Hojas de un cuaderno sin días

Dejo al chocolate disolverse en la boca,
siento el suave rigor de las semillas de sésamo,
tomo un poco más de café. Hay sol
—me da en la espalda, el brezo crece en el balcón,
hay música (un disco de Jens Lekman y Annika Norlin que quisiera comentar contigo) y papeles sobre la cama,
un libro, todo dispuesto.
Y por qué, entonces,
sabiendo que no estás más del otro lado,
chocolate, acaso agua o un jugo, sol y los mismos libros,
todo lo que sabíamos nuestro y creímos para siempre.
/
Un artículo sobre un libro japonés de historia norteamericana,
en el que los próceres son héroes mitológicos,
una película nueva, las impresiones sobre lo último de Julia Holter,
un edificio, el cartel del lavadero que está cerca de esta nueva casa,
la increíble historia de un amigo común de Facebook,
comentarios sobre El ángel azul, que
cuando estuve en Barcelona me compré por 3 euros White Teeth,
que voy a verla, a Julia Holter, en diciembre.
/
Se abre una puerta
y cae de pronto,
como empujada por tu partida, una parte hermosa de mí,
la que cuidaba para vos, la que miraba las cosas pensando
qué verías ahí, si pensarías como yo que eso es horrible,
qué dirías de mi última idiotez, si no me sirve de nada,
si es mejor callar ahora.
No veo en la casa nada más que un resplandor lejano
todo lo que se ha hundido inevitable, derretido en una cosa compacta que espera.
/
De pronto llega: es un escalofrío cuando digo era así,
pensaba que estarías esperando por ahí, silencioso
como en mis sueños, cuando aparecías con una sonrisa
y me ayudabas a llegar a algún sitio.
Era la noche gotea y llegan los impulsos, mensajes, sonidos
el espacio de una mano no demasiado grande puesta frente a mí,
es lo que se dice confianza,
caer fulminado de llanto agarrado al sillón, mientras se siente un ruido, arriba:
una tela que se desprende del cielo
en medio del océano.
Un telón que cae de negrura y deja al otro lado el jardín,
el tiempo bueno en el que estábamos juntos,
mirábamos lo mismo, al mismo tiempo y nos reíamos
de cualquier cosa: compartíamos el tiempo. ¿Sabré lo que era eso?
¿Compartir el tiempo?
/
Si pudiera seguiría la conversación donde quedó,
te diría: ¿leíste Íntima, al final?
Me dijiste que estabas con libros breves porque tenías que sostenerlos con
una sola mano
(en la otra tendrías la vía, supuse, pero no quise preguntar).
Habías leído, en esos días (la última semana en la que pudiste hacer algo así)
algo de Zweig
Amuleto —bromeaste sobre la imposibilidad de sostener
con una sola mano Los detectives salvajes
y Los galos, los galgos.
/
Ahora sí,
dice todo lo que toco,
ya no hay lugar al que volver.
/
Como un galope en la noche: hienden la penumbra de mis sueños
los perros blancos de la medicina o del veneno.
Los oigo sobre los techos —la pizarra deja resbalar el sonido
pesado
las hojas se amontonan y entonces miro,
una parte de la pantalla donde titila tu nombre (me repito: no estás, eh,
no estás ahí).
/
Y yo lo miro desperezarse, al mundo,
estupefacto
a este paisaje que se arma todavía
ante mí
y bajo los ojos con vergüenza.
/
¿Quién está ahí?
Como si hundiera una espada en la oscuridad
se oyen palabras tuyas,
adjetivos, veo cualquier cosa arreglarse de cierta manera,
y eso es suficiente. Tengo la compulsión, todavía, de guardarlo
para cuando nos veamos. Como antes
—pensaba: me voy a aguantar, no le voy a mandar un mensaje así se lo cuento
en persona.
/
¿Podré ser justamente eso que tenía, una voz que dice tu nombre y
espera un instante para verte?: estás en el sillón de casa, comiendo
algo que preparé, Camila está al lado tuyo y yo los miro desde la esquina y hablo,
o tomamos algo en la calle Bacacay con Martina, que saca una foto,
o estás en el jardín del Museo Nacional de Artes Visuales,
venís con Mariana y te cortaste el pelo del todo. Venís bajando por 21 a mi encuentro,
en la puerta del cine, o el primer día,
en la vereda de Paysandú, con otra gente, hablando de Margaret Atwood,
o después, señalando con el meñique un papel que dice Carlos Federico Sáez,
o en Lautréamont (se presenta un libro y nos reímos
porque la poeta habla mucho de sus nietos), o cuando me decís estoy afuera o llego en 5—

