Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo: un poema de Ocean Vuong

A fines del siglo XVII el japonés Matsuo Bashō acuñó el término haibun para nombrar el tipo de poesía que estaba haciendo y que surgía de una combinación de prosa y verso (en general, el haiku o hokku, un estilo de versificación muy concentrado que en español se trasladó a tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente). No estaba, sin embargo, inventando una forma (que ya existía, de hecho, al menos desde 1648), sino un género, que tomaba elementos de la tradición y los unía a un lenguaje y un contenido más coloquiales, si se quiere, al agregar a la prosa china y a los prototipos clásicos japoneses de la poesía haikai, como explica Haruo Shirane, palabras y temas vernáculos.

Aunque poetas como Ezra Pound habían coqueteado con el haiku tempranamente en el siglo XX, habría que esperar hasta los 60 para encontrar ejemplos de haibun en la poesía en inglés, que para los 80 se hará una práctica más común, con obras como A Wave (1985), donde hay seis piezas del género, o Haibun (1990), ambos libros de John Ashbery. Por eso no es raro que Ocean Vuong, un poeta que ha demostrado un marcado interés en la experimentación formal, escribiera este “Inmigrant Haibun”.

Vinh Quoc Vuong nació en una granja en las afueras de Saigon el 14 de octubre de 1988. Dos años después, él y seis integrantes de su familia emigraron a Estados Unidos para vivir en Hartford, Connecticut, en un apartamento de un solo cuarto. Como cuenta Daniel Wenger en una nota publicada en abril de 2016 en The New Yorker, poco después de llegar, su padre fue preso por golpear a su madre, por lo que fue criado entre mujeres cuyas palabras resuenan en su poesía. De este modo, proverbios y consejos pueblan sus versos, le debe a su madre su nombre Ocean, involuntariamente whitmaniano y usa una caravana con una pequeña perla que perteneció a su abuela.

Como su familia era analfabeta y al principio sólo se comunicaba en vietnamita, el proceso de aprendizaje de Vuong fue muy complejo; sin embargo, como cuenta en su ensayo autobiográfico “Surrendering”, en cuarto año de escuela escribió su primer poema y, tras concluir sus estudios elementales, logró entrar en el Brooklyn College donde, entre otras cosas, conoció a los renovadores poetas de la Escuela de New York, a la que pertenecieron Frank O’Hara y Ashbery.

Night Sky with Exit Wounds, publicado más temprano este año, es su primer libro, ganador del Whiting Award. Si Bashō utilizó el haibun para sus diarios de viaje en tanto “texto en prosa que rodea, como si fuesen islotes, a un grupo de haiku” (como dice Octavio Paz en el prólogo a Sendas de Oku, obra cumbre del género y de la poesía japonesa del período Edo), Vuong toma esa idea del viaje y las convenciones del género (usa una narradora en primera persona, hace centro en la experiencia, se distancia de los hechos) y en un trabajo excepcional con las palabras, lo hace suyo.

Haibun inmigrante

El camino que me acerca a ti es seguro,
incluso cuando desemboca en los océanos.*
Edmond Jabès

*

Entonces, como si respirara, el mar creció bajo nosotros. Si hay algo que debas saber, sabé que lo más difícil es vivir sólo una vez. Esa mujer en un barco que se hunde se convierte en un salvavidas—no importa cuán suave sea su piel. Mientras dormía, él quemó su último violín para mantener mis pies calientes. Se acostó a mi lado y colocó una palabra sobre mi nuca, donde se derritió en una gota de whisky. Óxido dorado bajando por mi espalda. Habíamos estado navegando por meses. Sal en nuestras frases. Habíamos estado navegando—pero la orilla del mundo no estaba a la vista.

*

Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo. Por lo demás era una mañana perfecta de primavera. Los jacintos blancos boqueaban en los patios de la embajada. El cielo era azul-setiembre y las palomas insistían en picotear pedacitos de pan arrojados por la panadería bombardeada. Baguettes rotas. Croissants aplastados. Autos deshechos. Una calesita girando sus caballos ennegrecidos. Él dijo que la sombra de los misiles haciéndose cada vez más grande en la vereda parecía dios tocando un piano de aire sobre nosotros. Dijo Hay tanto que necesito contarte.

