Desplazamiento

El perro del recuerdo
daba la vuelta fantasmal en mi regazo,
como una sombra encadenada
a mi pecho, casa de otros.
Era una voz delicada, el lamento que no vimos pasar
volando como una paloma
hasta el próximo bicho desparramado
adoquín de vísceras
abierto como una mano que tapa el sol.

Suena ahí, cerca,
el estallido y caen, de tordos y hojas,
las pelusas del plátano en lluvia de oro
sobre el vocerío y las huellas
en el barro de otra lluvia.
Y todo parece hacerse frente a mí,
como el instante
abriéndose en el rosado del cielo
rompiendo la franja más oscura
en la que habitan los barcos,
monstruos marinos disparados,
por la lenta gravedad, al otro lado, orilla impávida.

Yo quería poner todo en un espacio limitado
el pozo este frente a mí, cubierto de palos y coquitos
de eucaliptus y de pasto.
¿Cómo se abren así en la tierra seca,
esperan qué?
Bocas, puertas a dónde,
cómo se abren así en la tierra fresca
y guardan plumas y boletos,
marcas del trasiego misterioso
de los números que se cargan y descargan
en el cubito que expende cosas,
marca de un tiempo y el espacio recorrido por esa voz
desde que suspira por un sitio
y deja caer gracias,
como monedas.

Y era un fuego absurdo,
la velocidad del metal.
Las ganas en el pecho
el desembarco de algo maravilloso, nocturno,
mojado como una hoja
rocío y cielo,
todo para nosotros.

Podía verte recortada, la espalda
tomada del sol,
el espejo del día, deslumbrante como una pantalla,
crispado de latidos
y decirte cosas pero de forma sencilla, que esas rocas
que arman círculos
esperen mis suelas ansiosas,
el atardecer en voces que vienen de otra parte.

Todavía quería decir
el sol es el mismo aquí y en Parque Rodó
aunque en la noche,
cuando se enciende un contorno del avión y refleja velocidad y ruido
vi todo eso y no era cierto.

Entonces no era para escribir cosas nuevas
ni para abrirse como una caja de postres
o una botella
la media baguette
mordida
desde ayer.

¿Era para dejar una piedra sobre la tierra que no pisaron
los pies hacia delante, que no tocaron
sus manos frías?
Poder nombrarte completa, contenida en esas letras sobre el agua,
un grito lejano perforando el amanecer,
y ahí sí
ser lo mismo.

Montevideo—Saint-Denis, septiembre de 2018


El poema forma parte de una sección del libro inédito Cuaderno de verano (2017-2018). Acompaña la entrada un fotograma de Agatha et les lectures illimitées, de Marguerite Duras (1981).

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Yo fui una de esas: poemas de Louise Glück, Anne Sexton y Margaret Atwood

“Día de todos los santos”, de Louise Glück

Incluso ahora este paisaje se está ensamblando.
Las colinas se oscurecen. Los bueyes
duermen en su yugo azul,
los campos
ya pelados a cero, las gavillas
atadas y apiladas al costado del camino,
entre cincoenramas, mientras sale la dentada luna:

Esta es la esterilidad
de la cosecha o la peste.
Y la esposa se inclina sobre la ventana
con su mano extendida, como pagando,
y las semillas
claras, doradas, llaman
Vení
Vení, pequeña

Y el alma sale del árbol a hurtadillas.

De The House on Marshland (1975)

“Una de esas”, de Anne Sexton

Salí al mundo, bruja poseída
hechizando el aire negro, más valiente en la noche;
soñando el mal, di vueltas sin rumbo
sobre las casas bajas, de luz en luz:
una cosa solitaria, con doce dedos, fuera de quicio.
Una mujer así no es realmente una mujer.
Yo fui una de esas.

Encontré las cálidas cuevas en el bosque,
las llené de cacerolas, tallas, estantes,
roperos, sedas, bienes innumerables;
le preparé la comida a los gusanos y a los elfos;
quejándome, volviendo a arreglar lo desalineado.
Una mujer así es incomprendida.
Yo fui una de esas.

