Cuaderno de verano

2

Leí en algún sitio las mujeres se despiertan 
en la tarde. Vos con la respiración todavía pesada,
las manos sobre el pecho,
el pecho que sube y se detiene para mirarme
al lado, calzándome en penumbras
con la noche a mis espaldas.

4

Es difícil escribir las mujeres
y no sentir que en este instante
ella duerme.
Y lo poco que sé, en verdad, de todo eso. 

5

Las mujeres se levantan cuando quieren:
caminás sobre tus pasos a la noche abandonados
calentás agua, preparás café,
te sonás las manos, te arreglás apenas el pelo,
vas dejando toda clase de mensajes, cifras, signos sobre almohadones y ventanas,
y al fin se despiertan 
cuando la tarde cae lentamente.
Entonces
mirás con los ojos relucientes,
y hablás, y te movés de manera asombrosa,
tras una bruma antigua. 

10

Por lo que sé
el viento viene directo, como por un túnel en las montañas,
absorbe malestares
cura insomnios
cierra las puertas con estruendo
mata las plantas que no se saben afirmar.

Empieza secando la boca.

11

Era verlo y saber que ahí estaba el otro
empezando desde abajo a abrirse por la carne 
como un tajo, pero delicadamente,
soltando la piel para darle habitación.

12

Las mujeres caminan rápido
o despacio,
andan calles y comercios con los ojos cerrados
tocando cosas (telas, pieles, papeles y metales)
para sentirlas.
Empezás pronto a saberlo
a entender voces
que suenan a ecos en las noches.
Se mueven con gran destreza en la cama
inmóviles, cuando buscan el sueño.
Saben pescar.
Tenés cosas en el pelo que no dicen nada,
materiales que existen para tu solo deleite.

13

A veces es fácil verte
apresada en las manos, una fiera muerta, aterida y sangrante.
Las mujeres son grandes momificadoras.
Vacían el cuerpo con habilidad,
de mañana, ponen los órganos en una bandeja,
y llenan la corteza todavía fresca
con hojas, plumas y palitos
que juntan cuando salen.

4

Es un vaso cubierto
una fina capa de polvo o harina
ese sonido último que hacen cuando se separan.

15

Las mujeres se levantan temprano.

16

Salieron a ver la luna
no hay estrellas
hay la única cosa que nos enloquece:
el brillo sepulcral,
la mano abierta sobre el cielo,
la noche de los otros.

17

Dormirás en otra cama esta noche
y sabremos cosas distintas,
una suerte de lenguaje más allá
de estas sábanas y del sudor.

18

Pero en nombres recuerdo tu olor
el suave murmullo
del agua y de un gato
que llega y se acuesta
para dar la necesidad de mimos,
compartir la alegría de tenerlo
por un momento.

19

Las palabras —es italiano—
se alejan. La gelatina de cereza,
el calor de la puerta pegado
a la página,
el muro despintado, roto,
la fragancia de esa flor
que juntaron tus manos
y no sabía a nada.

20

Los bichos se dan contra la luz
como letras
persiguiendo señales más allá del fuego
de la media luz del farol,
1999.

21

Las mujeres usan trapos que ellas llaman ropa
los atan de formas extrañas
sobre sus cuerpos
y andás, con las manos suavemente
apoyadas en las piernas
como si fueras una hermosa flor
o una flor terrible
o una flor enferma
o una flor simplemente
o como si fueses las mujeres,
con sus extrañas vestiduras.

22

Las mujeres huelen
es decir: tienen olor,
no lo pueden reprimir, ni aniquilar,
pero lo disimulan.
Su piel es suave, a veces,
solo en verano.
Pero guardan un rectángulo
de piel para su propio regocijo.

26

La luz esterada alcanza
—manos sin cuerpo—
la cara del durmiente.

27

Me mira desde allá,
desde la niebla de un sueño
respira
mira el cielo
se incorpora todavía dormida
para ver mejor el gris
oír al hornero,
percibir en las sombras de mi ropa
algo que no entiendo yo mismo
cuando esas sombras me visten.

28

Sus manos
se acercan a mí temprano,
no avisan, buscan mi cara,
llegan lentamente entre el aire,
dibujan muecas
se perpetúan en mí por un segundo
esperan ahí encontrarme
en las sombras que hace 
tu estera en las sábanas en el calor
matutino, las ganas, del último golpe de sangre.

29

Cuando amanece impugna la carta
encuentra secretos
del que despierto pone una sobre otra
los segundos.

30

Mientras no estabas
y hablabas en la noche con ella,
las mujeres se levantaron
a arreglarlo, con destornilladores
y paciencia. 

31

Los actos son delicados, son parte de
un ritual que el mundo
copia de los muertos desde siempre.
Con la mano hábil,
levantar la cortina,
abrir la ventana.

32

Las mujeres son enemigas de las avispas,
corren —si duermen—
al verlas, buscando agua —sobre el pasto tembloroso.
Son enemigas de los sapos
y de las culebras,
pero a veces cuidan pajaritos
o hacen nidos de ramas
para lagartijas
o abejas.
Prefieren la jota, del abecedario.

34

Emily Dickinson se levanta cansada,
decide bajar, salir,
acercarse a la ventana —hay sol,
el calor asciende desde el pavimento.

Emily Dickinson cruza el umbral de sombras
camina, entra a la ferretería,
saca número, espera, compra cosas.
La casa vive sola.

35

Cuidá las cosas que dejo en el fuego,
como si fueran gestos.
Para tener una idea:
caen semillas de calabaza como lentas lluvias atrasadas 
y es Carnaval.

enero-febrero de 2017


Acompaña el poema una página del herbario de Emily Dickinson.


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