Y se lamentó Venus: «Es la pérfida Artemisa cuya mano amarga ha forjado esta crueldad, o esa poderosa doncella cuyo deber es guardar su fuerte e inoxidable majestad sobre la colina ateniense: ¡Ay! Que los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir.»
Publicado en Poems (1881)
Fragmento de «La esfinge»
Cantame sobre la doncella judía que anduvo perdida con el Santo Niño, y cómo los guiaste a través del yermo y cómo durmieron bajo tu sombra.
Publicado en 1894
Fragmento de «La nueva Helena»
¿Dónde estuvieron desde que alrededor de los muros de Troya los hijos de Dios lucharon en esa grande empresa? ¿Por qué no pisaron nuestra tierra otra vez? ¿Se olvidaron de ese apasionado muchacho, su galera púrpura y su ejército tirio y de los burlones ojos de la traicionera Afrodita?
Publicado en Poems (1881)
Fragmento de «Ravena»
¡Adiós, Ravena! Hace apenas un año me detuve y miré brillar el atardecer carmesí desde la solitaria capilla en tu llanura pantanosa: el cielo era como un escudo oxidado por la sangre y la batalla del agonizante sol, y en el oeste las circundantes nubes tejían una toga real, que algún gran Dios podría usar, mientras en los mares oceánicos de aire púrpura se hundía la vieja galera del Señor de la Luz.
Publicado en 1878
Acompaña la entrada una reproducción de Nature morte avec des attributs des Arts (1766), de Jean-Baptiste Siméon Chardin.
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!
Publicado en A Pageant and Other Poems(1881)
¿Quién me librará?
1864
Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.
Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.
Cierro mi puerta sobre mí, y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?
¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.
¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!
Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.
Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.
Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.
Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy
Los tres enemigos
La carne
«Querida, estás pálida.»
«Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.»
«Querida, estás triste.»
«Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios»
«Querida, estás cansada.»
«No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.»
«Querida, tus pies están doloridos.»
«Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.»
El mundo
«Querida, sos joven.»
«También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.»
«Mirá, sos hermosa.»
«Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.»
«Y tenés riquezas.»
«El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.»
«Y la vida es dulce.»
«No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.»
El Demonio
«Bebés profundamente.»
«Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?»
«Ganarás la Gloria.»
«En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.»
«Tendrás el Conocimiento.»
«¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.»
«Y Poder.»—
«Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.»
Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)
Una mejor resurrección
No tengo juicio, ni palabras, ni lágrimas; mi corazón en mí es como una piedra, demasiado entumecido para miedos o esperanzas. Mirá a la derecha, mirá a la izquierda, vivo sola; levanto los ojos pero, empañados por la pena, no ven las colinas eternas; mi vida está en la hoja que cae: oh, Jesús, apurame.
Mi vida es como una hoja descolorida, mi cosecha es apenas cascarilla: mi vida está vacía y es breve y tediosa en el árido anochecer; mi vida es como una cosa congelada, ni brotes ni verde puedo ver: pero habrá de levantarse—la savia de Primavera oh, Jesús, levantate en mí.
Mi vida es como un cuenco roto, un cuenco roto que no puede contener una gota de agua para mi alma o medicina en el frío penetrante. Tirá al fuego la cosa marchita; derretila y volverla a moldear, hasta que sea una copa real para Él, mi Rey: oh, Jesús, tomá de mí.
Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)
Después de la muerte
Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido y un ramo de junco, romero y flores de espino yacía grueso sobre la cama en la que yazco, y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra. Se inclinó sobre mí, pensando que dormía y no podía oírlo; pero lo oí decir “Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía vino un silencio profundo y supe que lloraba. No tocó la mortaja ni levantó el sudario que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas, ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza: no me amaba viva, pero una vez muerta me compadecía; y es muy dulce saber que está todavía tibio mientras estoy fría.
Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)
Tierra de sueño
Donde ríos sin sol lloran sus olas a la profundidad, ella duerme un sueño encantado: no la despierten. Guiada por una estrella única, vino de muy lejos a buscar el lugar en que las sombras son su agradable lote.