*

Tuve un sueño. Estábamos, quién sabe por qué, en Carrasco. No recuerdo la calle, pero podía ser Mones Roses, Divina Comedia o Millington Drake. Calles viejas que asocio a la felicidad tranquila, a pasar con el auto, lentamente, enfureciendo a las camionetas, inmensas en su pastosa desproporción. A las hojas de otoño cubriendo el suelo, las casas inmensas con patio, una idea de algo que se perdió, a pocas cuadras, en la vulgaridad de las construcciones nuevas. Pero era verano. Estábamos de remera y caminábamos; veníamos de tomar el té juntos. También estaba otro amigo con nosotros, pero había quedado atrás, tal vez pagando, después de insistir. No eras exactamente vos, aunque en el sueño yo sabía que sí. Eras un japonés de ilustración, el avatar que elegiste en WhatsApp, pelo negro, lacio (eso sí era tuyo), pero una pequeñez de hombros estrechos, una delgadez que no me hacen pensar en vos y que en el sueño era señal de tu salud restablecida. En el momento, creo, no me daba cuenta de ese desfazaje. Te apoyaba la mano en la espalda: algo me decía que debía tocarte, sentir tu cuerpo, comprobar que no fueras un fantasma o una sombra. Tenías una remera blanca. Íbamos un poco más rápido, porque habíamos estado fingiendo. Nuestro amigo en común estaba muy preocupado por vos (me había llamado tarde, angustiado) y querías demostrarle que, a pesar de haber estado en el Hospital varios días y muy grave, ahora estabas bien de nuevo. Pero, aunque se te veía radiante, no era más que una mascarada, así que nos apurábamos para poder charlar y porque yo no podía reprimir más las lágrimas. Vos no hablabas nunca. Era yo quien decía “Tuve mucho miedo”. “Te quiero, Mateo”. Y vos sonreías porque ya sabías eso. “Pero eso ya lo sabías”, agregaba yo y asentías. Creí que se iba a morir, pensaba, y entonces todo empezaba a parecer raro, tras el recuerdo de un mensaje de Mariana. “Dicen los médicos que es irreversible”. Me recuerdo ahora frente al teléfono. Ese mensaje, que formaba parte del sueño, pertenece a la vigilia. Me acuerdo de repetir la palabra “irreversible”, pensar en ella, verla moverse en el aire como un animal asustado. ¿Qué sí es reversible? ¿Cómo estará Mariana ahora?, pensaba en el sueño. Al instante hacía un comentario malicioso sobre alguna cosa y me reía, pero cada vez era más evidente para mí que había algo que no estaba bien, un desplazamiento que tal vez tuviera que ver con que vos no eras vos, que tu cuerpo no era exactamente el tuyo. No obstante, pensaba que al final había tenido razón, que podríamos seguir hablando como siempre (en un momento atroz de tu última internación yo pensé en decirte muchas cosas, fijar días para hablar por Skype, despedirnos), casi como si no hubiera pasado nada. Pensaba que habría una prórroga, no por tu bien (lo admito, sí), sino para el mío, que podría decirte cosas hasta el final. ¿Y con quién hablo yo ahora? Nadie responde. En el sueño era todo brillante. Había futuro y sin embargo tampoco entonces me lo creía del todo.


La imagen que acompaña la entrada es del tumblr Polysynthesism.

