Los espejos

La mirada sobre las cosas
la casa amplia y hueca,
un torbellino, una llamarada, el retroceso de los talones
hasta la noche.

*

Está todo quieto
las blancas formas de la oscuridad
reposan en suspenso, conteniendo su respiración de polvo
y humedad. Respira
la madrugada silenciosa,
y hay un olor certero, almizclado
en el aire, denso de sueños.
La enfermedad duerme tranquila,
entre las sábanas azules
revuelta como una dura rama inmóvil,
pidiendo, abriéndose paso entre el frío.

*

Escucho el dulce eco
del lavarropas cuando centrifuga
su aguda precisión de impulsos y señales
la estática, el revuelto entusiasmo
de la caja negra, compacta, erizada de nombres,
hablando, desde el desagüe del baño,
su lenta lengua de espuma y pelusas.

*

Ni se reconoce en un espejo
puesto por Lacan

Roberto Appratto

Quisiera recuperar el espejo grande
que dejé en mi casa materna.

Miento: no había ahí un espejo grande que cubriera
una pared completa
o fuera, al menos,
del piso al techo
o, como en el cuarto que fue de Camila, me triplicara.

¿Y qué fue de todo aquello
que bastaba para reflejarme:
agua de un pozo o chocolatada,
la superficie azul de la máquina cuando se mueve?

Hubo un tiempo en el que yo podía hablar, sí,
y había alguien ahí, más allá de esa niebla,
abriendo la boca haciendo gestos soltando palabras y señales:

muchas respuestas que yo sabía tomar con la mano.


Acompaña la entrada un fotograma de Deux ou trois choses que je sais d’elle (1966), de Jean-Luc Godard.

Arbres/árboles

Se va construyendo, una escena a partir de nada. El resto de algo que quedó ahí, en la orilla de la cama fría. Como al borde del sueño, cerca de donde reposo. Empieza entonces, se abre paso por el frío de la mañana y escucha voces que no entiende. En marroquí, en ucraniano, en alemán. Caen rodando por las calles adoquinadas, el viejo bar de monedas, el puestito de wafles, el baño público. Todo puesto para atraer, para llamarlo al momento de su encarnación. Es la Navidad, pero podría ser la nada. No se hacen ya cielos como este, días así de brillantes, como ojos de pájaros. Entonces empieza el ritmo a colarse por el hueco que deja la mano, el hueco de sombra de un suspiro. De la espera, el vapor en la boca. Para el metro, subimos, sigue. Para el metro, bajamos, sigue. Étoile, Rivoli, Saint-Paul. No sé: es lo mismo. La misma calle, un mapa que está todo dentro de la cabeza cuando reposo. Se abre de dentro, busca algo, asirme, pegarme.

Empiezo:
sigo poniendo dudas sobre tu espalda doblada,
curvada hacia adelante. Tu espalda que sostenías con una mano,
para no rabiar de dolor.

Eso:
y se abre la calle al sonido. El golpe de las nubes oscuras, cargadas de nieve,
las vueltas del árbol, del bosque.

Porque todo comenzó con un árbol. Con un plátano como los de Montevideo, mi casa. Un plátano grande en medio de otros árboles, de troncos finos como pestañas. Y el árbol ese, en el parque de la Legión de Honor, abierto a otras cosas.

Por algún lado hay que empezar a decir


Acompaña la entrada un detalle de la ilustración Gespenst über den Bäumen (1931), de Franz Sedlacek.

Los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir: poemas de Oscar Wilde

Fragmento de “Cármides”

Y se lamentó Venus: “Es la pérfida Artemisa
cuya mano amarga ha forjado esta crueldad,
o esa poderosa doncella cuyo deber es
guardar su fuerte e inoxidable majestad
sobre la colina ateniense: ¡Ay!
Que los que amaron sin ser correspondidos a la casa de la Muerte deben ir.”

