voy a verla, a Julia Holter, en diciembre.
/
Se abre una puerta
y cae de pronto,
como empujada por tu partida, una parte hermosa de mí,
la que cuidaba para vos, la que miraba las cosas pensando
qué verías ahí, si pensarías como yo que eso es horrible,
qué dirías de mi última idiotez, si no me sirve de nada,
si es mejor callar ahora.
No veo en la casa nada más que un resplandor lejano
todo lo que se ha hundido inevitable, derretido en una cosa compacta que espera.
/
De pronto llega: es un escalofrío cuando digo era así,
pensaba que estarías esperando por ahí, silencioso
como en mis sueños, cuando aparecías con una sonrisa
y me ayudabas a llegar a algún sitio.
Era la noche gotea y llegan los impulsos, mensajes, sonidos
el espacio de una mano no demasiado grande puesta frente a mí,
es lo que se dice confianza,
caer fulminado de llanto agarrado al sillón, mientras se siente un ruido, arriba:
una tela que se desprende del cielo
en medio del océano.
Un telón que cae de negrura y deja al otro lado el jardín,
el tiempo bueno en el que estábamos juntos,
mirábamos lo mismo, al mismo tiempo y nos reíamos
de cualquier cosa: compartíamos el tiempo. ¿Sabré lo que era eso?
¿Compartir el tiempo?
/
Si pudiera seguiría la conversación donde quedó,
te diría: ¿leíste Íntima, al final?
Me dijiste que estabas con libros breves porque tenías que sostenerlos con
una sola mano
(en la otra tendrías la vía, supuse, pero no quise preguntar).
Habías leído, en esos días (la última semana en la que pudiste hacer algo así)
algo de Zweig
Amuleto —bromeaste sobre la imposibilidad de sostener
con una sola mano Los detectives salvajes
y Los galos, los galgos.
/
Ahora sí,
dice todo lo que toco,
ya no hay lugar al que volver.
/
Como un galope en la noche: hienden la penumbra de mis sueños
los perros blancos de la medicina o del veneno.
Los oigo sobre los techos —la pizarra deja resbalar el sonido
pesado
las hojas se amontonan y entonces miro,
una parte de la pantalla donde titila tu nombre (me repito: no estás, eh,
no estás ahí).
/
Y yo lo miro desperezarse, al mundo,
estupefacto
a este paisaje que se arma todavía
ante mí
y bajo los ojos con vergüenza.
/
¿Quién está ahí?
Como si hundiera una espada en la oscuridad
se oyen palabras tuyas,
adjetivos, veo cualquier cosa arreglarse de cierta manera,
y eso es suficiente. Tengo la compulsión, todavía, de guardarlo
para cuando nos veamos. Como antes
—pensaba: me voy a aguantar, no le voy a mandar un mensaje así se lo cuento
en persona.
/
¿Podré ser justamente eso que tenía, una voz que dice tu nombre y
espera un instante para verte?: estás en el sillón de casa, comiendo
algo que preparé, Camila está al lado tuyo y yo los miro desde la esquina y hablo,
o tomamos algo en la calle Bacacay con Martina, que saca una foto,
o estás en el jardín del Museo Nacional de Artes Visuales,
venís con Mariana y te cortaste el pelo del todo. Venís bajando por 21 a mi encuentro,
en la puerta del cine, o el primer día,
en la vereda de Paysandú, con otra gente, hablando de Margaret Atwood,
o después, señalando con el meñique un papel que dice Carlos Federico Sáez,
o en Lautréamont (se presenta un libro y nos reímos
porque la poeta habla mucho de sus nietos), o cuando me decís estoy afuera o llego en 5—

