Cierro mi puerta tras de mí: poemas de Christina Rossetti

Desearía poder recordar aquél primer día
Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará?

1864

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.

Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.

Cierro mi puerta tras de mí,
y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará
mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?

¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.

¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!

Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.

Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.

Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.

Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Los tres enemigos

La carne
“Querida, estás pálida.”
“Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.”
“Querida, estás triste.”
“Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios”
“Querida, estás cansada.”
“No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.”
“Querida, tus pies están doloridos.”
“Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.”
El mundo
“Querida, sos joven.”
“También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.”
“Mirá, sos hermosa.”
“Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.”
“Y tenés riquezas.”
“El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.”
“Y la vida es dulce.”
“No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.”
El Demonio
“Bebés profundamente.”
“Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?”
“Ganarás la Gloria.”
“En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.”
“Tendrás el Conocimiento.”
“¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.”
“Y Poder.”—
“Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.”

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Una mejor resurrección

No tengo juicio, ni palabras, ni lágrimas;
mi corazón en mí es como una piedra,
demasiado entumecido para miedos o esperanzas.
Mirá a la derecha, mirá a la izquierda, vivo sola;
levanto los ojos pero, empañados por la pena,
no ven las colinas eternas;
mi vida está en la hoja que cae:
oh, Jesús, apurame.

Mi vida es como una hoja descolorida,
mi cosecha es apenas cascarilla:
mi vida está vacía y es breve
y tediosa en el árido anochecer;
mi vida es como una cosa congelada,
ni brotes ni verde puedo ver:
pero habrá de levantarse—la savia de Primavera
oh, Jesús, levantate en mí.

Mi vida es como un cuenco roto,
un cuenco roto que no puede contener
una gota de agua para mi alma
o medicina en el frío penetrante. 
Tirá al fuego la cosa marchita;
derretila y volverla a moldear, hasta que sea
una copa real para Él, mi Rey:
oh, Jesús, tomá de mí.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Después de la muerte

Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido
y un ramo de junco, romero y flores de espino
yacía grueso sobre la cama en la que yazco,
y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra.
Se inclinó sobre mí, pensando que dormía
y no podía oírlo; pero lo oí decir
“Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía
vino un silencio profundo y supe que lloraba.
No tocó la mortaja ni levantó el sudario
que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas,
ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza:
no me amaba viva, pero una vez muerta
me compadecía; y es muy dulce
saber que está todavía tibio mientras estoy fría.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Tierra de sueño

Donde ríos sin sol lloran
sus olas a la profundidad,
ella duerme un sueño encantado:
no la despierten.
Guiada por una estrella única,
vino de muy lejos
a buscar el lugar en que las sombras son
su agradable lote.

Ella dejó la mañana rosa,
dejó los cultivos de maíz,
por un crepúsculo frío y abandonado
y manantiales de agua.
A través del sueño, como a través de un velo,
mira el cielo pálido,
y escucha al ruiseñor
que canta triste.

Descansa, descansa, un descanso perfecto
sobre su pecho y su frente; 
su rostro mira al oeste,
la tierra purpúrea.
No puede ver el grano
madurando en la colina y la llanura;
no puede sentir la lluvia
sobre su mano.

Descansa, descansa para siempre
en una orilla musgosa;
descansa, descansa en el corazón del corazón
hasta que termine el tiempo:
sueño que ningún dolor despertará,
noche que ninguna mañana romperá 
hasta que la alegría se apodere
de su perfecta paz.

Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)


La imagen que acompaña la entrada es un detalle del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.

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Es el eco, dulce: poemas de Mary Wollstonecraft Shelley

La doliente

¡Richmond! Su ira han desahogado durante cien años
en vos, y arruinaron tu amplia muralla,
tu una vez fuerte barbacana y tu salón principesco;
pero ninguna tronadora explosión, ningún ejército hostil ha roto
tu majestuoso torreón— ahí toda almena
y contrafuerte se sostiene, como cuando la llamada del Conquistador
despertó a tu hostil anfitrión, y miró con desaprobación
la escena en que el Swale mezcló salvajemente sus bellezas.
¡Majestuosa mole! Aunque los amigos, como tus paredes listas para la batalla, decaigan,
y las pasiones queridas, como tus señores, se vayan, enseñá esto a mi corazón:
a nunca inclinar mi cabeza ante los vaivenes de la fortuna,
y a desdeñar con tranquilidad los dardos envenenados de la infamia,
y todavía, como vos, sin doblarme, a enfrentar el inconstante día.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante!