2

Cosas que hablan

Isabel Retamoso: Frágil

mamá me dice que soy frágil, que se me hace difícil soportar estas cosas. me gustaría contradecirla, quitarle la verdad de la boca y demostrarle que por una vez en la vida está errada, pero tengo el cuerpo deshilachado de la angustia y los labios hundidos por el peso del dolor. y me sé frágil, acurrucada en el borde del colchón como un perro malherido, con la mezclilla de la ansiedad repicándome en la frente. arbusto anémico, no hago más que dibujar mi desgracia con la lengua. a veces siento que la sangre me baja tanto que podría reventarme los dedos de los pies. será una tristeza gangrenosa. una tristeza trabajadora, de abdomen agujereado y dientes rotos. tristeza venida de afuera, vergüenza pegajosa; desearía poder liberar mi garganta sofocada. mamá me dice que soy muy frágil. no sé dónde es que está el alivio. mi ombligo se…

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1

De ahora en adelante, nos leemos también acá.

Cosas que hablan

Carolina Silva Rodé: Mital

2014

“Mital” aparecía como tecnología obsoleta: un VHS, un walkman, y desplegaba un aura metálica que convertía todo en parte de un universo plástico, cuyo lenguaje, también metálico —un adjetivo que describe muy bien todo lo que estaba pasando—, cobrizo pero no del color del cobre, ya se había apropiado de muchas de mis palabras. “Al final”, quise decir, pero “señal” dije. La palabra me rehuía. “Señal, miñal, fiñal”, seguía. En mi mente la palabra original substistía, escondida abajo de alguna de las nuevas. Peñasco. Un cable tensado y plateado recorría regularmente todos los espacios imaginables, limpiaba, arrastraba, traía más “ñ”s cosmogónicas y poderosas. Dos palabras majestuosas en tamaño y sonoridad venían a mí intermitentemente y las supe arquetípicas: todo era “peñoro” o “peñada”, todo pertenecía a uno de esos eternos subconjuntos de un todo mayor. Desértico, metálico y pastoso era el mundo mientras yo intentaba…

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Diario del mal fotógrafo

Sin dones

El arte de la fotografía me fue negado. Ya me resigné, aunque no me resigno. Creo que mi problema es que soy demasiado ansioso y, la verdad, presto poca atención a las instrucciones. Camila siempre me quiere explicar cómo hacer foco y esas cosas, pero yo me aburro y aprieto el disparador sin pensar mucho, encuadrando de memoria. 
Desde que estoy en Francia fui muchas veces a la basílica de Saint-Denis. Es un lugar que me fascina, tranquilo y hermoso. En algún momento fui diariamente a una de sus capillitas y dos veces visité la cripta real, con todo su mármol. Siempre encontré, en los patios o entre los muros, una forma rara de comunicarme con las cosas. Ahí están.
Entonces tenía que sacar la foto, que salió, otra vez, mal, con una luz fuerte justo del lado en el que el Santo levanta su cabeza con las manos y camina. Pero ahí está.

Puerta de los Valois de la Basílica de Saint-Denis (Saint-Denis, Francia)

Un arte descartable

Un día Camila me compró una Kodak descartable, de esas que venden en los kioscos y yo fui feliz. El carácter mismo de la maquinita sacaba toda aura, toda responsabilidad: yo me ponía ahí y disparaba, sin que me importara nada, sin pensar en nada, como un auténtico amateur (que significa amante).
Cuando los resultaron vieron la luz, mi cualidad de aficionado se hizo evidente: la mitad de las fotos están quemadas, o salieron muy oscuras o tienen dedos míos que las arruinan. En fin: también están ahí, como testigos o pruebas de algo. Al final, los lugares son tan hermosos que las justifican.