Anduve en tu carreta, conductor,
saludé con mis brazos desnudos a los pueblos al pasar
y aprendí las últimas rutas brillantes, superviviente
de tus llamas, que aún muerden mi muslo
y de mis costillas que se quiebran bajo el torno de tus ruedas.
Una mujer así no teme morir.
Yo fui una de esas.

De To Bedlam and Part Way Back (1960)

“Películas de hombres lobo”, de Margaret Atwood

Hombres que se imaginan cubiertos de pelo y con colmillos
saliéndoles de la boca, ¿por qué lo hacen? Merodeando entre mojados
troncos de árboles lunáticos, en cuatro patas, olfateando
el suelo cubierto de hojas húmedas, o abriéndose paso
entre las zarzas, los brazos colgantes como piyamas
demasiado grandes, cubiertos de pelo, las narices y los labios
vueltos a meter en sus caras, nada queda de sus amables
sonrisas, solo ojos amarillos y un hocico. Esto les da
placer, piensan que serían
más animales. Podrían entonces gruñir libres y atacar
mujeres con las compras, abriendo
sus puertas con las llaves. La libertad sería
tobillos desnudos, el estruendo al hacer jirones goma, tela,
lo que sea. Volver a lo básico. Pelen, les dicen
a las strippers, y quieren decir: sáquense la piel.
Un trago de carne
comida de perro, orejas en el bowl. Pero
ningún animal hace eso: encontrar pareja y matarla,
o matarla antes: romper su huevo, su futuro.
Ningún animal se come la garganta de su compañera, excepto
las arañas y algunos insectos, cuando es el proteico
macho el engullido. ¿Por qué tienen ese sueño, entonces?
¿Coquetería para hombres, la última alternativa
a ser abogados? O una
rebelión contra la muda
resistencia de los objetos: reproche de la
funda de almohada repleta de almohada, del cubre-
tetera hinchado por su vasija
caliente, no suave como parece sino duro
como se siente, redondas barrigas de cuerdas
guardadas en el cajón de arriba, que los exasperan.
Qué alegría acabar con la tiranía
del pomo de la puerta, hundir tus dientes
en el acolchado inerte y desafiante, con sábanas
queensize de motivos florales a juego, y escucharla
gritar. Rendirse.

De Selected Poems II: 1976–1986 (1987)

“Actualización sobre los hombres lobo”, de Margaret Atwood

En los viejos tiempos, todos los hombres lobo eran machos.
Se abrían desde sus bluejeans
y desde sus propias pieles partidas,
se exhibían en parques,
aullaban a la luna.
Esas cosas que hacen los chicos de las fraternidades.

Fueron demasiado lejos con el tirón de pelo—
les gruñeron a las rosadas y huidizas
hembras, que gritaron Wee wee
wee hasta llegar al hueso.
Mierda, si sólo era un poco de flirteo y
sentido del humor canino:
¡Miren a Jane correr!

Pero ahora es diferente:
no se limita a un género.
Es una amenaza global.

Mujeres de piernas largas hacen sprint por los barrancos
con calentadores peludos, una manada de modelos
pervertidas en atuendos sado-franceses de Vogue
y memorias de corto plazo aerografeadas,
que tienden al alboroto sin condenas.

¡Miren sus garras delineadas de rojo!
¡Miren sus ojos que rechinan!
¡Miren la gasa iluminada por detrás
de los halos subversivos de su luna llena!
Toda peluda, esta bella dama,
y no es un sweater.

¡Oh, libertad, libertad y poder!
cantan mientras cruzan los puentes a zancadas,
vagabundas a su aire, cortando gargantas
en senderos, enfureciendo a los bolsistas.

Mañana volverán
vestidas de negro,
con su puesto de gerencia intermedio y sus Jimmy Choo,
con horarios de los que no pueden hacerse cargo
y sangre de primeras citas en las escaleras.
Harán algunas llamadas: Chau.
No sos vos, yo yo. No puedo decir por qué.
Soñarán que les salgan colas
en reuniones de ventas,
justo durante los audiovisuales.
Tendrán resacas adictivas
y las uñas arruinadas.