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante
como cuando sobre mí derramaba amor, esperanza y alegría!
La parte mortal de quien murió demasiado pronto:
junto a su humilde cama deseo descansar.

Escrito el 10 de setiembre de 1833, apareció por primera vez en el artículo “Newly Uncovered Letters and Poems by Mary Wollstonecraft Shelley”, de Betty T. Bennett, publicado en 1997 en el número 46 del Keats-Shelley Journal

Canción

Cuando ya no esté, esta arpa que suena
profunda, con los tonos de la pasión,
colagará desafinada sobre mi túmulo sepulcral,
con las cuerdas rasgadas.
Entonces, mientras la brisa nocturna cubra
su solitario marco en ruinas,
buscará la música que de antaño vino
a recibir sus murmullos.

Pero vanamente soplarán los vientos de la noche
sobre todas las cuerdas;
muda como la forma que duerme debajo
descansará la rota lira.
¡Oh, memoria! Sé tu unción bendita,
vertida entonces en torno a mi cama,
como un bálsamo que ronda el corazón de la rosa,
cuando su flor ya hace tiempo se ha ido.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

Tributo a vos, querida, consuelo de mi vida

Para Jane [Williams], con el Último Hombre

Tributo a vos, querido consuelo de mi vida.
No rechaces esta tu ofrenda de Mary;
un cuento de dolor, abundante en penas,
homenaje inapropiado, cercado de cipreses, llevo—
es el eco, dulce

Escrito el 23 de enero de 1826, apareció por primera vez en Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938)

La Vida es sueño

La marea del Tiempo estaba a mis pies,
fluía con calma, en parejo movimiento.
Con el corazón alegre mis ojos podían saludar
la llegada del reluciente océano,
hasta que en su completud una tormenta fatal
envolviera en sombras macabras la forma poderosa.

Entonces hacia atrás volvió el reflujo del Tiempo
mientras yo con ansiosos pasos lo perseguía,
y aunque la hora había perdido su mejor momento
e incluso cuando se ensanchaba la leve playa,
pasé bordeando la inconstante y fugaz rompiente.

Hacia atrás y más las aguas rodaron,
más rápido todavía retrocedieron las olas,
y enfriaron, ¡ay!, mis esperanzas,
mientras yo, prestando atención a la promesa trunca,
contemplo la desolada y desierta ribera,
y deambulo triste por la arena estéril.

Escrito el 26 de julio de 1833, fue publicado por Jean de Palacio en 1969


La imagen que acompaña la entrada es un detalle de una ilustración de las ruinas de las abadías de Yorkshire (1883), de William Lefroy.

Tres poemas liminares

Dios

a Diego de Ávila

1

Dios era esa cosa de silencio.
La voz sin movimiento
que abría la noche cada noche pavorosa
ardiendo como un metal
hasta las 3 de la mañana.
Era esa cosa de oscuridad que aceptamos como nuestra,
que apretamos temblando de piedad.

2

Cuando sonaba era la luz tímida
que inicia el incendio.
Cuando abríamos la boca
era la medida de incienso que nos quemaba el contorno de la O.
Cuando teníamos ganas
era el cansancio,
tener el libro
esperándonos en casa.

3

Dios era la espera
era el tedio y el dinero que se carga en cuentas y no vemos
porque es números titilantes
en la pantalla azul.
Era las letras que empiezan a decir,
era el remolino atroz de hojas cuando murmura, hace chispas.
Era la mirada sobre la cosa
y era la forma en que la cosa va armándose sola.

4

Era la casa
la ventana
el aparador con frágiles copas
el cajón de los cubiertos
las sábanas en la cuerda
el lustramuebles
la mesita
el cepillo
la pata de la cama
era el ovillo de medias y papeles
el vapor de la tetera
el calor, de mañana.

5

Sabíamos decir ese nombre porque nos lo habían repetido.
También estaba el miedo de pronunciar todas las vocales
pero al revés
y estaba el miedo
de que un día se mostrara entero
y fuera una parte.