El Palacio de Luxemburgo desde el estanque, en los jardines de Luxemburgo (París, Francia)
Busto de Charles Baudelaire, realizado en 1933 por Pierre-Félix Fix-Masseau, en los jardines de Luxemburgo (París, Francia)
Cuervos comiendo en el Jardín de Plantas (París, Francia)
La Ópera Garnier vista desde atrás (París, Francia)
Vidriera con motivo del año nuevo chino en las galerías Lafayette (París, Francia)
Año nuevo chino 2019, en el barrio chino de París (Francia)
Vista de la basílica de santo Bonifacio ed Alessio (Roma, Italia)
San Pedro desde el Jardín de los Naranjos (Roma, Italia)
Foro romano, con vista al templo de Saturno (Roma, Italia)
Foro romano, con vista al templo de Saturno, desde el lado opuesto (Roma, Italia)
Vista del Monumento a Vittorio Emanuele II, desde el Foro (Roma, Italia)
Jardín del palacio Doria Pamphilj (Roma, Italia)
El Panteón (Roma, Italia)
Plaza de San Pedro (Vaticano)
Museos Vaticanos (Vaticano)
Iglesia en el Vaticano
Interior de la Villa Farnesina (Roma, Italia)
Escultura sin cabeza en el parque Villa Borghese (Roma, Italia)
Fuente en el parque Villa Borghese (Roma, Italia)
La avenida de Laumière desde el parque Buttes-Chaumont (París, Francia)
Monumento a Paul Verlaine en los jardines de Luxemburgo, realizado en 1911 por Auguste de Niederhausern (París, Francia)
Patio de la casa de Eugène Delacroix (París, Francia)
Reloj del periódico Le Temps, que funcionó entre 1862 y 1942 (París, Francia)
Otra vista de la Ópera Garnier, desde el boulevard Haussmann (París, Francia)
Vista de la iglesia Notre-Dame de Lorette y de la basílica del Sacré-Cœur desde la calle Laffitte (París, Francia)
Chalecos amarillos en la plaza de la Bastilla (París, Francia)
Escultura de Honoré de Balzac, realizada entre 1892 y 1897 por Auguste Rodin, en el jardín de su museo (París, Francia)
Entrada de los artistas del teatro Gérard Philipe (Saint-Denis, Francia)
Columna de la Santísima Trinidad, diseñada en 1740 por Ondrej Zahner, en la Plaza del Ayuntamiento de Olomouc (República Checa)
Jardín japonés en el Jardín Botánico de Olomouc (República Checa)
Estación de trenes de Olomouc (República Checa)
Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, con vista al monumento a Jan Hus, de Ladislav Šaloun (República Checa)
Praga vista desde la colina en Malá Strana (República Checa)
Torre de la Pólvora (Praga, República Checa)
Palacio Schwarzenberg (Praga, República Checa)
“La sombra es oscura donde hay mucha luz”, obra de Jan Nálevka de 2011, en el Palacio Salm de la Galería Nacional de Praga (República Checa)
Interior de la sinagoga Española de Praga (República Checa)
Antiguo cementerio judío de Praga (República Checa)
Vitreaux de la sinagoga de Pinkas (Praga, República Checa)
Tumba de Franz Kafka en el Nuevo cementerio judío de Praga (República Checa)
Casa Juncosa (Barcelona, España)
Norte-Dame al otro día del incendio (París, Francia)
Casa en el 31 de la calle Jean Giraudoux (París, Francia)
Túnel que conecta las estaciones del Norte y Magenta (París, Francia)
Muestra de arte en la Cité internationales des arts de Montmartre (Paris, Francia)
Casa Lleó i Morera de Domènech i Montaner (Barcelona, España)
Plaza del Pino (Barcelona, España)
Canal Saint-Martin (Paris, Francia)
Patio en el 6 de la calle de Fourcy (Paris, Francia)
Canal Saint-Denis (Aubervilliers, Francia)
Martha y Rufus Wainwright en la basílica de Saint-Denis (Saint-Denis, Francia)
Vista del bastión Fort La Reine (Saint-Malo, Francia)
Vista de la playa de Bon Secours (Saint-Malo, Francia)
Casas de Saint-Malo (Francia)
Fuerte La Latte (Francia)
Abadía de Saint-Michel (Mont-Saint-Michel, Francia)
Vista desde el Mont Saint-Michel (Mont-Saint-Michel, Francia)
Hortensias en el mercado de flores y de pájaros de la Île de la Cité (París, Francia)
Librería Cluny (París, Francia)
Verano en el jardín de las Tullerías (París, Francia)
El río Loing (Montigny-sur-Loing, Francia)
La vista desde la ventana (Saint-Denis, Francia)

Para mirar el cráneo de Andrés Seoane

Las letras se mueven. Producen un sonido cuando lo hacen, como los planetas. Se dicen cosas y es como un murmullo o agua que corre, aunque a veces se parece al ruido que hacen los aires acondicionados cuando se encienden. También los colores tienen esa cualidad sonora, pero sus voces se sienten como acolchonadas, como las que se escuchan a través de la pared. Es hermoso quedarse frente a un cuadro y escuchar, simplemente.