Publicado en la edición de octubre de 2018 de la revista Freeman’s


Acompaña la entrada un detalle del dibujo “Wuthering Heights Today” (1956), de Sylvia Plath.

Álbum de sueños, 3

La ventana escucha el murmullo de sus voces
ronroneo de autos y gritos plenos, metálicos;
todo sabe, si todo está atento
al aleteo de los pájaros sobre la pizarra del cielo
las gotas temblorosas.

Había que verlo pasar
con su propia cabeza en las manos,
hasta abrir una fuente.
Había que sentir el llamado, la tela suave deslizarse como una serpiente
esa música extraña
que lentamente comunica,
el torpe repiquetear de mi propia voz balbuceando en lenguas,
de acá a allá, lejos de mi madre, lejos de los libros que dejé en casa,
lejos del suspiro que sube como un espasmo desde el río
y todavía dice cosas,
voces no calladas por la muerte
que devuelven nuestras inmundicias a la costa cada febrero.

Y todavía hay algo nocturno y frío,
una nueva especie de soledad que respira.
El descubrimiento bajo el manto celoso del mundo,
de la boca cubierta de mordidas,
sangrando sobre cemento y tierra,
cuando la hora se abandona.

Esa voz llega hasta mí como un secreto
el imperturbable misterio de otro siglo,
el crepitar nocturno del fuego,
el papel y la pluma,
el golpe sobre la piel tendida.
Es un sonido a la vez reconocible y nuevo,
prendido a otros ritmos lentos, ecos rugosos de rinoceronte,
el suave restallar de la frambuesa en la boca,
el sol abriéndose paso por entre el agua,
campo de concreto y metal,
hasta nuestras caras entregadas a su brasa.

Hay niños abajo, doblando la esquina, persiguiéndose,
con remeras de fútbol o hermosas camisas multicolores,
se sueltan de sus padres, la mano arrojada como un hueso,
la suave luz que transparentan las uñas,
el brillo de la piel tersa, los ojos con lunas, el reflejo espléndido de los artefactos
—luz y ruido.

Entonces se abre como una palma
el campanario y llama a algo
y no respondemos. Hay sol y la mañana se expande y multiplica,
en el silencio o la música,
en el rasguño de las motocicletas en el bulevar.

Y nada espero, sólo al día que se exprese.


El poema forma parte de una sección del libro inédito Cuaderno de verano (2017-2018). La imagen que acompaña la entrada es un detalle de la decapitación de Saint Denis.

Es en vano querer vivir todavía: poemas de Jules Supervielle

Los animales invisibles

El perro

Tú, siempre rodeado de animales invisibles:
aquí está el perro que te ha visto en otros climas
y te lame la mano como en Sudamérica:
“Te equivocás, buen perro, esos tiempos han pasado,
y es en vano querer vivir todavía”.

Los que siguen

La cabra sigue al caballo
y el perro lobo sigue a la cabra.
El poeta en su sombra
lleva cabra, can, caballo
y dos o tres animales
que no tienen nombre todavía
y esperan, para tomar forma,
que sople un viento favorable.

Los peces

Memoria de los peces en los arroyos profundos,
qué puedo hacer yo aquí de sus lentos recuerdos,
no sé de ustedes más que un poco de espuma y de sombra
y que un día, como yo, tendrán que morir.

Entonces ¿a qué vienen a interrogar mis sueños
como si yo pudiera ayudarlos?
Vayan al mar, déjenme sobre mi tierra seca,
no estamos hechos para mezclar nuestros días.

