Yo fui una de esas: poemas de Louise Glück, Anne Sexton y Margaret Atwood

“Día de todos los santos”, de Louise Glück

Incluso ahora este paisaje se está ensamblando.
Las colinas se oscurecen. Los bueyes
duermen en su yugo azul,
los campos
ya pelados a cero, las gavillas
atadas y apiladas al costado del camino,
entre cincoenramas, mientras sale la dentada luna:

Esta es la esterilidad
de la cosecha o la peste.
Y la esposa se inclina sobre la ventana
con su mano extendida, como pagando,
y las semillas
claras, doradas, llaman
Vení
Vení, pequeña

Y el alma sale del árbol a hurtadillas.

De The House on Marshland (1975)

“Una de esas”, de Anne Sexton

Salí al mundo, bruja poseída
hechizando el aire negro, más valiente en la noche;
soñando el mal, di vueltas sin rumbo
sobre las casas bajas, de luz en luz:
una cosa solitaria, con doce dedos, fuera de quicio.
Una mujer así no es realmente una mujer.
Yo fui una de esas.

Encontré las cálidas cuevas en el bosque,
las llené de cacerolas, tallas, estantes,
roperos, sedas, bienes innumerables;
le preparé la comida a los gusanos y a los elfos;
quejándome, volviendo a arreglar lo desalineado.
Una mujer así es incomprendida.
Yo fui una de esas.

Anduve en tu carreta, conductor,
saludé con mis brazos desnudos a los pueblos al pasar
y aprendí las últimas rutas brillantes, superviviente
de tus llamas, que aún muerden mi muslo
y de mis costillas que se quiebran bajo el torno de tus ruedas.
Una mujer así no teme morir.
Yo fui una de esas.

De To Bedlam and Part Way Back (1960)

“Películas de hombres lobo”, de Margaret Atwood

Hombres que se imaginan cubiertos de pelo y con colmillos
saliéndoles de la boca, ¿por qué lo hacen? Merodeando entre mojados
troncos de árboles lunáticos, en cuatro patas, olfateando
el suelo cubierto de hojas húmedas, o abriéndose paso
entre las zarzas, los brazos colgantes como piyamas
demasiado grandes, cubiertos de pelo, las narices y los labios
vueltos a meter en sus caras, nada queda de sus amables
sonrisas, solo ojos amarillos y un hocico. Esto les da
placer, piensan que serían
más animales. Podrían entonces gruñir libres y atacar
mujeres con las compras, abriendo
sus puertas con las llaves. La libertad sería
tobillos desnudos, el estruendo al hacer jirones goma, tela,
lo que sea. Volver a lo básico. Pelen, les dicen
a las strippers, y quieren decir: sáquense la piel.
Un trago de carne
comida de perro, orejas en el bowl. Pero
ningún animal hace eso: encontrar pareja y matarla,
o matarla antes: romper su huevo, su futuro.
Ningún animal se come la garganta de su compañera, excepto
las arañas y algunos insectos, cuando es el proteico
macho el engullido. ¿Por qué tienen ese sueño, entonces?
¿Coquetería para hombres, la última alternativa
a ser abogados? O una
rebelión contra la muda
resistencia de los objetos: reproche de la
funda de almohada repleta de almohada, del cubre-
tetera hinchado por su vasija
caliente, no suave como parece sino duro
como se siente, redondas barrigas de cuerdas
guardadas en el cajón de arriba, que los exasperan.
Qué alegría acabar con la tiranía
del pomo de la puerta, hundir tus dientes
en el acolchado inerte y desafiante, con sábanas
queensize de motivos florales a juego, y escucharla
gritar. Rendirse.

De Selected Poems II: 1976–1986 (1987)

“Actualización sobre los hombres lobo”, de Margaret Atwood

En los viejos tiempos, todos los hombres lobo eran machos.
Se abrían desde sus bluejeans
y desde sus propias pieles partidas,
se exhibían en parques,
aullaban a la luna.
Esas cosas que hacen los chicos de las fraternidades.

Fueron demasiado lejos con el tirón de pelo—
les gruñeron a las rosadas y huidizas
hembras, que gritaron Wee wee
wee hasta llegar al hueso.
Mierda, si sólo era un poco de flirteo y
sentido del humor canino:
¡Miren a Jane correr!

Pero ahora es diferente:
no se limita a un género.
Es una amenaza global.

Mujeres de piernas largas hacen sprint por los barrancos
con calentadores peludos, una manada de modelos
pervertidas en atuendos sado-franceses de Vogue
y memorias de corto plazo aerografeadas,
que tienden al alboroto sin condenas.

¡Miren sus garras delineadas de rojo!
¡Miren sus ojos que rechinan!
¡Miren la gasa iluminada por detrás
de los halos subversivos de su luna llena!
Toda peluda, esta bella dama,
y no es un sweater.

¡Oh, libertad, libertad y poder!
cantan mientras cruzan los puentes a zancadas,
vagabundas a su aire, cortando gargantas
en senderos, enfureciendo a los bolsistas.

Mañana volverán
vestidas de negro,
con su puesto de gerencia intermedio y sus Jimmy Choo,
con horarios de los que no pueden hacerse cargo
y sangre de primeras citas en las escaleras.
Harán algunas llamadas: Chau.
No sos vos, yo yo. No puedo decir por qué.
Soñarán que les salgan colas
en reuniones de ventas,
justo durante los audiovisuales.
Tendrán resacas adictivas
y las uñas arruinadas.

Publicado en la edición de octubre de 2018 de la revista Freeman’s


Acompaña la entrada un detalle del dibujo “Wuthering Heights Today” (1956), de Sylvia Plath.

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