La música tiene el poder, única en las artes, de borrarnos. Los pasajes no son fáciles. Uno está siempre distraído y no ve todo lo que pasa entre una pincelada y la otra, apenas sí identifica las variaciones tonales. Ahí, sin embargo, está todo. 

Vino conmigo, en una carpeta y dentro de un sobre. No sé cuánto mide, pero es más chica que una hoja A4 y no está firmada. Es una pintura, digamos, modesta. Un cráneo humano apoyado en una superficie gris, sobre un fondo azul oscuro. Es de un despojamiento absoluto y, a la vez, están pasando en ella muchas cosas. Las cuencas vacías miran a mi derecha, desde el escritorio. El hueco ese es de una simpleza asombrosa, la sombra es un manchón de un morado intenso. Eso naranja es, me dijo Andrés cuando fui al sótano de su casa y le compré el cuadro, una cinta. No sabía y yo no sé tampoco, con qué motivo terminó ahí, pero ahora parece tan parte del conjunto como el hueco de la nariz, triangular como un monje y de color verde oliva enfermo, o ese colmillo afilado que sugiere una naturaleza abyecta.

Hay, sobre el pómulo, una pincelada solitaria, de cobalto ligero, que parece una herida, como si eso fuera posible. Hay, a la altura de la sien, una discreta mancha malva que se da de lleno con una secuencia de tres líneas en una suerte de degradé impetuoso. Hay, en la curva superior, del lado opuesto, un exceso de pintura, un grano que anuncia el fin de un color y, abruptamente, se transforma en ese misterioso azul que tiende al negro. Eso miro ahora. Ese fondo de una oscuridad agujereada, que sugiere luces apelmazadas, un mundo entero por detrás; las manchas pequeñas de blanco marfil dejan adivinar un fragmento de la vida.

Parece que la calavera reposara sobre una tela, un altar de tela arrollada, anudada en empastes dejados sobre el papel como las sombras que arroja un árbol. Veo el gramaje y un mostaza que delinea los contornos en contraste con un color vino que mancha los dientes de sombras. La calavera parece estar mordiendo la tela sobre la que descansa. Parece ligeramente tensa, aunque el resto dé una idea de quietud. Las pinceladas, que están llenas de carácter, no vibran, no hacen transiciones delicadas: se superponen con violencia unas sobre las otras y aun así el cráneo me transmite una tranquilidad extraña. 

Lo miro como a una cueva primitiva. Adentro algo resplandece: es lo que se ve, el naranja de la cinta. Es un fuego que se imprime sobre superficie. Adentro hay algo todavía, una posibilidad. Es un lugar de ecos y recodos. Todo en su construcción lo sugiere: no es una casa cómoda, pero tiene una materialidad impactante, una presencia conmovedora, una materialidad espectral. Eso: como una melodía.

Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo: un poema de Ocean Vuong

A fines del siglo XVII el japonés Matsuo Bashō acuñó el término haibun para nombrar el tipo de poesía que estaba haciendo y que surgía de una combinación de prosa y verso (en general, el haiku o hokku, un estilo de versificación muy concentrado que en español se trasladó a tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente). No estaba, sin embargo, inventando una forma (que ya existía, de hecho, al menos desde 1648), sino un género, que tomaba elementos de la tradición y los unía a un lenguaje y un contenido más coloquiales, si se quiere, al agregar a la prosa china y a los prototipos clásicos japoneses de la poesía haikai, como explica Haruo Shirane, palabras y temas vernáculos.