Ella dejó la mañana rosa, dejó los cultivos de maíz, por un crepúsculo frío y abandonado y manantiales de agua. A través del sueño, como a través de un velo, mira el cielo pálido, y escucha al ruiseñor que canta triste.
Descansa, descansa, un descanso perfecto sobre su pecho y su frente; su rostro mira al oeste, la tierra purpúrea. No puede ver el grano madurando en la colina y la llanura; no puede sentir la lluvia sobre su mano.
Descansa, descansa para siempre en una orilla musgosa; descansa, descansa en el corazón del corazón hasta que termine el tiempo: sueño que ningún dolor despertará, noche que ninguna mañana romperá hasta que la alegría se apodere de su perfecta paz.
Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)
La imagen que acompaña la entrada es una reproducción del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.
Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que considera uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus «experiencias reales».
A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:
En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era…
El psiquiatra. —Usted teme morir. Por eso le voy a decir y repetir, yo que soy especialista en el tema, que en nuestros días uno ya no muere de enfermedad. La medicina, la farmacología, la higiene física y mental se han aliado de tal manera que la muerte no es más que un recuerdo e interviene cada vez menos en los asuntos humanos.
El enfermo. (con timidez) —Sin embargo, si creemos en las estadísticas y la tierra removida de los cementerios y la prosperidad de las casas de pompas fúnebres…
El psiquiatra. —¡Y usted cree todavía en las pompas fúnebres en pleno siglo XX! ¡Usted, un poeta moderno, cree en los caballos con penachos negros con su trotecito ridículo y en esos hombres de la bolsa que son los hombres de las funerarias! Y en cuanto a los cementerios, ¡permita que me ría! No hay en ellos más que cráneos viejos, algunos pares de tibias prehistóricas, residuos de antes de las vitaminas y las hormonas. Nada de eso tiene sentido en nuestros días.
El enfermo.—Sin embargo, creo que ayer mismo vi pasar un cortejo fúnebre.
El psiquiatra. —¡Cree haber visto! Es lo que yo digo. En fin, siga mi consejo: cuando crea ver pasar eso que usted llama un cortejo fúnebre, dígase a usted mismo que no es nada y mire para otro lado.
El enfermo.—Por mi parte, yo los saludo, siempre se me dijo que era lo más educado.
El psiquiatra. —¡Los saluda! Ya le decía yo que usted siente por estas visiones un placer mórbido. ¡Levanta el sombrero! ¿Qué quiere que le diga?
El enfermo.—No diga nada, que ya me voy.
Fragmento de Boire à la source (1951), de Jules Supervielle, acompañado por una reproducción del cuadro De keisnijding, atribuido a Jheronimus Bosch (c. 1475).
Me he sentado feliz en los jardines, a mirar el estanque calmo y los juncos y las nubes oscuras que el viento del aire superior rompió como a las verdes ramas cargadas de hojas de los árboles del fin del verano; pero aunque encuentro gran placer en estos y en los nenúfares, lo que más me acerca al llanto es el color rosa y blanco de las suaves piedra lajas, y el pálido pasto amarillo entre ellas.
«Nocturnos», de Skipwith Cannell
I Vuestros pies, que son como pequeños, plateados pájaros, han determinado placenteras vías; por ello os seguiré, Paloma de los Ojos Dorados, sobre cualquier senda os seguiré, porque la luz de vuestra belleza brilla ante mi como una antorcha.
II Vuestros pies son blancos sobre la espuma del mar; sostenedme, rápido, Cisne reluciente no sea que tropiece y me hunda, y en aguas profundas.
III Largo tiempo he sido sólo el Cantante bajo vuestra Ventana, y ahora estoy exhausto. Enfermo de anhelar, oh, mi Amada; por eso cargad conmigo, llevadme veloz a nuestro camino.
IV Con la red de vuestro cabello habéis pescado en la mar, y un pez extraño habéis atrapado en vuestra red; porque vuestro cabello, Amada, sostiene mi corazón en su red de oro.
V Estoy cansado de amor, y vuestros labios son amapolas nocturnas. Dadme por eso vuestros labios, para que conozca así el sueño.
