Hojas de un cuaderno sin días

Dejo al chocolate disolverse en la boca,
siento el suave rigor de las semillas de sésamo,
tomo un poco más de café. Hay sol
—me da en la espalda, el brezo crece en el balcón,
hay música (un disco de Jens Lekman y Annika Norlin que quisiera comentar contigo) y papeles sobre la cama,
un libro, todo dispuesto.
Y por qué, entonces,
sabiendo que no estás más del otro lado,
chocolate, acaso agua o un jugo, sol y los mismos libros,
todo lo que sabíamos nuestro y creímos para siempre.
/
Un artículo sobre un libro japonés de historia norteamericana,
en el que los próceres son héroes mitológicos,
una película nueva, las impresiones sobre lo último de Julia Holter,
un edificio, el cartel del lavadero que está cerca de esta nueva casa,
la increíble historia de un amigo común de Facebook,
comentarios sobre El ángel azul, que
cuando estuve en Barcelona me compré por 3 euros White Teeth,
que voy a verla, a Julia Holter, en diciembre.
/
Se abre una puerta
y cae de pronto,
como empujada por tu partida, una parte hermosa de mí,
la que cuidaba para vos, la que miraba las cosas pensando
qué verías ahí, si pensarías como yo que eso es horrible,
qué dirías de mi última idiotez, si no me sirve de nada,
si es mejor callar ahora.
No veo en la casa nada más que un resplandor lejano
todo lo que se ha hundido inevitable, derretido en una cosa compacta que espera.
/
De pronto llega: es un escalofrío cuando digo era así,
pensaba que estarías esperando por ahí, silencioso
como en mis sueños, cuando aparecías con una sonrisa
y me ayudabas a llegar a algún sitio.
Era la noche gotea y llegan los impulsos, mensajes, sonidos
el espacio de una mano no demasiado grande puesta frente a mí,
es lo que se dice confianza,
caer fulminado de llanto agarrado al sillón, mientras se siente un ruido, arriba:
una tela que se desprende del cielo
en medio del océano.
Un telón que cae de negrura y deja al otro lado el jardín,
el tiempo bueno en el que estábamos juntos,
mirábamos lo mismo, al mismo tiempo y nos reíamos
de cualquier cosa: compartíamos el tiempo. ¿Sabré lo que era eso?
¿Compartir el tiempo?
/
Si pudiera seguiría la conversación donde quedó,
te diría: ¿leíste Íntima, al final?
Me dijiste que estabas con libros breves porque tenías que sostenerlos con
una sola mano
(en la otra tendrías la vía, supuse, pero no quise preguntar).
Habías leído, en esos días (la última semana en la que pudiste hacer algo así)
algo de Zweig
Amuleto —bromeaste sobre la imposibilidad de sostener
con una sola mano Los detectives salvajes
y Los galos, los galgos.
/
Ahora sí,
dice todo lo que toco,
ya no hay lugar al que volver.
/
Como un galope en la noche: hienden la penumbra de mis sueños
los perros blancos de la medicina o del veneno.
Los oigo sobre los techos —la pizarra deja resbalar el sonido
pesado
las hojas se amontonan y entonces miro,
una parte de la pantalla donde titila tu nombre (me repito: no estás, eh,
no estás ahí).
/
Y yo lo miro desperezarse, al mundo,
estupefacto
a este paisaje que se arma todavía
ante mí
y bajo los ojos con vergüenza.
/
¿Quién está ahí?
Como si hundiera una espada en la oscuridad
se oyen palabras tuyas,
adjetivos, veo cualquier cosa arreglarse de cierta manera,
y eso es suficiente. Tengo la compulsión, todavía, de guardarlo
para cuando nos veamos. Como antes
—pensaba: me voy a aguantar, no le voy a mandar un mensaje así se lo cuento
en persona.
/
¿Podré ser justamente eso que tenía, una voz que dice tu nombre y
espera un instante para verte?: estás en el sillón de casa, comiendo
algo que preparé, Camila está al lado tuyo y yo los miro desde la esquina y hablo,
o tomamos algo en la calle Bacacay con Martina, que saca una foto,
o estás en el jardín del Museo Nacional de Artes Visuales,
venís con Mariana y te cortaste el pelo del todo. Venís bajando por 21 a mi encuentro,
en la puerta del cine, o el primer día,
en la vereda de Paysandú, con otra gente, hablando de Margaret Atwood,
o después, señalando con el meñique un papel que dice Carlos Federico Sáez,
o en Lautréamont (se presenta un libro y nos reímos
porque la poeta habla mucho de sus nietos), o cuando me decís estoy afuera o llego en 5—

