Los espejos

La mirada sobre las cosas
la casa amplia y hueca,
un torbellino, una llamarada, el retroceso de los talones
hasta la noche.

*

Está todo quieto
las blancas formas de la oscuridad
reposan en suspenso, conteniendo su respiración de polvo
y humedad. Respira
la madrugada silenciosa,
y hay un olor certero, almizclado
en el aire, denso de sueños.
La enfermedad duerme tranquila,
entre las sábanas azules
revuelta como una dura rama inmóvil,
pidiendo, abriéndose paso entre el frío.

*

Escucho el dulce eco
del lavarropas cuando centrifuga
su aguda precisión de impulsos y señales
la estática, el revuelto entusiasmo
de la caja negra, compacta, erizada de nombres,
hablando, desde el desagüe del baño,
su lenta lengua de espuma y pelusas.

*

Ni se reconoce en un espejo
puesto por Lacan

Roberto Appratto

Quisiera recuperar el espejo grande
que dejé en mi casa materna.

Miento: no había ahí un espejo grande que cubriera
una pared completa
o fuera, al menos,
del piso al techo
o, como en el cuarto que fue de Camila, me triplicara.

¿Y qué fue de todo aquello
que bastaba para reflejarme:
agua de un pozo o chocolatada,
la superficie azul de la máquina cuando se mueve?

Hubo un tiempo en el que yo podía hablar, sí,
y había alguien ahí, más allá de esa niebla,
abriendo la boca haciendo gestos soltando palabras y señales:

muchas respuestas que yo sabía tomar con la mano.


Acompaña la entrada un fotograma de Deux ou trois choses que je sais d’elle (1966), de Jean-Luc Godard.

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