Álbum de sueños, 3

La ventana escucha el murmullo de sus voces
ronroneo de autos y gritos plenos, metálicos;
todo sabe, si todo está atento
al aleteo de los pájaros sobre la pizarra del cielo
las gotas temblorosas.

Había que verlo pasar
con su propia cabeza en las manos,
hasta abrir una fuente.
Había que sentir el llamado, la tela suave deslizarse como una serpiente
esa música extraña
que lentamente comunica,
el torpe repiquetear de mi propia voz balbuceando en lenguas,
de acá a allá, lejos de mi madre, lejos de los libros que dejé en casa,
lejos del suspiro que sube como un espasmo desde el río
y todavía dice cosas,
voces no calladas por la muerte
que devuelven nuestras inmundicias a la costa cada febrero.

Y todavía hay algo nocturno y frío,
una nueva especie de soledad que respira.
El descubrimiento bajo el manto celoso del mundo,
de la boca cubierta de mordidas,
sangrando sobre cemento y tierra,
cuando la hora se abandona.

Esa voz llega hasta mí como un secreto
el imperturbable misterio de otro siglo,
el crepitar nocturno del fuego,
el papel y la pluma,
el golpe sobre la piel tendida.
Es un sonido a la vez reconocible y nuevo,
prendido a otros ritmos lentos, ecos rugosos de rinoceronte,
el suave restallar de la frambuesa en la boca,
el sol abriéndose paso por entre el agua,
campo de concreto y metal,
hasta nuestras caras entregadas a su brasa.

Hay niños abajo, doblando la esquina, persiguiéndose,
con remeras de fútbol o hermosas camisas multicolores,
se sueltan de sus padres, la mano arrojada como un hueso,
la suave luz que transparentan las uñas,
el brillo de la piel tersa, los ojos con lunas, el reflejo espléndido de los artefactos
—luz y ruido.

Entonces se abre como una palma
el campanario y llama a algo
y no respondemos. Hay sol y la mañana se expande y multiplica,
en el silencio o la música,
en el rasguño de las motocicletas en el bulevar.

Y nada espero, sólo al día que se exprese.


El poema forma parte de una sección del libro inédito Cuaderno de verano (2017-2018). La imagen que acompaña la entrada es un detalle de la decapitación de Saint Denis.

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