Aunque poetas como Ezra Pound habían coqueteado con el haiku tempranamente en el siglo XX, habría que esperar hasta los 60 para encontrar ejemplos de haibun en la poesía en inglés, que para los 80 se hará una práctica más común, con obras como A Wave (1985), donde hay seis piezas del género, o Haibun (1990), ambos libros de John Ashbery. Por eso no es raro que Ocean Vuong, un poeta que ha demostrado un marcado interés en la experimentación formal, escribiera este “Inmigrant Haibun”.

Vinh Quoc Vuong nació en una granja en las afueras de Saigon el 14 de octubre de 1988. Dos años después, él y seis integrantes de su familia emigraron a Estados Unidos para vivir en Hartford, Connecticut, en un apartamento de un solo cuarto. Como cuenta Daniel Wenger en una nota publicada en abril de 2016 en The New Yorker, poco después de llegar, su padre fue preso por golpear a su madre, por lo que fue criado entre mujeres cuyas palabras resuenan en su poesía. De este modo, proverbios y consejos pueblan sus versos, le debe a su madre su nombre Ocean, involuntariamente whitmaniano y usa una caravana con una pequeña perla que perteneció a su abuela.

Como su familia era analfabeta y al principio sólo se comunicaba en vietnamita, el proceso de aprendizaje de Vuong fue muy complejo; sin embargo, como cuenta en su ensayo autobiográfico “Surrendering”, en cuarto año de escuela escribió su primer poema y, tras concluir sus estudios elementales, logró entrar en el Brooklyn College donde, entre otras cosas, conoció a los renovadores poetas de la Escuela de New York, a la que pertenecieron Frank O’Hara y Ashbery.

Night Sky with Exit Wounds, publicado más temprano este año, es su primer libro, ganador del Whiting Award. Si Bashō utilizó el haibun para sus diarios de viaje en tanto “texto en prosa que rodea, como si fuesen islotes, a un grupo de haiku” (como dice Octavio Paz en el prólogo a Sendas de Oku, obra cumbre del género y de la poesía japonesa del período Edo), Vuong toma esa idea del viaje y las convenciones del género (usa una narradora en primera persona, hace centro en la experiencia, se distancia de los hechos) y en un trabajo excepcional con las palabras, lo hace suyo.

Haibun inmigrante

El camino que me acerca a ti es seguro,
incluso cuando desemboca en los océanos.*
Edmond Jabès

*

Entonces, como si respirara, el mar creció bajo nosotros. Si hay algo que debas saber, sabé que lo más difícil es vivir sólo una vez. Esa mujer en un barco que se hunde se convierte en un salvavidas—no importa cuán suave sea su piel. Mientras dormía, él quemó su último violín para mantener mis pies calientes. Se acostó a mi lado y colocó una palabra sobre mi nuca, donde se derritió en una gota de whisky. Óxido dorado bajando por mi espalda. Habíamos estado navegando por meses. Sal en nuestras frases. Habíamos estado navegando—pero la orilla del mundo no estaba a la vista.

*

Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo. Por lo demás era una mañana perfecta de primavera. Los jacintos blancos boqueaban en los patios de la embajada. El cielo era azul-setiembre y las palomas insistían en picotear pedacitos de pan arrojados por la panadería bombardeada. Baguettes rotas. Croissants aplastados. Autos deshechos. Una calesita girando sus caballos ennegrecidos. Él dijo que la sombra de los misiles haciéndose cada vez más grande en la vereda parecía dios tocando un piano de aire sobre nosotros. Dijo Hay tanto que necesito contarte.

*

Estrellas. O, mejor, los drenajes del cielo—esperando. Pequeños agujeros. Pequeños siglos abriéndose lo justo para que nos colemos. Un machete secándose sobre la cubierta. Mi espalda se volvió hacia él. Mis pies en los remolinos. Se agacha a mi lado, su aliento un clima fuera de lugar. Lo dejo derramar un manojo de mar en mi pelo y escurrirlo. Las perlas más chicas—y todas para vos. Abro los ojos. Su cara entre mis manos, mojada como un tajo. Si llegamos a la orilla, dice, le pondré el nombre de esta agua a nuestro hijo. Aprenderé a amar a un monstruo. Sonríe. Un guion blanco donde debieran estar sus labios. Hay gaviotas sobre nosotros. Hay manos aleteando entre las constelaciones, intentando aguantar.