*

Tuve un sueño. Estábamos, quién sabe por qué, en Carrasco. No recuerdo la calle, pero podía ser Mones Roses, Divina Comedia o Millington Drake. Calles viejas que asocio a la felicidad tranquila, a pasar con el auto, lentamente, enfureciendo a las camionetas, inmensas en su pastosa desproporción. A las hojas de otoño cubriendo el suelo, las casas inmensas con patio, una idea de algo que se perdió, a pocas cuadras, en la vulgaridad de las construcciones nuevas. Pero era verano. Estábamos de remera y caminábamos; veníamos de tomar el té juntos. También estaba otro amigo con nosotros, pero había quedado atrás, tal vez pagando, después de insistir. No eras exactamente vos, aunque en el sueño yo sabía que sí. Eras un japonés de ilustración, el avatar que elegiste en WhatsApp, pelo negro, lacio (eso sí era tuyo), pero una pequeñez de hombros estrechos, una delgadez que no me hacen pensar en vos y que en el sueño era señal de tu salud restablecida. En el momento, creo, no me daba cuenta de ese desfazaje. Te apoyaba la mano en la espalda: algo me decía que debía tocarte, sentir tu cuerpo, comprobar que no fueras un fantasma o una sombra. Tenías una remera blanca. Íbamos un poco más rápido, porque habíamos estado fingiendo. Nuestro amigo en común estaba muy preocupado por vos (me había llamado tarde, angustiado) y querías demostrarle que, a pesar de haber estado en el Hospital varios días y muy grave, ahora estabas bien de nuevo. Pero, aunque se te veía radiante, no era más que una mascarada, así que nos apurábamos para poder charlar y porque yo no podía reprimir más las lágrimas. Vos no hablabas nunca. Era yo quien decía “Tuve mucho miedo”. “Te quiero, Mateo”. Y vos sonreías porque ya sabías eso. “Pero eso ya lo sabías”, agregaba yo y asentías. Creí que se iba a morir, pensaba, y entonces todo empezaba a parecer raro, tras el recuerdo de un mensaje de Mariana. “Dicen los médicos que es irreversible”. Me recuerdo ahora frente al teléfono. Ese mensaje, que formaba parte del sueño, pertenece a la vigilia. Me acuerdo de repetir la palabra “irreversible”, pensar en ella, verla moverse en el aire como un animal asustado. ¿Qué sí es reversible? ¿Cómo estará Mariana ahora?, pensaba en el sueño. Al instante hacía un comentario malicioso sobre alguna cosa y me reía, pero cada vez era más evidente para mí que había algo que no estaba bien, un desplazamiento que tal vez tuviera que ver con que vos no eras vos, que tu cuerpo no era exactamente el tuyo. No obstante, pensaba que al final había tenido razón, que podríamos seguir hablando como siempre (en un momento atroz de tu última internación yo pensé en decirte muchas cosas, fijar días para hablar por Skype, despedirnos), casi como si no hubiera pasado nada. Pensaba que habría una prórroga, no por tu bien (lo admito, sí), sino para el mío, que podría decirte cosas hasta el final. ¿Y con quién hablo yo ahora? Nadie responde. En el sueño era todo brillante. Había futuro y sin embargo tampoco entonces me lo creía del todo.


La imagen que acompaña la entrada es del tumblr Polysynthesism.

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Cosas que hablan

Isabel Retamoso: Frágil

mamá me dice que soy frágil, que se me hace difícil soportar estas cosas. me gustaría contradecirla, quitarle la verdad de la boca y demostrarle que por una vez en la vida está errada, pero tengo el cuerpo deshilachado de la angustia y los labios hundidos por el peso del dolor. y me sé frágil, acurrucada en el borde del colchón como un perro malherido, con la mezclilla de la ansiedad repicándome en la frente. arbusto anémico, no hago más que dibujar mi desgracia con la lengua. a veces siento que la sangre me baja tanto que podría reventarme los dedos de los pies. será una tristeza gangrenosa. una tristeza trabajadora, de abdomen agujereado y dientes rotos. tristeza venida de afuera, vergüenza pegajosa; desearía poder liberar mi garganta sofocada. mamá me dice que soy muy frágil. no sé dónde es que está el alivio. mi ombligo se…

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1

De ahora en adelante, nos leemos también acá.

Cosas que hablan

Carolina Silva Rodé: Mital

2014

“Mital” aparecía como tecnología obsoleta: un VHS, un walkman, y desplegaba un aura metálica que convertía todo en parte de un universo plástico, cuyo lenguaje, también metálico —un adjetivo que describe muy bien todo lo que estaba pasando—, cobrizo pero no del color del cobre, ya se había apropiado de muchas de mis palabras. “Al final”, quise decir, pero “señal” dije. La palabra me rehuía. “Señal, miñal, fiñal”, seguía. En mi mente la palabra original substistía, escondida abajo de alguna de las nuevas. Peñasco. Un cable tensado y plateado recorría regularmente todos los espacios imaginables, limpiaba, arrastraba, traía más “ñ”s cosmogónicas y poderosas. Dos palabras majestuosas en tamaño y sonoridad venían a mí intermitentemente y las supe arquetípicas: todo era “peñoro” o “peñada”, todo pertenecía a uno de esos eternos subconjuntos de un todo mayor. Desértico, metálico y pastoso era el mundo mientras yo intentaba…

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