*

Estrellas. O, mejor, los drenajes del cielo—esperando. Pequeños agujeros. Pequeños siglos abriéndose lo justo para que nos colemos. Un machete secándose sobre la cubierta. Mi espalda se volvió hacia él. Mis pies en los remolinos. Se agacha a mi lado, su aliento un clima fuera de lugar. Lo dejo derramar un manojo de mar en mi pelo y escurrirlo. Las perlas más chicas—y todas para vos. Abro los ojos. Su cara entre mis manos, mojada como un tajo. Si llegamos a la orilla, dice, le pondré el nombre de esta agua a nuestro hijo. Aprenderé a amar a un monstruo. Sonríe. Un guion blanco donde debieran estar sus labios. Hay gaviotas sobre nosotros. Hay manos aleteando entre las constelaciones, intentando aguantar.

*

La niebla se levanta. Y lo vemos. El horizonte—de repente desaparece. Un brillo de agua nos lleva a la dura caída. Limpio y piadoso—tal como él quería. Tal como en los cuentos de hadas. Ése en que el libro se cierra y se transforma en risas sobre nuestras faldas. Tiro del mástil a toda vela. Él lanza mi nombre al aire. Miro las sílabas deshacerse en piedritas a través de la cubierta.

*

Rugido furioso. El mar rompiendo contra la proa. Él lo mira abrirse como un ladrón con la mirada fija en su propio corazón: todo huesos y madera astillada. Olas creciendo a ambos lados. El barco encerrado entre paredes líquidas. ¡Mirá! dice, ¡ahora lo veo! Está saltando. Está besando el reverso de mi muñeca mientras se afirma al timón. Se ríe pero sus ojos lo traicionan. Se ríe a pesar de que sabe que arruinó todas las cosas bellas sólo para probar que la belleza no puede cambiarlo. Y ésta es la sorpresa: hay un corcho donde debería estar la puesta de sol. Siempre estuvo ahí. Hay un barco hecho de escarbadientes y pegamento. Hay un barco en una botella de vino sobre la chimenea en el medio de una fiesta de Navidad—licor de huevo derramándose desde los vasos de plástico rojo. Pero seguimos navegando igual. Seguimos parados en la proa. Una pareja de muñecos de torta de casamiento encerrada bajo una campana de vidrio. El agua está quieta ahora. El agua como aire, como horas. Todos están gritando o cantando y no puede darse cuenta si la canción es para él—o los cuartos en llamas que confundió con la infancia. Todos están bailando mientras un hombre y una mujer minúsculos están metidos en una botella verde pensando que alguien los espera al final de sus vidas para decir ¡Ey! No tenían que ir tan lejos. ¿Por qué fueron tan lejos? Exactamente como el estrépito de un bate de baseball que choca con el mundo.

*

Si hay algo que debas saber, sabé que naciste porque no venía nadie más. El barco se meció mientras crecías dentro de mí: el eco del amor se endurecía haciéndose un niño. A veces me siento como un ampersand. Me despierto esperando el choque. Tal vez el cuerpo sea la única pregunta que una respuesta no puede extinguir. ¿Cuántos besos chocamos contra nuestros labios en oración—sólo para juntar las partes? Si necesitás saber, la mejor forma de entender a un hombre es con tus dientes. Una vez tragué la lluvia durante toda una verde tormenta eléctrica. Horas yaciendo sobre mi espalda, mi infancia de niña abierta. El campo por debajo de mí en todas partes. Qué dulce. Esa lluvia. Cómo algo que vive sólo para caer no puede ser sino dulce. Agua rebajada a intención. Intención a alimento. Todos pueden olvidarnos—siempre y cuando vos recuerdes.

*

Dios abre su ojo                         
pensando en el verano.                           
luz de dos lunas.**                       

Notas

* El epígrafe corresponde a la primera sección de El libro de las preguntas (vol. I) de Edmond Jabès, traducida al español por Julia Escobar (Madrid: Siruela, 1990).
** El haiku que cierra el haibun es de muy compleja traducción y para mantener la métrica fue necesario alterar el orden de los versos y, consiguientemente, su sentido. Una traducción más literal sería “Verano en el pensamiento. / Dios abre su otro ojo: / dos lunas en el lago.”