*

La niebla se levanta. Y lo vemos. El horizonte—de repente desaparece. Un brillo de agua nos lleva a la dura caída. Limpio y piadoso—tal como él quería. Tal como en los cuentos de hadas. Ése en que el libro se cierra y se transforma en risas sobre nuestras faldas. Tiro del mástil a toda vela. Él lanza mi nombre al aire. Miro las sílabas deshacerse en piedritas a través de la cubierta.

*

Rugido furioso. El mar rompiendo contra la proa. Él lo mira abrirse como un ladrón con la mirada fija en su propio corazón: todo huesos y madera astillada. Olas creciendo a ambos lados. El barco encerrado entre paredes líquidas. ¡Mirá! dice, ¡ahora lo veo! Está saltando. Está besando el reverso de mi muñeca mientras se afirma al timón. Se ríe pero sus ojos lo traicionan. Se ríe a pesar de que sabe que arruinó todas las cosas bellas sólo para probar que la belleza no puede cambiarlo. Y ésta es la sorpresa: hay un corcho donde debería estar la puesta de sol. Siempre estuvo ahí. Hay un barco hecho de escarbadientes y pegamento. Hay un barco en una botella de vino sobre la chimenea en el medio de una fiesta de Navidad—licor de huevo derramándose desde los vasos de plástico rojo. Pero seguimos navegando igual. Seguimos parados en la proa. Una pareja de muñecos de torta de casamiento encerrada bajo una campana de vidrio. El agua está quieta ahora. El agua como aire, como horas. Todos están gritando o cantando y no puede darse cuenta si la canción es para él—o los cuartos en llamas que confundió con la infancia. Todos están bailando mientras un hombre y una mujer minúsculos están metidos en una botella verde pensando que alguien los espera al final de sus vidas para decir ¡Ey! No tenían que ir tan lejos. ¿Por qué fueron tan lejos? Exactamente como el estrépito de un bate de baseball que choca con el mundo.

*

Si hay algo que debas saber, sabé que naciste porque no venía nadie más. El barco se meció mientras crecías dentro de mí: el eco del amor se endurecía haciéndose un niño. A veces me siento como un ampersand. Me despierto esperando el choque. Tal vez el cuerpo sea la única pregunta que una respuesta no puede extinguir. ¿Cuántos besos chocamos contra nuestros labios en oración—sólo para juntar las partes? Si necesitás saber, la mejor forma de entender a un hombre es con tus dientes. Una vez tragué la lluvia durante toda una verde tormenta eléctrica. Horas yaciendo sobre mi espalda, mi infancia de niña abierta. El campo por debajo de mí en todas partes. Qué dulce. Esa lluvia. Cómo algo que vive sólo para caer no puede ser sino dulce. Agua rebajada a intención. Intención a alimento. Todos pueden olvidarnos—siempre y cuando vos recuerdes.

*

Dios abre su ojo                         
pensando en el verano.                           
luz de dos lunas.**                       

Notas

* El epígrafe corresponde a la primera sección de El libro de las preguntas (vol. I) de Edmond Jabès, traducida al español por Julia Escobar (Madrid: Siruela, 1990).
** El haiku que cierra el haibun es de muy compleja traducción y para mantener la métrica fue necesario alterar el orden de los versos y, consiguientemente, su sentido. Una traducción más literal sería “Verano en el pensamiento. / Dios abre su otro ojo: / dos lunas en el lago.”


La traducción, junto a la introducción breve, salieron en el número de diciembre de 2016 de la revista Lento, junto a una ilustración deslumbrante de Hogue. Ahora acompaña la entrada un detalle de La mer orageuse (1870), de Gustave Courbet.

No abrirás viejos cuadernos: fragmentos dispersos (2010-2019)

1

Lo escribí para vos
cuando me llamaba Elizabeth Barrett Browning
y enferma galopaba los versos florentinos.