VI Estoy exhausto de anhelo, estoy desvanecido de amor; porque sobre mi cabeza la luz de la luna ha caído como una espada.
«En un jardín», de Amy Lowell
Brotando de las bocas de hombres de piedra para extenderse a gusto bajo el cielo en cuencos con labios de granito, donde el lirio salpica sus pies y susurra a un viento que pasa, el agua llena el jardín con su apuro en medio de los tranquilos parques podados.
Húmedos huelen los helechos en galerías de piedra donde gotean y salpican las fuentes, fuentes de mármol, amarillentas por el agua.
Chapoteando por escalones manchados de musgo cae el agua y el aire palpita con ella, con su gorgoteo y su fluir, con sus caídas y su profundo, frío murmullo.
Y yo deseé la noche y a vos. Quería verte en la piscina, blanco y brillante en el agua moteada de plata. Mientras la luna cruzaba el jardín, alta en el arco de la noche, y el perfume de los lirios era intenso en su quietud.
¡Noche y el agua, y vos y tu blancura, bañándose!
«Postludio», de William Carlos Williams
Ahora que me he enfriado de vos que haya oro de deslucida mampostería, templos aliviados por el sol para arruinar ese sueño enteramente. Dame la mano para las danzas, ondas en File, dentro y fuera, y labios, mi Lesbiana, alhelíes que una vez fueron llama.
Tu cabello es mi Cartago y mis brazos el arco y nuestras palabras flechas para disparar a las estrellas, que desde el neblinoso mar bullen para destruirnos.
Pero estás a mi lado… ¿cómo he de resistirte a vos, oh, que me herís en la noche con pechos que refulgen como Venus y como Marte? ¡La noche que está gritando Jasón cuando el alto alero tiembla como si hiciera olas sobre mí azul en la proa de mi deseo! ¡Oh plegarias en la oscuridad! ¡Oh incienso a Poseidón ofrendado! Calma en la Atlántida.
Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraban estos, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes. La imagen que acompaña la entrada es un detalle de un estampado de William Morris (1884).
Incluso ahora este paisaje se está ensamblando. Las colinas se oscurecen. Los bueyes duermen en su yugo azul, los campos ya pelados a cero, las gavillas atadas y apiladas al costado del camino, entre cincoenramas, mientras sale la dentada luna:
Esta es la esterilidad de la cosecha o la peste. Y la esposa se inclina sobre la ventana con su mano extendida, como pagando, y las semillas claras, doradas, llaman Vení Vení, pequeña
Y el alma sale del árbol a hurtadillas.
De The House on Marshland (1975)
«Una de esas», de Anne Sexton
Salí al mundo, bruja poseída hechizando el aire negro, más valiente en la noche; soñando el mal, di vueltas sin rumbo sobre las casas bajas, de luz en luz: una cosa solitaria, con doce dedos, fuera de quicio. Una mujer así no es realmente una mujer. Yo fui una de esas.
Encontré las cálidas cuevas en el bosque, las llené de cacerolas, tallas, estantes, roperos, sedas, bienes innumerables; le preparé la comida a los gusanos y a los elfos; quejándome, volviendo a arreglar lo desalineado. Una mujer así es incomprendida. Yo fui una de esas.
Anduve en tu carreta, conductor, saludé con mis brazos desnudos a los pueblos al pasar y aprendí las últimas rutas brillantes, superviviente de tus llamas, que aún muerden mi muslo y de mis costillas que se quiebran bajo el torno de tus ruedas. Una mujer así no teme morir. Yo fui una de esas.
