Para mirar el cráneo de Andrés Seoane

Las letras se mueven. Producen un sonido cuando lo hacen, como los planetas. Se dicen cosas y es como un murmullo o agua que corre, aunque a veces se parece al ruido que hacen los aires acondicionados cuando se encienden. También los colores tienen esa cualidad sonora, pero sus voces se sienten como acolchonadas, como las que se escuchan a través de la pared. Es hermoso quedarse frente a un cuadro y escuchar, simplemente.

La música tiene el poder, única en las artes, de borrarnos. Los pasajes no son fáciles. Uno está siempre distraído y no ve todo lo que pasa entre una pincelada y la otra, apenas sí identifica las variaciones tonales. Ahí, sin embargo, está todo. 

Vino conmigo, en una carpeta y dentro de un sobre. No sé cuánto mide, pero es más chica que una hoja A4 y no está firmada. Es una pintura, digamos, modesta. Un cráneo humano apoyado en una superficie gris, sobre un fondo azul oscuro. Es de un despojamiento absoluto y, a la vez, están pasando en ella muchas cosas. Las cuencas vacías miran a mi derecha, desde el escritorio. El hueco ese es de una simpleza asombrosa, la sombra es un manchón de un morado intenso. Eso naranja es, me dijo Andrés cuando fui al sótano de su casa y le compré el cuadro, una cinta. No sabía y yo no sé tampoco, con qué motivo terminó ahí, pero ahora parece tan parte del conjunto como el hueco de la nariz, triangular como un monje y de color verde oliva enfermo, o ese colmillo afilado que sugiere una naturaleza abyecta.

Hay, sobre el pómulo, una pincelada solitaria, de cobalto ligero, que parece una herida, como si eso fuera posible. Hay, a la altura de la sien, una discreta mancha malva que se da de lleno con una secuencia de tres líneas en una suerte de degradé impetuoso. Hay, en la curva superior, del lado opuesto, un exceso de pintura, un grano que anuncia el fin de un color y, abruptamente, se transforma en ese misterioso azul que tiende al negro. Eso miro ahora. Ese fondo de una oscuridad agujereada, que sugiere luces apelmazadas, un mundo entero por detrás; las manchas pequeñas de blanco marfil dejan adivinar un fragmento de la vida.

Parece que la calavera reposara sobre una tela, un altar de tela arrollada, anudada en empastes dejados sobre el papel como las sombras que arroja un árbol. Veo el gramaje y un mostaza que delinea los contornos en contraste con un color vino que mancha los dientes de sombras. La calavera parece estar mordiendo la tela sobre la que descansa. Parece ligeramente tensa, aunque el resto dé una idea de quietud. Las pinceladas, que están llenas de carácter, no vibran, no hacen transiciones delicadas: se superponen con violencia unas sobre las otras y aun así el cráneo me transmite una tranquilidad extraña. 

Lo miro como a una cueva primitiva. Adentro algo resplandece: es lo que se ve, el naranja de la cinta. Es un fuego que se imprime sobre superficie. Adentro hay algo todavía, una posibilidad. Es un lugar de ecos y recodos. Todo en su construcción lo sugiere: no es una casa cómoda, pero tiene una materialidad impactante, una presencia conmovedora, una materialidad espectral. Eso: como una melodía.

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