Rompí mis piernas de mujer
escribiéndote el soneto que te di seis vidas luego
cuando ya no era ella
y vos eras ella.

2

Tigre, la luna se estira con la piel tensa,
da un zarpazo al cielo.

3

Para dárselo a uno más enfermo.

4

Atención: esto solía
ser un cuento. No todo depende de mi.

5

Cuelgan de mi carne,
como las reses en los frigoríficos, lentas sombras.
Pecados, almuerzos, indigestiones, promesas, dolores, muertos, dormidos, atentos, sustos…
Cuelgan y me arrancan a jirones
la piel y los músculos.
Y en sus ojos que van vacíos: sangre.

Voy lento, pesado, anacrónico. Me libero a veces
cuando se vuelven suaves imágenes para el sueño del mundo.
Pronto son hormigón de huesos y tendones fibrilantes,
vasta rémora de historia y cárnea masa.

Y mi cuerpo que tiembla llamando a los insectos de la noche.

6

El cielo nublado como una bolsa en la cabeza del mundo,
las navajas temblando bajo los libros de historia,
el polvo y las tenazas
abriendo y cerrando el pase de gas.

Desmembrado como Tupac,
lleno de azufre y monóxido de carbono.
El piso de la cocina es una mesa de disecciones.

7

Hay espejos y me veo en la piel de los ciegos y
de los animales que prolongan años de enciclopedias.
Un murciélago sobre una ruta cubierta de arena y pastizales
vuela asustado por las horizontales
luces de un auto que persigue mariposas,
Nabokov lascivo que llena su acalorado vientre de alas
y polen de colores ocres.
Y más allá de la ventana
los gigantes con piel de camello
y los hombres atigrados que caminan sobre los caparazones de las tortugas
que duermen perpetuas siestas.
Todo se deforma en las noches así
y que no estás.

8

Han vuelto las abejas
a batir sus alas pardas.
A murmurar entre las ramas
y las hojas lenguas muertas.

9

Vine a destruirme
aleteo, aleteo insoportable del demonio
vine a quitarme de las manos
este mi dolor primero
siento el frío, siento el frío y no me acompañas, Z (silencio gran cero)

Vine a sacar de mi de un solo movimiento
la negra conciencia, la soledad del agua fría del baño romano.
He partido las columnas de Herakles
construí la tibieza final del suicidio
rearmé de los trozos dispersos a Dido, para salvarme
y un ejército nocturno
saló la tierra.

Vine a la hoja del sacrificio
con la mano cubierta en flores de sangre y carne todavía palpitante.
Me dejo una cosa más, que me dio en la arena mordiendo, mordiendo con dientes rotos
me dejo algo, aquí, en una nueva tristeza.

Que he sabido del espejo que se rompió cuando te veías
que habías construido la Literatura, que habías dicho los nombres y las cosas
y en el cuerpo solitario de la jaula y en el cuerpo que vienes a traerme, sombra o signo.
Silencio Gran Cero.

En el revés del sol
hay un hombre sin escamas mirando la nada
y se levantan y caen los imperios, y se levantan y caen rojos templos y atalayas y las cúpulas doradas del capitolio.
Que el suelo arda y en noche.

La lengua recorre el camino, deja el rastro diamantino,
el suelo se puebla de murmullos y estremecimientos
cierro la noche que es decir, me cierro. 

10

Cuando estés o cuando no estés en tu casa
y esté sola
vendrá el Ladrón que es el Mundo
a dejarse el rastro allí en lo que más quieras.
Tus libros, la heladera, la fotografía en blanco y negro.
Se acostará en tu cama,
tocará tu cuerpo ausente o en sueños,
beberá del agua que preparas
y se llenará la boca de fambruesas rojísimas.

11

El cielo no se romperá en pájaros diamantinos
el soldado, desde la lejana cartilla
agotará la arena de la playa de desembarco.

Son fragmentos que se oyen en las hojas y en el sueño.

12

El encantamiento era también pasar a su lado y no ser visto.


Acompaña la entrada un fragmento de fotograma de Stalker (1979), de Andrei Tarkovski.