De To Bedlam and Part Way Back (1960)
“Películas de hombres lobo”, de Margaret Atwood
Hombres que se imaginan cubiertos de pelo y con colmillos saliéndoles de la boca, ¿por qué lo hacen? Merodeando entre mojados troncos de árboles lunáticos, en cuatro patas, olfateando el suelo cubierto de hojas húmedas, o abriéndose paso entre las zarzas, los brazos colgantes como piyamas demasiado grandes, cubiertos de pelo, las narices y los labios vueltos a meter en sus caras, nada queda de sus amables sonrisas, solo ojos amarillos y un hocico. Esto les da placer, piensan que serían más animales. Podrían entonces gruñir libres y atacar mujeres con las compras, abriendo sus puertas con las llaves. La libertad sería tobillos desnudos, el estruendo al hacer jirones goma, tela, lo que sea. Volver a lo básico. Pelen, les dicen a las strippers, y quieren decir: sáquense la piel. Un trago de carne comida de perro, orejas en el bowl. Pero ningún animal hace eso: encontrar pareja y matarla, o matarla antes: romper su huevo, su futuro. Ningún animal se come la garganta de su compañera, excepto las arañas y algunos insectos, cuando es el proteico macho el engullido. ¿Por qué tienen ese sueño, entonces? ¿Coquetería para hombres, la última alternativa a ser abogados? O una rebelión contra la muda resistencia de los objetos: reproche de la funda de almohada repleta de almohada, del cubre- tetera hinchado por su vasija caliente, no suave como parece sino duro como se siente, redondas barrigas de cuerdas guardadas en el cajón de arriba, que los exasperan. Qué alegría acabar con la tiranía del pomo de la puerta, hundir tus dientes en el acolchado inerte y desafiante, con sábanas queensize de motivos florales a juego, y escucharla gritar. Rendirse.
De Selected Poems II: 1976–1986 (1987)
«Actualización sobre los hombres lobo», de Margaret Atwood
En los viejos tiempos, todos los hombres lobo eran machos. Se abrían desde sus bluejeans y desde sus propias pieles partidas, se exhibían en parques, aullaban a la luna. Esas cosas que hacen los chicos de las fraternidades.
Fueron demasiado lejos con el tirón de pelo— les gruñeron a las rosadas y huidizas hembras, que gritaron Wee wee wee hasta llegar al hueso. Mierda, si sólo era un poco de flirteo y sentido del humor canino: ¡Miren a Jane correr!
Pero ahora es diferente: no se limita a un género. Es una amenaza global.
Mujeres de piernas largas hacen sprint por los barrancos con calentadores peludos, una manada de modelos pervertidas en atuendos sado-franceses de Vogue y memorias de corto plazo aerografeadas, que tienden al alboroto sin condenas.
¡Miren sus garras delineadas de rojo! ¡Miren sus ojos que rechinan! ¡Miren la gasa iluminada por detrás de los halos subversivos de su luna llena! Toda peluda, esta bella dama, y no es un sweater.
¡Oh, libertad, libertad y poder! cantan mientras cruzan los puentes a zancadas, vagabundas a su aire, cortando gargantas en senderos, enfureciendo a los bolsistas.
Mañana volverán vestidas de negro, con su puesto de gerencia intermedio y sus Jimmy Choo, con horarios de los que no pueden hacerse cargo y sangre de primeras citas en las escaleras. Harán algunas llamadas: Chau. No sos vos, yo yo. No puedo decir por qué. Soñarán que les salgan colas en reuniones de ventas, justo durante los audiovisuales. Tendrán resacas adictivas y las uñas arruinadas.
Publicado en la edición de octubre de 2018 de la revista Freeman’s
Acompaña la entrada un detalle del dibujo «Wuthering Heights Today» (1956), de Sylvia Plath.
Tú, siempre rodeado de animales invisibles: aquí está el perro que te ha visto en otros climas y te lame la mano como en Sudamérica: “Te equivocás, buen perro, esos tiempos han pasado, y es en vano querer vivir todavía”.
Los que siguen
La cabra sigue al caballo y el perro lobo sigue a la cabra. El poeta en su sombra lleva cabra, can, caballo y dos o tres animales que no tienen nombre todavía y esperan, para tomar forma, que sople un viento favorable.
Los peces
Memoria de los peces en los arroyos profundos, qué puedo hacer yo aquí de sus lentos recuerdos, no sé de ustedes más que un poco de espuma y de sombra y que un día, como yo, tendrán que morir.
Entonces ¿a qué vienen a interrogar mis sueños como si yo pudiera ayudarlos? Vayan al mar, déjenme sobre mi tierra seca, no estamos hechos para mezclar nuestros días.