 La antílope

La antílope tiene la cabeza tan fina
en el día luminoso que se demora
que lleva cielo en sus cuernos
y de lejos las fieras la miran.
El león, el primero, se asusta,
desaparece en el vellón de los bosques,
la antílope está bien protegida
por la porción de maravilla en su cabeza,
avanza y más de uno la quiere ver:
los pájaros de la noche, avergonzados de día,
huyen de pronto hacia sus densas tinieblas;
la serpiente que muerde a los niños
se amarga por no ser más que una serpiente;
la antílope avanza hacia el tigre
lo tranquiliza y le devuelve el equilibrio
después, huyendo de fáciles victorias,
elige al aire para que lleve sus pasos.

La ciudad de los animales

Se abre la puerta, entra una cierva,
pero eso sucede muy lejos:
no nos acerquemos a esta tierra,
evitemos un sol elusivo.

Es la ciudad de los animales
a la que los humanos casi no entran.
Garras de tigre, cerdas de chancho
brillan en la sombra, deliberando.

No intentemos entrar
nosotros que escondemos más de una bestia,
peces, iguanas, halcones,
que quisieran mostrar la cabeza.

Saldríamos arrastrando
un aire atigrado, una aleta
o la trompa de un elefante
que nos pediría para beber.

Nuestra alma nos sería arrebatada
y la gentileza de nuestros cuerpos
debería, toda nuestra vida,
lamentar en nosotros un hombre muerto.

Sección del libro Les Amis inconnus (1934)


Los poemas, traducidos como ejercicios en mis cursos de francés, fueron ya publicados en otro sitio. La imagen que acompaña la entrada es el detalle de uno de los collages de Max Ernst que forman parte de su novela en imágenes Une semaine de bonté (1934).

Intermedio

Comíamos como feroces
la lenta pasta que mi abuela nos había dejado.
Me desperté a las 6:30
y me puse a cocinar, casi hasta ahora. Me acosté para descansar,
prendí la tele y vi esas cosas: tiros y una mujer
que lloraba en el plató
con los ojos manchados. Había un animal salvaje, oscuro, de pelos erizados y mirada asesina
en otro canal.

*

Pude oír los ruidos que llenaron
la habitación de estruendo
que entraban y salían pasos, puertas, golpes, cosas que caen en la casa de al lado.
Y mientras tanto,
esta voz de mujer que entra, como una pequeña muestra
de la voz secreta,
de perro, enterrada en el pecho,
ese suspiro en la selva,
que nadie oye y furiosamente despierta a los pájaros.

Camila me mira, desde la silla
y entiende desde antes,
todo lo de bueno que hay ahí.

*

Pasan lentos tickets, boletas sucias, recibos y cheques al portador,
un pesado sueño de metales
que revienta todo abajo,
es fricción.

Y la cama hierve, entonces, cuando caen los números
rojos, calientes, apesadumbrados.

*

Una cosa es sentirlo todo, la música y esas bocas
que se mueven en la pantalla, tan seductoramente,
y otra cosa es verlo:
tal se ven las palabras
golpeando como gotas la chapa
grosera del libro.

*

Me dejé llevar por ese murmullo que se oye desde el periódico
cuando se lo arruga para encenderlo.

Me dejé llevar por el hielo que cae en el vaso y por el dedo
que lo gira lentamente.

Me dejé llevar por la mancha que repetía crítico
con los ojos entornados,
negra sobre blanco, sobre amarillo, sobre nada,
la piel, el graznido brutal que abre los cielos,
para que todo funcione:
para que la carne quede tierna y la sal sea hermosa y blanca
y las piernas sepan levantarse y acercar sillas a la mesa.

*

La pasta de los días—
una sustancia delicada, inalterable, seca.
Se extiende sobre la tabla
como la línea de pintura, con la espátula,
como si fuéramos expertos,
como si nos dedicásemos a esto.

*

Todo escucha, siente, se suspende y cierra,
como un estuche.
Oís el clic lejos, el golpeteo, la mano que cierra tibias canillas,
ahí viene y esperás
la llegada de la pesadez.
Se abre como una cama.