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “La esfinge”

Cantame sobre la doncella judía que anduvo perdida
con el Santo Niño,
y cómo los guiaste a través del yermo y
cómo durmieron bajo tu sombra.

Publicado en 1894

Fragmento de “La nueva Helena”

¿Dónde estuvieron desde que alrededor de los muros de Troya
los hijos de Dios lucharon en esa grande empresa?
¿Por qué no pisaron nuestra tierra otra vez?
¿Se olvidaron de ese apasionado muchacho,
su galera púrpura y su ejército tirio
y de los burlones ojos de la traicionera Afrodita?

Publicado en Poems (1881)

Fragmento de “Ravena”

¡Adiós, Ravena! Hace apenas un año
me detuve y miré brillar el atardecer carmesí
desde la solitaria capilla en tu llanura pantanosa:
el cielo era como un escudo oxidado
por la sangre y la batalla del agonizante sol,
y en el oeste las circundantes nubes tejían
una toga real, que algún gran Dios podría usar,
mientras en los mares oceánicos de aire púrpura
se hundía la vieja galera del Señor de la Luz.

Publicado en 1878


Acompaña la entrada un fragmento de Nature morte avec des attributs des Arts (1766), de Jean-Baptiste Siméon Chardin.

Cierro mi puerta tras de mí: poemas de Christina Rossetti

Desearía poder recordar aquél primer día
Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará?

1864

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.

Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.

Cierro mi puerta tras de mí,
y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará
mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?

¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.

¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!

Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.

Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.

Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.

Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Los tres enemigos

La carne
“Querida, estás pálida.”
“Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.”
“Querida, estás triste.”
“Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios”
“Querida, estás cansada.”
“No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.”
“Querida, tus pies están doloridos.”
“Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.”
El mundo
“Querida, sos joven.”
“También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.”
“Mirá, sos hermosa.”
“Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.”
“Y tenés riquezas.”
“El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.”
“Y la vida es dulce.”
“No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.”
El Demonio
“Bebés profundamente.”
“Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?”
“Ganarás la Gloria.”
“En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.”
“Tendrás el Conocimiento.”
“¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.”
“Y Poder.”—
“Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.”

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Una mejor resurrección

No tengo juicio, ni palabras, ni lágrimas;
mi corazón en mí es como una piedra,
demasiado entumecido para miedos o esperanzas.
Mirá a la derecha, mirá a la izquierda, vivo sola;
levanto los ojos pero, empañados por la pena,
no ven las colinas eternas;
mi vida está en la hoja que cae:
oh, Jesús, apurame.

Mi vida es como una hoja descolorida,
mi cosecha es apenas cascarilla:
mi vida está vacía y es breve
y tediosa en el árido anochecer;
mi vida es como una cosa congelada,
ni brotes ni verde puedo ver:
pero habrá de levantarse—la savia de Primavera
oh, Jesús, levantate en mí.

Mi vida es como un cuenco roto,
un cuenco roto que no puede contener
una gota de agua para mi alma
o medicina en el frío penetrante. 
Tirá al fuego la cosa marchita;
derretila y volverla a moldear, hasta que sea
una copa real para Él, mi Rey:
oh, Jesús, tomá de mí.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Después de la muerte

Las cortinas estaban a medio cerrar, el piso barrido
y un ramo de junco, romero y flores de espino
yacía grueso sobre la cama en la que yazco,
y a través del enrejado reptaban sombras de la hiedra.
Se inclinó sobre mí, pensando que dormía
y no podía oírlo; pero lo oí decir
“Pobre niña, pobre niña”: y cuando se volvía
vino un silencio profundo y supe que lloraba.
No tocó la mortaja ni levantó el sudario
que cubría mi cara, no tomó mis manos en las suyas,
ni sacudió las suaves almohadas para mi cabeza:
no me amaba viva, pero una vez muerta
me compadecía; y es muy dulce
saber que está todavía tibio mientras estoy fría.