La antílope
La antílope tiene la cabeza tan fina en el día luminoso que se demora que lleva cielo en sus cuernos y de lejos las fieras la miran. El león, el primero, se asusta, desaparece en el vellón de los bosques, la antílope está bien protegida por la porción de maravilla en su cabeza, avanza y más de uno la quiere ver: los pájaros de la noche, avergonzados de día, huyen de pronto hacia sus densas tinieblas; la serpiente que muerde a los niños se amarga por no ser más que una serpiente; la antílope avanza hacia el tigre lo tranquiliza y le devuelve el equilibrio después, huyendo de fáciles victorias, elige al aire para que lleve sus pasos.
La ciudad de los animales
Se abre la puerta, entra una cierva, pero eso sucede muy lejos: no nos acerquemos a esta tierra, evitemos un sol elusivo.
Es la ciudad de los animales a la que los humanos casi no entran. Garras de tigre, cerdas de chancho brillan en la sombra, deliberando.
No intentemos entrar nosotros que escondemos más de una bestia, peces, iguanas, halcones, que quisieran mostrar la cabeza.
Saldríamos arrastrando un aire atigrado, una aleta o la trompa de un elefante que nos pediría para beber.
Nuestra alma nos sería arrebatada y la gentileza de nuestros cuerpos debería, toda nuestra vida, lamentar en nosotros un hombre muerto.
Sección del libro Les Amis inconnus (1934)
Los poemas, traducidos como ejercicios en mis cursos de francés, fueron ya publicados en otro sitio. La imagen que acompaña la entrada es uno de los collages de Max Ernst que forman parte de su novela en imágenes Une semaine de bonté (1934).
Oigo un ejército cargando sobre la tierra, Y el trueno de caballos lanzados; con espuma hasta las rodillas, Arrogantes, de negras armaduras, tras ellos se yerguen, Despreciando las riendas, con ondulantes látigos, los aurigas.
Gritan a la noche sus nombres de batalla: Gimo en sueños cuando oigo a lo lejos su risa arremolinada. Hienden la penumbra de mis sueños, una llama enceguecedora Retumba, retumba sobre el corazón como sobre un yunque.
Vienen sacudiendo triunfantes su largo, verde cabello: Salen del mar y corren gritando por la playa. Mi corazón, ¿no tienes sabiduría acaso para desesperar? Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué me has dejado solo?
Publicado originalmente en Chamber Music (1907)
Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraba este de James Joyce, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes. La imagen que acompaña la entrada es un detalle del tapiz de Bayeux (1082-1096).
Jo. Déjate encerrar por el cuadro. Sé buena, Jo. Déjate apresar por los duros marcos. No es que yo quiera atraparte, sólo ahí, ese instante. Esa luz que te golpea la mejilla tan suavemente. Este minuto en que el sol va saliendo o se oculta lejos, tras las montañas (si lo prefieres, Jo, serán cerros). El tren es todo vértigo, pero no lo notas, Jo, querida. Los libros no nos permiten estremecernos demasiado. Siempre dentro de los márgenes de la hoja, ¿sabes? Pero también soñamos, Jo. También caemos torpemente sobre duras camas. Y para ver el día, así, desnudándote, te cubres de una luz espesa.