La traducción, junto a la introducción breve, salieron en el número de diciembre de 2016 de la revista Lento, junto a una ilustración deslumbrante de Hogue. Ahora acompaña la entrada un detalle de La mer orageuse (1870), de Gustave Courbet.

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Los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir: poemas de Oscar Wilde

Fragmento de “Cármides”

Y se lamentó Venus: “Es la pérfida Artemisa
cuya mano amarga ha forjado esta crueldad,
o esa poderosa doncella cuyo deber es
guardar su fuerte e inoxidable majestad
sobre la colina ateniense: ¡Ay!
Que los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir.”

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “La esfinge”

Cantame sobre la doncella judía que anduvo perdida
con el Santo Niño,
y cómo los guiaste a través del yermo y
cómo durmieron bajo tu sombra.

Publicado en 1894

Fragmento de “La nueva Helena”

¿Dónde estuvieron desde que alrededor de los muros de Troya
los hijos de Dios lucharon en esa grande empresa?
¿Por qué no pisaron nuestra tierra otra vez?
¿Se olvidaron de ese apasionado muchacho,
su galera púrpura y su ejército tirio
y de los burlones ojos de la traicionera Afrodita?

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “Ravena”

¡Adiós, Ravena! Hace apenas un año
me detuve y miré brillar el atardecer carmesí
desde la solitaria capilla en tu llanura pantanosa:
el cielo era como un escudo oxidado
por la sangre y la batalla del agonizante sol,
y en el oeste las circundantes nubes tejían
una toga real, que algún gran Dios podría usar,
mientras en los mares oceánicos de aire púrpura
se hundía la vieja galera del Señor de la Luz.

Publicado en 1878


Acompaña la entrada un fragmento de Nature morte avec des attributs des Arts (1766), de Jean-Baptiste Siméon Chardin.

Cierro mi puerta tras de mí: poemas de Christina Rossetti

Desearía poder recordar aquél primer día
Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará?

1864

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.

Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.

Cierro mi puerta tras de mí,
y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará
mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?

¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.

¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!

Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.

Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.

Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.

Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Los tres enemigos

La carne
“Querida, estás pálida.”
“Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.”
“Querida, estás triste.”
“Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios”
“Querida, estás cansada.”
“No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.”
“Querida, tus pies están doloridos.”
“Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.”
El mundo
“Querida, sos joven.”
“También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.”
“Mirá, sos hermosa.”
“Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.”
“Y tenés riquezas.”
“El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.”
“Y la vida es dulce.”
“No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.”
El Demonio
“Bebés profundamente.”
“Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?”
“Ganarás la Gloria.”
“En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.”
“Tendrás el Conocimiento.”
“¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.”
“Y Poder.”—
“Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.”

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Una mejor resurrección

No tengo juicio, ni palabras, ni lágrimas;
mi corazón en mí es como una piedra,
demasiado entumecido para miedos o esperanzas.
Mirá a la derecha, mirá a la izquierda, vivo sola;
levanto los ojos pero, empañados por la pena,
no ven las colinas eternas;
mi vida está en la hoja que cae:
oh, Jesús, apurame.

Mi vida es como una hoja descolorida,
mi cosecha es apenas cascarilla:
mi vida está vacía y es breve
y tediosa en el árido anochecer;
mi vida es como una cosa congelada,
ni brotes ni verde puedo ver:
pero habrá de levantarse—la savia de Primavera
oh, Jesús, levantate en mí.

Mi vida es como un cuenco roto,
un cuenco roto que no puede contener
una gota de agua para mi alma
o medicina en el frío penetrante. 
Tirá al fuego la cosa marchita;
derretila y volverla a moldear, hasta que sea
una copa real para Él, mi Rey:
oh, Jesús, tomá de mí.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Después de la muerte

Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido
y un ramo de junco, romero y flores de espino
yacía grueso sobre la cama en la que yazco,
y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra.
Se inclinó sobre mí, pensando que dormía
y no podía oírlo; pero lo oí decir
“Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía
vino un silencio profundo y supe que lloraba.
No tocó la mortaja ni levantó el sudario
que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas,
ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza:
no me amaba viva, pero una vez muerta
me compadecía; y es muy dulce
saber que está todavía tibio mientras estoy fría.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Tierra de sueño

Donde ríos sin sol lloran
sus olas a la profundidad,
ella duerme un sueño encantado:
no la despierten.
Guiada por una estrella única,
vino de muy lejos
a buscar el lugar en que las sombras son
su agradable lote.

