Arbres/árboles

Se va construyendo, una escena a partir de nada. El resto de algo que quedó ahí, en la orilla de la cama fría. Como al borde del sueño, cerca de donde reposo. Empieza entonces, se abre paso por el frío de la mañana y escucha voces que no entiende. En marroquí, en ucraniano, en alemán. Caen rodando por las calles adoquinadas, el viejo bar de monedas, el puestito de wafles, el baño público. Todo puesto para atraer, para llamarlo al momento de su encarnación. Es la Navidad, pero podría ser la nada. No se hacen ya cielos como este, días así de brillantes, como ojos de pájaros. Entonces empieza el ritmo a colarse por el hueco que deja la mano, el hueco de sombra de un suspiro. De la espera, el vapor en la boca. Para el metro, subimos, sigue. Para el metro, bajamos, sigue. Étoile, Rivoli, Saint-Paul. No sé: es lo mismo. La misma calle, un mapa que está todo dentro de la cabeza cuando reposo. Se abre de dentro, busca algo, asirme, pegarme.

Empiezo:
sigo poniendo dudas sobre tu espalda doblada,
curvada hacia adelante. Tu espalda que sostenías con una mano,
para no rabiar de dolor.

Eso:
y se abre la calle al sonido. El golpe de las nubes oscuras, cargadas de nieve,
las vueltas del árbol, del bosque.

Porque todo comenzó con un árbol. Con un plátano como los de Montevideo, mi casa. Un plátano grande en medio de otros árboles, de troncos finos como pestañas. Y el árbol ese, en el parque de la Legión de Honor, abierto a otras cosas.

Por algún lado hay que empezar a decir

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