Creo ver un lento armatoste rojo cubriendo el horizonte y el cuadro luminoso sobre el verde parduzco. Pero no sé, todo está en mi memoria, y tal vez me equivoque, Jo. Yo no sabía que tus manos alguna vez serían mías, pero ya te pintaba desde la infancia. En alegres farolas, en los pliegues de un mantel, en la sonrisa lastimera de una sombra. Estabas conmigo, siempre en mi paleta, en mis pinceles o como un cristo sobre los lienzos. Y te vi otro día esperar a que terminara la función. El cine es también un paraíso, Jo, me gustaría morir en un cine, en medio de una proyección. No importa, esperabas, con la mano apenas apoyada sobre el rostro. Esperabas con tu traje azul con una raya roja de acomodadora. Y yo te vi al pasar, difusa entre el humo. Pero cuando quise acordar el humo no existía. Y la acomodadora no existías, pero Jo, Jo. Sí que existías. Existías en la sala de espera de un hotel. Mirabas a tu viejo marido y en frente, existías leyendo, distraída, el tercer tomo de aquella novela. Bueno, eso lo digo ahora, tal vez leyeras el catálogo de una tienda, o la Guía Azul. Creo, tímidamente, recordar que tu vestido era azul. Yo no sabía que un día podría quitarte de un tirón, todos los vestidos reales o imaginados. Y que tendría por la mañana el sabor de tu sangre en mi boca herida. Pero así, te pintaba en los cristales y en el miedo y en el sueño. ¿Estarías de luto? No lo recuerdo, pero el tren es un vértigo. Claro, todo pasa tan de prisa cuando uno camina mirando casi por el rabillo del ojo a la gente. Pero siempre te tendré, Jo, para completar mis alucinadas vibraciones. Me gustaría ahora, Jo, que te quedes un instante quieta sentada desnuda, como estás, sobre la cama. Apoyada en la pared blanca. Estira las piernas, así, con tus tacones. Con las manos entrelazadas sobre las piernas. Da vuelta la página. Imaginemos por un instante, este instante, que el día termina. Y que el horizonte, cubierto de luces raras es inalcanzable. Pero que no importe, no, Jo, no llores. Que no importe, que todo lo que importe sea la tarde precisa, las cuatro maderitas del marco.
1931
Lista para partir. O quizá recién llegada. La soledad del viaje no se parece a la otra soledad, la de la cama. Pero a veces son la misma. La soledad de separarse y que todo termine una vez terminado. El vestidito rosado ¿no quiere romperse? Y el pelo ¿no quiere soltarse? Y el libro ¿no anhela, en tus manos, su destrucción? Todo tiende a la disolución, a la muerte. El verde al azul, el marrón al rojo, el amarillo al gris. Todo tiende a desvanecerse. Los sombreros también, y las doradas bisagras de las maletas. Por eso la cortina está entrecerrada. Pero no sabía nada de esto, buscando algo en las líneas continuas e insistentes de letras. Pero cuidado: el libro está en blanco. Y la piel transparenta toda la habitación. Ella no sabía nada, ni por qué ni cómo ni dónde ni quién recorta arbitrariamente los muebles o los marcos de la puerta. ¿La habrá dejado abierta? Es claro que la puerta estaba cerrada. Ella nunca estuvo ahí. Quién sabe. Ese sofá, la cama, la ropa levemente apoyada, la entrevista sandalia. Quién sabe. Sólo una puerta blanca vista al pasar por el corredor vacío de un hotel.
1952
Claro que él nunca estuvo aquí. Es un personaje de la literatura, o es aquél hombre que en noches calurosas supo tirar las sábanas lejos, acariciar los muslos y la espalda, besar por incontables horas el mismo círculo. Pero ahora está. El espejo no refleja nada. Y ella no mira. Ser vieja es una incomodidad, pero no hay vejez en ella. Un vestido rosado, el mismo que compró con su esposo, Edward, en New York, en 1928. Pero claro, el tiempo se confunde. Se mezcla. Y entonces una mano de 1931 y una mano de 1915, y los ojos de 1949 y los senos de 1908. No hay tiempo para la vida. Por eso se detiene a cada instante a pensarse. El tren vertiginoso está atrasado. El fantasma triste lo espera, a punto de dejar, esta vez para siempre, el cigarrillo. Como si todo esto importara. Las tapas negras del libro, los verticales poemas delatan la existencia de un orden. El simple hecho de esta constatación, de la luz de sol entrando por la ventana, debería alcanzar. Ella está levantando los ojos lentamente, del libro al hombre. No sé qué visión o qué silencio los puso allí juntos, para siempre. A punto de desaparecer o de corporizarse en esta habitación, de luz ambigua.