Ella dejó la mañana rosa,
dejó los cultivos de maíz,
por un crepúsculo frío y abandonado
y manantiales de agua.
A través del sueño, como a través de un velo,
mira el cielo pálido,
y escucha al ruiseñor
que canta triste.

Descansa, descansa, un descanso perfecto
sobre su pecho y su frente; 
su rostro mira al oeste,
la tierra purpúrea.
No puede ver el grano
madurando en la colina y la llanura;
no puede sentir la lluvia
sobre su mano.

Descansa, descansa para siempre
en una orilla musgosa;
descansa, descansa en el corazón del corazón
hasta que termine el tiempo:
sueño que ningún dolor despertará,
noche que ninguna mañana romperá 
hasta que la alegría se apodere
de su perfecta paz.

Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)


La imagen que acompaña la entrada es un detalle del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.

Gauchos: sobre algunos fragmentos de Hudson, Darwin y Supervielle

faf.

Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que considera uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus “experiencias reales”.

A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:

En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era…

Ver la entrada original 231 palabras más

Usted teme morir: un fragmento de las memorias de Jules Supervielle

Pequeño diálogo

El psiquiatra. —Usted teme morir. Por eso le voy a decir y repetir, yo que soy especialista en el tema, que en nuestros días uno ya no muere de enfermedad. La medicina, la farmacología, la higiene física y mental se han aliado de tal manera que la muerte no es más que un recuerdo e interviene cada vez menos en los asuntos humanos.

El enfermo. (con timidez) —Sin embargo, si creemos en las estadísticas y la tierra removida de los cementerios y la prosperidad de las casas de pompas fúnebres…

El psiquiatra. —¡Y usted cree todavía en las pompas fúnebres en pleno siglo XX! ¡Usted, un poeta moderno, cree en los caballos con penachos negros con su trotecito ridículo y en esos hombres de la bolsa que son los hombres de las funerarias! Y en cuanto a los cementerios, ¡permita que me ría! No hay en ellos más que cráneos viejos, algunos pares de tibias prehistóricas, residuos de antes de las vitaminas y las hormonas. Nada de eso tiene sentido en nuestros días.

El enfermo.  —Sin embargo, creo que ayer mismo vi pasar un cortejo fúnebre.

El psiquiatra. —¡Cree haber visto! Es lo que yo digo. En fin, siga mi consejo: cuando crea ver pasar eso que usted llama un cortejo fúnebre, dígase a usted mismo que no es nada y mire para otro lado.

El enfermo.  —Por mi parte, yo los saludo, siempre se me dijo que era lo más educado.

El psiquiatra. —¡Los saluda! Ya le decía yo que usted siente por estas visiones un placer mórbido. ¡Levanta el sombrero! ¿Qué quiere que le diga?

El enfermo.  —No diga nada, que ya me voy.


Fragmento de Boire à la source (1951), de Jules Supervielle, acompañado por un detalle del cuadro De keisnijding, atribuido a Jheronimus Bosch (c. 1475)

Cuando el alto alero tiembla: poemas de Richard Aldington, Skipwith Cannell, Amy Lowell y William Carlos Williams

“Au vieux jardin”, de Richard Aldington

Me he sentado feliz en los jardines,
a mirar el estanque calmo y los juncos
y las nubes oscuras
que el viento del aire superior
rompió como a las verdes ramas cargadas de hojas
de los árboles del fin del verano;
pero aunque encuentro gran placer
en estos y en los nenúfares,
lo que más me acerca al llanto
es el color rosa y blanco de las suaves piedra lajas,
y el pálido pasto amarillo
entre ellas.

“Nocturnos”, de Skipwith Cannell

I
Vuestros pies,
que son como pequeños, plateados pájaros,
han determinado placenteras vías;
p
or ello os seguiré,
Paloma de los Ojos Dorados,
sobre cualquier senda os seguiré,
porque la luz de vuestra belleza
brilla ante mi como una antorcha.

II
Vuestros pies son blancos
sobre la espuma del mar;
sostenedme, rápido, Cisne reluciente
no sea que tropiece y me hunda,
y en aguas profundas.