La casa

Era una casa vieja
de jardines amplios y un garage,
sobre la lomadita agapantos. Una casa de veraneo
sobre la calle de la mercería,
que se llamaba Vanitas Vanitatum
y tenía las persianas siempre bajas.
Era la edad en que crece el sapo en la garganta
y podemos decir por fin el apellido entero. Era la hora de la siesta:
bajaban las bicicletas y saltaba el barro a los costados—había llovido
y derrapaban las tardes.
La casa abría humedades para jugar con los pies,
esconderse en el baño en ruinas y ver:
era la edad en que las cosas se van poniendo duras.

Era una casa vieja
pero en esa noche había quedado todo encendido
en la marcha del regreso del campo
que sonaba su discreta música de sueño
con la boca abierta
murmurando oraciones antes de que la callara
el viento o la lluvia de la tarde,
blanca de cenizas.

Nodiós

a Mateo Vidal

Soy mi dolor, el brazo acalambrado, la migraña
soy el esplendor de mi mano cuando recorre una espalda,
la corrupción secreta de la bacteria.
Soy la llama que se enciende sola,
el chisporroteo en el confesionario, la paciencia de lo que queda,
soy el recuerdo (algún instante de un día lejano,
los pies ansiosos, el pliegue suave de una página).
Soy la vacuna y el virus.
Soy ese que mira y ve todo
por la ventana opaca,
que desgrana pasos sobre su infinita complacencia.

El diseño sigue así, reconociendo patrones:
se llena de esta experiencia, de la memoria cruda
y la pone a recorrer un camino de líneas o puntos o arabescos
como humo o agua o piedras sobre la cabeza
y dispara:

Está parado, mirando, como en sueños la noche que espera al día, el síntoma de su vergüenza. Alguien comió la culpa y la puso en sus manos para adorarla. Alguien le dijo que esa cosa blancuzca era plata líquida. Alguien le dijo que podría tener cosas cuando la pusiera en la ranura. Que podría oler esos papeles y sentir algo parecido a la náusea conmovedora de la oración. Que si él daba esos papeles le podían ofrecer una rodaja de algo. Una vieja perfección con nombres y caras amontonadas, rectangulares, coloridas.

Deja el monitor hablar,
lo escucha: es la Madre
y dice cosas importantes, de antiguos soldados muertos, de ciudades en llamas, de lagos de sangre.
Ese ojo que se hacía a sí mismo
entre los cristales
se diluye ahora
en tiempos sin hombre que se estiran,
que reemplazan Ese-Mi-Nombre
y ponen la palabra:

Nadie lo ve, grumo de mujer o planta o la misma barra que separa casos, que pule detalles, que secciona el archivo. No le dijeron cómo era que se llamaba eso y él creció señalándoselo, abstrayendo el resto, siguiendo el cursor para ver la imagen tras el escritorio del Padre, tras la ventana que no era otra cosa que espejo. Que el sonido que hacen cuando caen era un pitido, nada más, que se percibía como números golpeándose contra la baldosa fría. Era el día en que todo entra en cuarentena y se muestra tal cual es: un cable enredado.

Pero el niño podía ser dios o podía ser bestia
porque tenía el pelo atado
a la pata huidiza del caballo, del bicho que todo lo Puede, porque todo lo Infecta.

*

Todavía es posible verlo en su ardor virginal,
en la discreta habitación de Lo inefable:
lenguas azules de fuego plástico
que mueven la primitiva rueda que no se detiene.   


Estos poemas aparecieron por primera vez, con algunas variaciones, en el quinto número de la revista online Insilio. La imagen que los acompaña es un fotograma de A.K. de Chris Marker.

El suicidio de los otros

Si algo no está permitido, entonces el suicidio no está permitido
Ludwig Wittgenstein, Diario filosófico (1914-1916)

1

Está la explicación y esta la sombra delineada en el fondo del aljibe
o de la noche que puso todo en su sitio
o de ese relojito atascado en un minuto de tu pubertad.
Claro, decías,
el que raja el tiro espera que suene suave
que no despierte al gato
o no, o que despierte a todos.
Que abra un poco la carne ya abierta, expurgada, enferma,
que se siembre y se colecte y se levante
vuelto engañifa, vuelto mineral o cobre y cobre
ese último grito ahogado por la arcada que antecede a Venus.

2

Pero teníamos que dar la vuelta al fragmento, torcer el cuello lleno de aire
limpiar los marcos de las puertas porque así nos habían enseñado
los péndulos de soles colgando en las vigas altas, los pájaros del Perdido alertando que es la muerte.