*

Nos quedaremos leyéndonos a nosotros mismos
entre páginas sueltas, arremolinadas,
como en sequía.
De pocas cosas parecen venir los ocasos, de cosas elementales (una
copa, una lámpara, un estilete),
ahí se dan a nacer, entre el vidrio y el acero,
con voluptuosidades de humo.

*

Cuando por la noche salgo a sacar la basura
oigo una voz, distante

Soy el hijo único

y arrastro lo poco que llevo: había dejado fruta madurando en la heladera,
las moscas y los gusanos—


La serie de poemas forma parte del libro inédito Cuaderno de verano (2017-2018). La imagen que acompaña la entrada es un fotograma de Il Decameron (1971), de Pier Paolo Pasolini.

Hienden la penumbra de mis sueños: un poema de James Joyce

Oigo un ejército

Oigo un ejército cargando sobre la tierra,
Y el trueno de caballos lanzados; con espuma hasta las rodillas,
Arrogantes, de negras armaduras, tras ellos se yerguen,
Despreciando las riendas, con ondulantes látigos, los aurigas.

Gritan a la noche sus nombres de batalla:
Gimo en sueños cuando oigo a lo lejos su risa arremolinada.
Hienden la penumbra de mis sueños, una llama enceguecedora
Retumba, retumba sobre el corazón como sobre un yunque.

Vienen sacudiendo triunfantes su largo, verde cabello:
Salen del mar y corren gritando por la playa.
Mi corazón, ¿no tienes sabiduría acaso para desesperar?
Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué me has dejado solo?

Publicado originalmente en Chamber Music (1907)


Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraba este de James Joyce, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes.
La imagen que acompaña la entrada es un detalle del tapiz de Bayeux (1082-1096).

 

Epístola a Edipod


pop is experienced not as something which could have impacts upon public space, but as a retreat into private Oedlpod consumer bliss, a walling up against the social.

Mark Fisher, “Reflexive impotence

1.

Pude tenerla en mis manos
sentirla en toda su suavidad
dejarme vencer.

Pude decirle cosas para que creyera
que el tiempo era cosa nuestra,
que todo el tiempo estaría esperándola para comerla.

2.

En medio del estacionamiento, tembloroso de electricidades
la boca abierta, Edipod
tiene el coso apretado en el puño—
cobre y grasa.

3.

En el viaje
la sacudida del viento de neutrinos te revolvía el pelo
y éramos esa perfección dorada que arde entre las piernas
cuando sube y baja el interruptor.

4.

No era sencillo hablarte, Yo-Edipod
sin cruzar palabras, mientras era el día

mientras decíamos “cinco minutos y vuelvo” o no
porque era todo lo que teníamos,
este puestito
de sellos, de firmas en el aire, de llenar cajas blancas de siluetas y sombras,
de las hojas escupidas lejos— oí, Yo-Edipod,
cómo caen de miel las fojas sobre el escritorio lejos, en la Sala de Impresión,
toda rótulos y pulsaciones
luces que titilan
al borde de la cama perversa, del cubo de luz que te pone entendido
aferrado al rulo de un cordel que suena y para
estable sólo entre el minuto
cuando llega la voz
y el minuto en que la voz se va y dispersa el mandato:

parate
cruzá la puerta de los colgados
oí la voz narcótica y dame una de esas que se quiebran con la uña
que pongo bajo la lengua,
bajo el idioma. 

Porque en la repetición, sabías, estaba la sombra de un beso, Edipod,
con los dedos mordidos,
con esas madrugadas de reflejos, de trabajo/no-trabajo que es el tiempo
que decimos el tiempo
a esa pasta atravesada
de vociferantes, de perros puestos en fila,
de hombres doblados como sillas
en la arena
así, viendo que se va
y qué viene.

5.

Si no lo esperás
si lo esperás y sabés y querés que venga y te llene de eso como yo,
como esta ansia de ver ver
y de tener sujeto algo que se equipare a esa intensidad
que palpite igual
que se sienta como la realidad.


La imagen que acompaña estos poemas es detalle de Oedipus and the Sphinx (after Ingres) de Francis Bacon.