III
Largo tiempo he sido
sólo el Cantante bajo vuestra Ventana,
y ahora estoy exhausto.
Enfermo de anhelar,
oh, mi Amada;
por eso cargad conmigo, llevadme
veloz
a nuestro camino.

IV
Con la red de vuestro cabello
habéis pescado en la mar,
y un pez extraño
habéis atrapado en vuestra red;
porque vuestro cabello,
A
mada,
sostiene mi corazón
en su red de oro.

V
Estoy cansado de amor, y vuestros labios
son amapolas nocturnas.
Dadme por eso vuestros labios,
para que conozca así el sueño.

VI
Estoy exhausto de anhelo,
estoy desvanecido de amor;
porque sobre mi cabeza la luz de la luna
ha caído
como una espada.

“En un jardín”, de Amy Lowell

Brotando de las bocas de hombres de piedra
para extenderse a gusto bajo el cielo
en cuencos con labios de granito,
donde el lirio salpica sus pies
y susurra a un viento que pasa,
el agua llena el jardín con su apuro
en medio de los tranquilos parques podados.

Húmedos huelen los helechos en galerías de piedra
donde gotean y salpican las fuentes,
fuentes de mármol, amarillentas por el agua.

Chapoteando por escalones manchados de musgo
cae el agua
y el aire palpita con ella,
con su gorgoteo y su fluir,
con sus caídas y su profundo, frío murmullo.

Y yo deseé la noche y a vos.
Q
uería verte en la piscina,
blanco y brillante en el agua moteada de plata.

Mientras la luna cruzaba el jardín,
alta en el arco de la noche,
y el perfume de los lirios era intenso en su quietud.

¡Noche y el agua, y vos y tu blancura, bañándose!

“Postludio”, de William Carlos Williams

Ahora que me he enfriado de vos
que haya oro de deslucida mampostería,
templos aliviados por el sol para arruinar
ese sueño enteramente.
Dame la mano para las danzas,
ondas en File, dentro y fuera,
y labios, mi Lesbiana,
alhelíes que una vez fueron llama.

Tu cabello es mi Cartago
y mis brazos el arco
y nuestras palabras flechas
para disparar a las estrellas,
que desde el neblinoso mar
bullen para destruirnos.

Pero estás a mi lado…
¿cómo he de resistirte
a vos, oh, que me herís en la noche
con pechos que refulgen
como Venus y como Marte?
¡La noche que está gritando Jasón
cuando el alto alero tiembla
como si hiciera olas sobre mí
azul en la proa de mi deseo!
¡Oh plegarias en la oscuridad!
¡Oh incienso a Poseidón ofrendado!
Calma en la Atlántida.


Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraban estos, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes.
La imagen que acompaña la entrada es un detalle de un estampado de William Morris (1884).

Yo fui una de esas: poemas de Louise Glück, Anne Sexton y Margaret Atwood

“Día de todos los santos”, de Louise Glück

Incluso ahora este paisaje se está ensamblando.
Las colinas se oscurecen. Los bueyes
duermen en su yugo azul,
los campos
ya pelados a cero, las gavillas
atadas y apiladas al costado del camino,
entre cincoenramas, mientras sale la dentada luna:

Esta es la esterilidad
de la cosecha o la peste.
Y la esposa se inclina sobre la ventana
con su mano extendida, como pagando,
y las semillas
claras, doradas, llaman
Vení
Vení, pequeña

Y el alma sale del árbol a hurtadillas.

De The House on Marshland (1975)

“Una de esas”, de Anne Sexton

Salí al mundo, bruja poseída
hechizando el aire negro, más valiente en la noche;
soñando el mal, di vueltas sin rumbo
sobre las casas bajas, de luz en luz:
una cosa solitaria, con doce dedos, fuera de quicio.
Una mujer así no es realmente una mujer.
Yo fui una de esas.

Encontré las cálidas cuevas en el bosque,
las llené de cacerolas, tallas, estantes,
roperos, sedas, bienes innumerables;
le preparé la comida a los gusanos y a los elfos;
quejándome, volviendo a arreglar lo desalineado.
Una mujer así es incomprendida.
Yo fui una de esas.