3

Porque había una manera certera de abrir la venita pero quién te enseña a acabarte ahí
con el mundo masticando la grasa.

4

Caíamos abiertos como frutas
para que nos dieran espéculo y sangre en las partes blandas,
para que esta pulpa escamada se volviera agua de azahar o un gesto de mano
que simplemente pusiera fin a la cosa.

5

Cada día había un nuevo suspiro
tapado por los besos lánguidos del resto
de ese polvo blancuzco (casi amarillo)
que se pudo meter bajo las uñas y por la cola
arañar el contorno de los ojos delineados por bocas de botella
y las vueltas en el lápiz afiladísimo de tu insomnio.

6

Pusiste la jarra sobre la mesa limpia como casas o estaciones
y se veían los destellos de la luz, a los viajeros descendiendo y a las mujeres en las ventanitas del agua
con las manos enharinadas, listas para saltar.

7

Puse de a uno los números en el sombrero.
“Son nombres”, te dije y mirabas absorto cómo crecía algo ahí abajo y se ponía rígido, te levantaba el pantalón y te ensuciaba el contorno blando de los muslos.
Yo estaba pronta, pero me di media vuelta para dejar que el sombrero siguiera hablando,
tapándonos los oídos con esas chanchadas que nos ponen así de duros
643
18,55 1/14 100.000
2.

Después boqueaste, pero ya sabías que en la calle se encendían.

8

Sube el efluvio de un cuerpo
puesto patas arriba, esperando los instantes, determinado a esa palanca sucia.
A morirse de olor inflamado,
a delimitarse una línea que siga como un arado la carne, la atraviese,
la infle de gas
y la mueva.

9

No supiste que la restricción era libertad.
Era guardarse para después lo que puedes hacer nunca.
Era la satisfacción de estar picoteando
el cadáver, neutralizando el paso de las piernas en el desfile de moneditas.

10

No contaste que contar era abstraer
y era poner como en un piolín todas las camas para secarlas y definir la necesidad
que sólo puede decirse de ojos apretados.

11

Cuidate, loco,
era así de fácil. Cruzar el arroyo once veces por día, secarse al sol, leer la novelita,
odiar los mosquitos y la miasma, despertarse con los dedos en garra,
y hacer sombras expresionistas hasta que reviente.

12

O era meterse de cuerpo entero ahí
ver todo verde otra vez
saborear la miel que pudimos repartirnos
dejar todo desligarse así, la ropa, el pelo, los brazos
y que la tos lo termine.