*

Tuve un sueño. Estábamos, quién sabe por qué, en Carrasco. No recuerdo la calle, pero podía ser Mones Roses, Divina Comedia o Millington Drake. Calles viejas que asocio a la felicidad tranquila, a pasar con el auto, lentamente, enfureciendo a las camionetas, inmensas en su pastosa desproporción. A las hojas de otoño cubriendo el suelo, las casas inmensas con patio, una idea de algo que se perdió, a pocas cuadras, en la vulgaridad de las construcciones nuevas. Pero era verano. Estábamos de remera y caminábamos; veníamos de tomar el té juntos. También estaba otro amigo con nosotros, pero había quedado atrás, tal vez pagando, después de insistir. No eras exactamente vos, aunque en el sueño yo sabía que sí. Eras un japonés de ilustración, el avatar que elegiste en WhatsApp, pelo negro, lacio (eso sí era tuyo), pero una pequeñez de hombros estrechos, una delgadez que no me hacen pensar en vos y que en el sueño era señal de tu salud restablecida. En el momento, creo, no me daba cuenta de ese desfazaje. Te apoyaba la mano en la espalda: algo me decía que debía tocarte, sentir tu cuerpo, comprobar que no fueras un fantasma o una sombra. Tenías una remera blanca. Íbamos un poco más rápido, porque habíamos estado fingiendo. Nuestro amigo en común estaba muy preocupado por vos (me había llamado tarde, angustiado) y querías demostrarle que, a pesar de haber estado en el Hospital varios días y muy grave, ahora estabas bien de nuevo. Pero, aunque se te veía radiante, no era más que una mascarada, así que nos apurábamos para poder charlar y porque yo no podía reprimir más las lágrimas. Vos no hablabas nunca. Era yo quien decía “Tuve mucho miedo”. “Te quiero, Mateo”. Y vos sonreías porque ya sabías eso. “Pero eso ya lo sabías”, agregaba yo y asentías. Creí que se iba a morir, pensaba, y entonces todo empezaba a parecer raro, tras el recuerdo de un mensaje de Mariana. “Dicen los médicos que es irreversible”. Me recuerdo ahora frente al teléfono. Ese mensaje, que formaba parte del sueño, pertenece a la vigilia. Me acuerdo de repetir la palabra “irreversible”, pensar en ella, verla moverse en el aire como un animal asustado. ¿Qué sí es reversible? ¿Cómo estará Mariana ahora?, pensaba en el sueño. Al instante hacía un comentario malicioso sobre alguna cosa y me reía, pero cada vez era más evidente para mí que había algo que no estaba bien, un desplazamiento que tal vez tuviera que ver con que vos no eras vos, que tu cuerpo no era exactamente el tuyo. No obstante, pensaba que al final había tenido razón, que podríamos seguir hablando como siempre (en un momento atroz de tu última internación yo pensé en decirte muchas cosas, fijar días para hablar por Skype, despedirnos), casi como si no hubiera pasado nada. Pensaba que habría una prórroga, no por tu bien (lo admito, sí), sino para el mío, que podría decirte cosas hasta el final. ¿Y con quién hablo yo ahora? Nadie responde. En el sueño era todo brillante. Había futuro y sin embargo tampoco entonces me lo creía del todo.


La imagen que acompaña la entrada es del tumblr Polysynthesism.

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