Es en vano querer vivir todavía: poemas de Jules Supervielle

Los animales invisibles

El perro

Tú, siempre rodeado de animales invisibles:
aquí está el perro que te ha visto en otros climas
y te lame la mano como en Sudamérica:
“Te equivocás, buen perro, esos tiempos han pasado,
y es en vano querer vivir todavía”.

Los que siguen

La cabra sigue al caballo
y el perro lobo sigue a la cabra.
El poeta en su sombra
lleva cabra, can, caballo
y dos o tres animales
que no tienen nombre todavía
y esperan, para tomar forma,
que sople un viento favorable.

Los peces

Memoria de los peces en los arroyos profundos,
qué puedo hacer yo aquí de sus lentos recuerdos,
no sé de ustedes más que un poco de espuma y de sombra
y que un día, como yo, tendrán que morir.

Entonces ¿a qué vienen a interrogar mis sueños
como si yo pudiera ayudarlos?
Vayan al mar, déjenme sobre mi tierra seca,
no estamos hechos para mezclar nuestros días.

 La antílope

La antílope tiene la cabeza tan fina
en el día luminoso que se demora
que lleva cielo en sus cuernos
y de lejos las fieras la miran.
El león, el primero, se asusta,
desaparece en el vellón de los bosques,
la antílope está bien protegida
por la porción de maravilla en su cabeza,
avanza y más de uno la quiere ver:
los pájaros de la noche, avergonzados de día,
huyen de pronto hacia sus densas tinieblas;
la serpiente que muerde a los niños
se amarga por no ser más que una serpiente;
la antílope avanza hacia el tigre
lo tranquiliza y le devuelve el equilibrio
después, huyendo de fáciles victorias,
elige al aire para que lleve sus pasos.

La ciudad de los animales

Se abre la puerta, entra una cierva,
pero eso sucede muy lejos:
no nos acerquemos a esta tierra,
evitemos un sol elusivo.

Es la ciudad de los animales
a la que los humanos casi no entran.
Garras de tigre, cerdas de chancho
brillan en la sombra, deliberando.

No intentemos entrar
nosotros que escondemos más de una bestia,
peces, iguanas, halcones,
que quisieran mostrar la cabeza.

Saldríamos arrastrando
un aire atigrado, una aleta
o la trompa de un elefante
que nos pediría para beber.

Nuestra alma nos sería arrebatada
y la gentileza de nuestros cuerpos
debería, toda nuestra vida,
lamentar en nosotros un hombre muerto.

Sección del libro Les Amis inconnus (1934)


Los poemas, traducidos como ejercicios en mis cursos de francés, fueron ya publicados en otro sitio. La imagen que acompaña la entrada es el detalle de uno de los collages de Max Ernst que forman parte de su novela en imágenes Une semaine de bonté (1934).

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