Anduve en tu carreta, conductor,
saludé con mis brazos desnudos a los pueblos al pasar
y aprendí las últimas rutas brillantes, superviviente
de tus llamas, que aún muerden mi muslo
y de mis costillas que se quiebran bajo el torno de tus ruedas.
Una mujer así no teme morir.
Yo fui una de esas.

De To Bedlam and Part Way Back (1960)

“Películas de hombres lobo”, de Margaret Atwood

Hombres que se imaginan cubiertos de pelo y con colmillos
saliéndoles de la boca, ¿por qué lo hacen? Merodeando entre mojados
troncos de árboles lunáticos, en cuatro patas, olfateando
el suelo cubierto de hojas húmedas, o abriéndose paso
entre las zarzas, los brazos colgantes como piyamas
demasiado grandes, cubiertos de pelo, las narices y los labios
vueltos a meter en sus caras, nada queda de sus amables
sonrisas, solo ojos amarillos y un hocico. Esto les da
placer, piensan que serían
más animales. Podrían entonces gruñir libres y atacar
mujeres con las compras, abriendo
sus puertas con las llaves. La libertad sería
tobillos desnudos, el estruendo al hacer jirones goma, tela,
lo que sea. Volver a lo básico. Pelen, les dicen
a las strippers, y quieren decir: sáquense la piel.
Un trago de carne
comida de perro, orejas en el bowl. Pero
ningún animal hace eso: encontrar pareja y matarla,
o matarla antes: romper su huevo, su futuro.
Ningún animal se come la garganta de su compañera, excepto
las arañas y algunos insectos, cuando es el proteico
macho el engullido. ¿Por qué tienen ese sueño, entonces?
¿Coquetería para hombres, la última alternativa
a ser abogados? O una
rebelión contra la muda
resistencia de los objetos: reproche de la
funda de almohada repleta de almohada, del cubre-
tetera hinchado por su vasija
caliente, no suave como parece sino duro
como se siente, redondas barrigas de cuerdas
guardadas en el cajón de arriba, que los exasperan.
Qué alegría acabar con la tiranía
del pomo de la puerta, hundir tus dientes
en el acolchado inerte y desafiante, con sábanas
queensize de motivos florales a juego, y escucharla
gritar. Rendirse.

De Selected Poems II: 1976–1986 (1987)

“Actualización sobre los hombres lobo”, de Margaret Atwood

En los viejos tiempos, todos los hombres lobo eran machos.
Se abrían desde sus bluejeans
y desde sus propias pieles partidas,
se exhibían en parques,
aullaban a la luna.
Esas cosas que hacen los chicos de las fraternidades.

Fueron demasiado lejos con el tirón de pelo—
les gruñeron a las rosadas y huidizas
hembras, que gritaron Wee wee
wee hasta llegar al hueso.
Mierda, si sólo era un poco de flirteo y
sentido del humor canino:
¡Miren a Jane correr!

Pero ahora es diferente:
no se limita a un género.
Es una amenaza global.

Mujeres de piernas largas hacen sprint por los barrancos
con calentadores peludos, una manada de modelos
pervertidas en atuendos sado-franceses de Vogue
y memorias de corto plazo aerografeadas,
que tienden al alboroto sin condenas.

¡Miren sus garras delineadas de rojo!
¡Miren sus ojos que rechinan!
¡Miren la gasa iluminada por detrás
de los halos subversivos de su luna llena!
Toda peluda, esta bella dama,
y no es un sweater.

¡Oh, libertad, libertad y poder!
cantan mientras cruzan los puentes a zancadas,
vagabundas a su aire, cortando gargantas
en senderos, enfureciendo a los bolsistas.

Mañana volverán
vestidas de negro,
con su puesto de gerencia intermedio y sus Jimmy Choo,
con horarios de los que no pueden hacerse cargo
y sangre de primeras citas en las escaleras.
Harán algunas llamadas: Chau.
No sos vos, yo yo. No puedo decir por qué.
Soñarán que les salgan colas
en reuniones de ventas,
justo durante los audiovisuales.
Tendrán resacas adictivas
y las uñas arruinadas.

Publicado en la edición de octubre de 2018 de la revista Freeman’s


Acompaña la entrada un detalle del dibujo “Wuthering Heights Today” (1956), de Sylvia Plath.