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)

Tierra de sueño

Donde ríos sin sol lloran
sus olas a la profundidad,
ella duerme un sueño encantado:
no la despierten.
Guiada por una estrella única,
vino de muy lejos
a buscar el lugar en que las sombras son
su agradable lote.

Ella dejó la mañana rosa,
dejó los cultivos de maíz,
por un crepúsculo frío y abandonado
y manantiales de agua.
A través del sueño, como a través de un velo,
mira el cielo pálido,
y escucha al ruiseñor
que canta triste.

Descansa, descansa, un descanso perfecto
sobre su pecho y su frente; 
su rostro mira al oeste,
la tierra purpúrea.
No puede ver el grano
madurando en la colina y la llanura;
no puede sentir la lluvia
sobre su mano.

Descansa, descansa para siempre
en una orilla musgosa;
descansa, descansa en el corazón del corazón
hasta que termine el tiempo:
sueño que ningún dolor despertará,
noche que ninguna mañana romperá 
hasta que la alegría se apodere
de su perfecta paz.

Publicado en 1849 en el periódico The Germ y en Goblin Market and Other Poems (1862)


La imagen que acompaña la entrada es un detalle del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.

Gauchos: sobre algunos fragmentos de Hudson, Darwin y Supervielle

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Es famoso el capítulo de The Purple Land, de W. H. Hudson, en el que Richard Lamb participa de una ronda de historias a la luz del fogón con un grupo de gauchos que cuentan encuentros con el diablo y apariciones, pero se enojan cuando él les habla del Palacio de Cristal, que considera uno que se llama Lechuza califica de cuento, contra sus “experiencias reales”.

A los ojos de los visitantes, muchas veces los gauchos parecen decir cosas disparatas, dignas de un personaje de Alice in Wonderland, pero con absoluta seriedad. Otro caso se encuentra en A Naturalist’s Voyage Round the World, el diario de Charles Darwin. En efecto, el 26 de noviembre de 1833, el científico inglés anota:

En Mercedes le pregunté a dos hombres por qué no trabajaban. Uno me dijo muy seriamente que los días eran demasiado largos; el otro que era…

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Usted teme morir: un fragmento de las memorias de Jules Supervielle

Pequeño diálogo

El psiquiatra. —Usted teme morir. Por eso le voy a decir y repetir, yo que soy especialista en el tema, que en nuestros días uno ya no muere de enfermedad. La medicina, la farmacología, la higiene física y mental se han aliado de tal manera que la muerte no es más que un recuerdo e interviene cada vez menos en los asuntos humanos.

El enfermo. (con timidez) —Sin embargo, si creemos en las estadísticas y la tierra removida de los cementerios y la prosperidad de las casas de pompas fúnebres…

El psiquiatra. —¡Y usted cree todavía en las pompas fúnebres en pleno siglo XX! ¡Usted, un poeta moderno, cree en los caballos con penachos negros con su trotecito ridículo y en esos hombres de la bolsa que son los hombres de las funerarias! Y en cuanto a los cementerios, ¡permita que me ría! No hay en ellos más que cráneos viejos, algunos pares de tibias prehistóricas, residuos de antes de las vitaminas y las hormonas. Nada de eso tiene sentido en nuestros días.

El enfermo.  —Sin embargo, creo que ayer mismo vi pasar un cortejo fúnebre.

El psiquiatra. —¡Cree haber visto! Es lo que yo digo. En fin, siga mi consejo: cuando crea ver pasar eso que usted llama un cortejo fúnebre, dígase a usted mismo que no es nada y mire para otro lado.

El enfermo.  —Por mi parte, yo los saludo, siempre se me dijo que era lo más educado.

El psiquiatra. —¡Los saluda! Ya le decía yo que usted siente por estas visiones un placer mórbido. ¡Levanta el sombrero! ¿Qué quiere que le diga?

El enfermo.  —No diga nada, que ya me voy.


Fragmento de Boire à la source (1951), de Jules Supervielle, acompañado por un detalle del cuadro De keisnijding, atribuido a Jheronimus Bosch (c. 1475)