1941
La luz del reflector atraviesa la sala, ojos ávidos, metal de saxofones. Siempre quiso volar. No había forma, le dijo, de volar, sin precipitarse al vuelo. Sin alzarse, completamente abstraída, sin alas, sin ropa, sin ojos que determinen la ligazón con el mundo. Levantando apenas los pies, impulsada por una extraña congoja y por la vibrante música. No basta el dorado, todo el dorado del mundo ni toda la firme seguridad de las tablas así dispuestas. El vuelo requiere otras disciplinas. La luz no es necesaria. La boca sí. También la caída. Pero no va a volar, claro. Es sólo una imagen en un cuadro. No iba a volar tampoco en su club, no era siquiera así exactamente. Fue más fácil recordar sus pechos, sus brazos, su pelvis, su cintura, sus piernas, que el recuerdo que llevaba, como una seda, entre las manos. Fue más fácil completar en otros borradores la imagen fiel. No hay nada real aquí. Nada que no lo sea.
Epílogo
Ya no están las dos casitas sobre los blancos médanos, se han ido los últimos parroquianos del bar y el frío de las cañerías ha despoblado finalmente los hoteles, las plazas, los cines y las avenidas. Los perros, finalmente, se han diluido, como manchas, en el trigo. Ya no queda el payaso, ni el hombre feliz, ni aquel verso que leímos una madrugada. Ya no queda la vida. Vayámonos. Pero queda.
Adenda «Edward Hopper, Nighthawks, 1942″, de Joyce Carol Oates
Los tres hombres están completamente vestidos, de manga larga, e incluso tienen puestos los sombreros aunque están en el interior, todo está brillantemente iluminado, y hay una mujer. La mujer lleva puesto un vestido rojo de mangas cortas, cortado para exponer sus brazos,una curva de sus pecho color crema; está contemplando un cigarro en su mano derecha, pensando que su compañero ha dejado por fin a su mujer pero ¿puede confiar en él? Sus pesados párpados, su sensual boca pintada, tiene la auténtica lividez de una pelirroja, como leche descremada, peligrosamente bella y supone que lo sabe pero ¿exactamente qué la ha traído tan lejos, y dónde? —él empezará a sentirse culpable en un par de días, conoce los signos y el olor verdadero: sudoroso, rancio, como a medias sucias; se escabullirá para hacer llamadas telefónicas y ella jura que no va a pasar por todo eso otra vez, que no va a quebrarse y llorar o rogarle ni le va a gritar, está harta de todo eso. Y él está silencioso a su lado, no es un hombre como para hablar demasiado, pero está pensando que gracias a Dios hizo esa buena jugada al fin, está un poco aturdido como un hombre en un sueño— ¿esto es un sueño?—sí, considerando que es ancho, está quieto, mudo, horizontal, y el hombre del mostrador de blanco, detenido como él y sin moverse, y el hombre en la otra silla sin moverse salvo para sorber su café; pero se siente bastante bien, sobre todo aliviado, esta vez está completamente seguro de que va a funcionar, se lo debe a ella y a sí mismo, por el amor de Dios. Y ella está pensando la luz es demasiado brillante, probablemente no demasiado halagadora, odia cuando su lápiz labial se le gasta y el maquillaje se apelmaza, le gustaría ir al baño de mujeres pero no hay uno y sabe Dios cuánto falta para que abra una estación de servicio— es la mitad de la noche y tiene el presentimiento de que el tiempo no va a moverse. Esta vez sin embargo, no va a rebajarse— él empieza a hablar de su esposa, sus hijos, cómo los decepcionó, cómo ellos confiaron en él y él los decepcionó, y ella saldrá dando un golpe del maldito cuarto y si él le dice Mi amor o Nena con esa voz, pasando sus manos sobre ella como si tuviera el derecho, le dará una cachetada, Sabés que odio eso: ¡Pará! Y el va a parar. Más le vale. Cuanto más furiosa se pone, más quieta está, no ha dicho una palabra en diez minutos, ni siquiera uno de sus cabellos se mueve, y huelen un poco como a ceniza o a la henna que usa para aclararlos, pero el olor es débil o lo que sea, con lo loco que él está por ella no se da cuenta o no le importa— enterrando su cara caliente en su cuello, entre sus pechos fríos, o sus piernas—en cualquier lugar en que ella lo acepte o en cualquier momento. Ella sigue contemplando el cigarro ardiendo en su mano, el del mostrador sigue detenido mirándola boquiabierto, y no le importa, ¿por qué no? siempre y cuando ella no le devuelva la mirada, de hecho el está pensando que es el hombre más afortunado del mundo así que ¿por qué no es más feliz?