*

Hay días en que la amada deja ver su cadáver tras la risa. Que uno puede adivinar el cuerpo adorado despedazado por el tiempo. Uno se despierta y ve. Un destello de oro sucio, como un amanecer con sed y los ojos vacíos, rodeados de niebla; descubrir esos ojos y verlos, detenerse en ellos para descubrir una maldad esencial de agua y de barro. Empezar a dibujar con gesto suficiente, con mano firme pero convulsa, seguir la mancha por el misterio, resolver el misterio a medida en que se presenta, se deja ver por el límite inferior, el horizonte resplandeciente de otro tiempo. El fin de un momento en una mirada secreta, el inmenso líquido de una vista en el río, flotando en el río hacia un mar aplastado de letras. Recorrer el instante ese, perseguir la línea que se detiene cuando se acerca a la perfección, en el color que se destaca a sí mismo como una raya, que llama sobre sí mismo esa atención a eternizarse, a recordar antes de todo, antes de que todo se doble sobre mí y me parta. Sentir en la boca el cruce dulcísimo de la gelatina y los merenguitos. Aplastar con la lengua contra el paladar su azucarada liviandad blanca. Ver más allá el gomero, el alcanfor, el espinillo seco del que cuelga el fierro chillón de las noches sin luna. Ahorcado que pende de la rama, sin martillo que lo temple ni lo vuelva gong para los alaridos de los perros, tras el ocaso y las escapadas, tras el médano solitario, donoso de pasionarias maduras que arden la boca, de flores como espinas, como altares, como coronas frías y distantes, como dioses que engullen el tiempo lento de sus hijos. Como ese gigante perlado de memorias sobre el mundo, sentado en el mundo, habitando y devorando el mundo desde su cueva pecuniaria, desde el lugar secreto del tesoro, rodeado de murciélagos y alacranes, combatiendo por un trozo de carne, de su hambre tersa, inmaculada. Entrar y ver ocho caras atentas, esperando el sacrificio de un perro negro. Leer lentamente, pausada, apasionada ese ensayo sobre la corrupción del cuerpo, sobre el mar como cementerio, sobre el poder obcecado del destino del capital, víctima, yate inmaculado sobre las olas, desafiando la putrefacción, de una vanidad horripilante, de un cuerpo hermoso y resplandeciente sobre la borda, tomando sol, tomando margaritas, tomando recaudo, tomando hembras delicadas sobre la cubierta, hembras heridas de cortes livianos de tijeras de plata, hembras como ciervos. Manejar, darse a la ruta, quemar las llantas en un crepitar de sueños, aplastar el cráneo de un zorrillo muerto, pegotear la sangre por la continuidad hasta el arroyo, cruzar el arroyo, reventar la llanta y seguir. Llamar auxilio, ver los árboles como fantasmas, como remolinos oscuros, como cabezas de goyas, estiradas, pesadillescas, preñadas de sueños y de pensamientos, turbias como basurales o como el final exceso de las lavadoras. Abrir la puerta al sentido de un segundo. Partir en gritos, desplegarse entero en una llama que encienda el palo santo, que arda hasta el poniente sobre el adoquinado distante, sobre el griterío de los cascos de los caballos y las puteadas de los borrachos en plena luz, darle al recuerdo ese frío duro, darle castañas y regalitos de mirra, regalitos atados en moñas elegantes, que derramen su lujo entre el vino dorado, la mano segura de la duquesa de ensueños, del invierno cuajado de horas. Detenerse ahí un instante, en ese momento que eran siglos para el hombre, que era la violencia del calor de afuera, del viento helado del cuerpo, de la blandura inmediata del cuerpo en la lejanía de un corredor que va hacia dentro. Oler el aire, quebrar la antena incorporada al todo de un arrebato ciego, de ir dejando moneditas, de oír las historias, de contar las historias ahuecando la voz, con las pausas de mi abuela, con esa entonación que viene de Escocia o de Austria o de los Altos de la Cuchilla. Y de poner así como en fila la cabeza boba en el horno angustiante, las piedras en los bolsillos, el veneno que se escurre o el vaso de Lucrecia, el tirito ante los cuervos todos en bandada, el Tigre y el licor, la cuerda o la bufanda, las piernas colgantes, el brazo casado de huecos, las sienes vaciadas, las manos duras por el cuchillo, la escopeta, el pasmo, las pastillas cayendo como rubíes, el teléfono sonando, el agua y la sangre y la leche y la droga. El súbito encuentro con el tranvía, con el tren, con el coche, el pañuelo, el cinturón, la navaja, el consuelo de la almohada, de la bañera, de las fragancias prohibidas del auto moderando, del encierro, de la clausura de la voz, de beberse la copa entera, de ponerse encima, de encenderse y dejarlo, de ser fuego, de ser mancha en la acera. De ser mariposa encerrada entre tapas de cuero, dejarse ver, seca y eterna, de colores intactos. Ser hojas entre hojas y palabras, ser promesa o memoria. De ese modo desfilar intacto un momento en calles que no saben cosas, que persiguen el recuerdo inapresable del milico abierto en dos, de la callejera desabrigada, de la parturienta en prisas, del papelito discreto que se da sin ver. De alejarse, de irse en olores de fritangas y empanadas, de humo y lluvia sobre el asfalto. De ponerse en la boca el cigarrillo, inspirar, inspirar esa partitura indolente que se deje ver, que se muestre en el paso discreto de la motocicleta sobre el charco, el grito en el semáforo, los brazos en jarras, la rosa en su nido, la serpiente contra el pecho, el pincel buscando tintas y clamores, la vida imitando su desnudez azul, todo pendiendo por fin en las cuchilladas y en las puertas. Todo pronto para abrir: para escribir. Pretender ver un ángel, ver el cadáver de un ángel, sus plumas sobre la almohada, descansando, en pose de espera o de rendir tributo a la estatua, la fría nieve en la espalda, el cielo mojado, arriba, la voz secreta, titánica de los blandengues muertos, asomados a un foso, del foso hablando para no decir las cosas ciertas, llenándolo todo del líquido de nuestro entendimiento. Ah, y los niños. Seguir el impulso de esos niños, de esos niños de manos vacías, ansiosos de cachetes colorados. Seguir esa negación, perseguir el cero sobre todas las palabras, buscarlo en un minuto que detenga ahí.


La imagen que acompaña estos poemas es una reproducción de Sunrise with Sea Monsters de J. M. W. Turner.

No habrá nada en el fin: poemas de W. B. Yeats, Robert Bringhurst y Atwood

“Voz de Sabueso”, de W. B. Yeats

Porque amamos las áridas colinas y los árboles retorcidos
y fuimos los últimos en elegir la tierra de asentamiento,
sentimos tedio del escritorio o de la espada, por vivir
tantos años acompañados por un perro[1],
nuestras voces perduran; y, aunque limitados por el sueño,
algunos pocos despiertan a medias y a medias renuevan su decisión
de exclamar[2], de proclamar su nombre secreto– “Voz de Sabueso.”

Las mujeres que he elegido hablaban dulce y bajo
y sin embargo exclamaban. Eran todas “Voces de Sabueso”.
Nos elegimos desde lejos y sabiendo
qué hora del terror viene a juzgar el alma,
y en nombre de ese terror obedecimos la llamada,
y comprendimos lo que nadie ha comprendido,
esas imágenes que despiertan en la sangre.
Un día nos despertaremos antes del amanecer
y encontraremos nuestros antiguos perros ante la puerta,
y bien despiertos sabremos que la cacería ha comenzado;
tropezando con el rastro oscuro de sangre una vez más,
y luego a la matanza cerca de la costa;
y luego a limpiar y vendar las heridas
y cantar la victoria rodeados por los sabuesos.

Publicado el 10 de diciembre de 1938 en The Nation

“No habrá nada en el fin”, de Robert Bringhurst

No habrá nada en el fin
y eso es todo
lo que alguna vez hubo y habrá.

Pero lo-que-es es a veces
tan resonante y claro
como nada podrá ya ser.

El filósofo de la música
le dice al músico de las ideas
que lo que ha sido

no puede no haber sido.
Lo-que-es será lo que ha sido
pronto, y entonces

su haber sido cantará
su canción silenciosa siempre y cuando
nadie esté oyendo.

Incluido en Everywhere Being is Dancing (2009)

Porque amamos las áridas colinas y los árboles retorcidos“, de Margaret Atwood

Porque amamos las áridas colinas y los árboles retorcidos
nos dirigimos al norte cuando podemos
más allá de la taiga, la tundra, la costa rocosa, el hielo.

¿De dónde viene este olor escaso,
nuestro? ¿Por cuánto tiempo
vagamos en este páramo[3], aprendiendo de memoria
todo lo que solíamos saber:
poner el pelo de las pieles del lado de adentro,
aliarnos a los lobos, comer grasa, odiar el derroche,
esculpir el espíritu, respetar la nieve
hacer y preservar el fuego?

Todo lo que una vez tuvo un alma
incluso esta almeja, este guijarro.
Cada uno tenía un nombre secreto.
Todo oía.
Todo era real,
pero no siempre amable.
Debías cuidarte.
Anhelamos volver ahí,
o nos gustaría sentir, al menos,
cuando no hace demasiado frío.
Anhelamos prestar esa atención.
Pero hemos perdido la astucia;
y además la música es otra.
Todo lo que oímos en el canto del viento en el llano
es el viento.

Publicado el 9 de setiembre de 2015 en  The Irish Times


Notas

[1] He decidido traducir “hound” alternativamente como “perro” y “sabueso”. En español “sabueso” es muy específico, pero “perro”, tan general, no remite a “perro de caza”.
[2] Yeats usa la construcción “give tongue”, de muy difícil traducción. Puede ser interpretada como decir en voz alta pero también hablar fuerte e, incluso, violentamente. Otro uso, con el que sin duda juega el autor, es referido a la caza; se dice que los sabuesos “give tongue” cuando ladran al perseguir a la presa.
[3] Traduzco así el neologismo de Atwood “hardscape”, que une “hard” (duro, difícil) con “scape”, que suena similar a “escape” (huida) y a la vez lo hace coincidir fonéticamente con “landscape” (paisaje).

La imagen que acompaña la entrada es una fotografía de Fergus Bourke.