Publicado originalmente en Transforming Vision: Writers on Art, de Edward Hirsch (1994)
El primer poema fue publicado en 2015 por Patricia Damiano, el segundo, en otro blog. Acompaña la entrada, ahora, el detalle de una fotografía de Laetitia Molenaar que revisita el cuadro Chair Car, de Edward Hopper.
¡Richmond! Su ira han desahogado durante cien años en vos, y arruinaron tu amplia muralla, tu una vez fuerte barbacana y tu salón principesco; pero ninguna tronadora explosión, ningún ejército hostil ha roto tu majestuoso torreón— ahí toda almena y contrafuerte se sostiene, como cuando la llamada del Conquistador despertó a tu hostil anfitrión, y miró con desaprobación la escena en que el Swale mezcló salvajemente sus bellezas. ¡Majestuosa mole! Aunque los amigos, como tus paredes listas para la batalla, decaigan, y las pasiones queridas, como tus señores, se vayan, enseñá esto a mi corazón: a nunca inclinar mi cabeza ante los vaivenes de la fortuna, y a desdeñar con tranquilidad los dardos envenenados de la infamia, y todavía, como vos, sin doblarme, a enfrentar el inconstante día.
Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)
¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante!
¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante como cuando sobre mí derramaba amor, esperanza y alegría! La parte mortal de quien murió demasiado pronto: junto a su humilde cama deseo descansar.
Escrito el 10 de setiembre de 1833, apareció por primera vez en el artículo «Newly Uncovered Letters and Poems by Mary Wollstonecraft Shelley», de Betty T. Bennett, publicado en 1997 en el número 46 del Keats-Shelley Journal
Canción
Cuando ya no esté, esta arpa que suena profunda, con los tonos de la pasión, colgará desafinada sobre mi túmulo sepulcral, con las cuerdas rasgadas. Entonces, mientras la brisa nocturna cubra su solitario marco en ruinas, buscará la música que de antaño vino a recibir sus murmullos.
Pero vanamente soplarán los vientos de la noche sobre todas las cuerdas; muda como la forma que duerme debajo descansará la rota lira. ¡Oh, memoria! Sé tu unción bendita, vertida entonces en torno a mi cama, como un bálsamo que ronda el corazón de la rosa, cuando su flor ya hace tiempo se ha ido.
Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)
Tributo a vos, querida, consuelo de mi vida
Para Jane [Williams], con el Último Hombre
Tributo a vos, querido consuelo de mi vida. No rechaces esta tu ofrenda de Mary; un cuento de dolor, abundante en penas, homenaje inapropiado, cercado de cipreses, llevo— es el eco, dulce
Escrito el 23 de enero de 1826, apareció por primera vez en Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938)
La Vida es sueño
La marea del Tiempo estaba a mis pies, fluía con calma, en parejo movimiento. Con el corazón alegre mis ojos podían saludar la llegada del reluciente océano, hasta que en su completud una tormenta fatal envolviera en sombras macabras la forma poderosa.
Entonces hacia atrás volvió el reflujo del Tiempo mientras yo con ansiosos pasos lo perseguía, y aunque la hora había perdido su mejor momento e incluso cuando se ensanchaba la leve playa, pasé bordeando la inconstante y fugaz rompiente.
Hacia atrás y más las aguas rodaron, más rápido todavía retrocedieron las olas, y enfriaron, ¡ay!, mis esperanzas, mientras yo, prestando atención a la promesa trunca, contemplo la desolada y desierta ribera, y deambulo triste por la arena estéril.
Escrito el 26 de julio de 1833, fue publicado por Jean de Palacio en 1969
La imagen que acompaña la entrada es una ilustración de las ruinas de las abadías de Yorkshire (1883) de William Lefroy.