Epístola a Edipod


pop is experienced not as something which could have impacts upon public space, but as a retreat into private Oedlpod consumer bliss, a walling up against the social.

Mark Fisher, “Reflexive impotence

1.

Pude tenerla en mis manos
sentirla en toda su suavidad
dejarme vencer.

Pude decirle cosas para que creyera
que el tiempo era cosa nuestra,
que todo el tiempo estaría esperándola para comerla.

2.

En medio del estacionamiento, tembloroso de electricidades
la boca abierta, Edipod
tiene el coso apretado en el puño—
cobre y grasa.

3.

En el viaje
la sacudida del viento de neutrinos te revolvía el pelo
y éramos esa perfección dorada que arde entre las piernas
cuando sube y baja el interruptor.

4.

No era sencillo hablarte, Yo-Edipod
sin cruzar palabras, mientras era el día

mientras decíamos “cinco minutos y vuelvo” o no
porque era todo lo que teníamos,
este puestito
de sellos, de firmas en el aire, de llenar cajas blancas de siluetas y sombras,
de las hojas escupidas lejos— oí, Yo-Edipod,
cómo caen de miel las fojas sobre el escritorio lejos, en la Sala de Impresión,
toda rótulos y pulsaciones
luces que titilan
al borde de la cama perversa, del cubo de luz que te pone entendido
aferrado al rulo de un cordel que suena y para
estable sólo entre el minuto
cuando llega la voz
y el minuto en que la voz se va y dispersa el mandato:

parate
cruzá la puerta de los colgados
oí la voz narcótica y dame una de esas que se quiebran con la uña
que pongo bajo la lengua,
bajo el idioma. 

Porque en la repetición, sabías, estaba la sombra de un beso, Edipod,
con los dedos mordidos,
con esas madrugadas de reflejos, de trabajo/no-trabajo que es el tiempo
que decimos el tiempo
a esa pasta atravesada
de vociferantes, de perros puestos en fila,
de hombres doblados como sillas
en la arena
así, viendo que se va
y qué viene.

5.

Si no lo esperás
si lo esperás y sabés y querés que venga y te llene de eso como yo,
como esta ansia de ver ver
y de tener sujeto algo que se equipare a esa intensidad
que palpite igual
que se sienta como la realidad.


La imagen que acompaña estos poemas es detalle de Oedipus and the Sphinx (after Ingres) de Francis Bacon.

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Vidas de los artistas, seguido de un poema de Joyce Carol Oates

Visiones de Josephine (1883-1968)

Proemio

Jo. Déjate encerrar por el cuadro.
Sé buena, Jo. Déjate apresar por los duros marcos.
No es que yo quiera atraparte,
sólo ahí, ese instante. Esa luz que te golpea la mejilla
tan suavemente. Este minuto en que el sol va saliendo
o se oculta lejos, tras las montañas (si lo prefieres, Jo,
serán cerros). El tren es todo vértigo, pero no lo notas,
Jo, querida. Los libros no nos permiten estremecernos demasiado.
Siempre dentro de los márgenes de la hoja, ¿sabes?
Pero también soñamos, Jo. También caemos torpemente
sobre duras camas. Y para ver el día, así, desnudándote,
te cubres de una luz espesa.

Creo ver un lento armatoste rojo cubriendo el horizonte
y el cuadro luminoso sobre el verde parduzco.
Pero no sé, todo está en mi memoria, y tal vez me equivoque, Jo.
Yo no sabía que tus manos alguna vez serían mías,
pero ya te pintaba desde la infancia.
En alegres farolas, en los pliegues de un mantel,
en la sonrisa lastimera de una sombra.
Estabas conmigo, siempre en mi paleta, en mis pinceles o como un cristo sobre los lienzos.
Y te vi otro día esperar a que terminara la función.
El cine es también un paraíso, Jo,
me gustaría morir en un cine, en medio de una proyección.
No importa, esperabas, con la mano apenas apoyada
sobre el rostro. Esperabas con tu traje azul con una raya roja
de acomodadora. Y yo te vi al pasar,
difusa entre el humo. Pero cuando quise acordar
el humo no existía. Y la acomodadora no existías,
pero Jo, Jo. Sí que existías. Existías
en la sala de espera de un hotel. Mirabas a tu viejo marido
y en frente, existías leyendo, distraída, el tercer tomo
de aquella novela.
Bueno, eso lo digo ahora,
tal vez leyeras el catálogo
de una tienda, o la Guía Azul.
Creo, tímidamente, recordar que tu vestido era azul.
Yo no sabía que un día podría quitarte
de un tirón, todos los vestidos reales o imaginados.
Y que tendría por la mañana el sabor de tu sangre en mi boca herida.
Pero así, te pintaba en los cristales y en el miedo y en el sueño.
¿Estarías de luto? No lo recuerdo, pero el tren es un vértigo.
Claro, todo pasa tan de prisa cuando uno camina mirando
casi por el rabillo del ojo
a la gente. Pero siempre te tendré, Jo, para completar mis alucinadas vibraciones.
Me gustaría ahora, Jo, que te quedes un instante quieta
sentada desnuda, como estás, sobre la cama. Apoyada en la pared
blanca. Estira las piernas, así, con tus tacones. Con las manos
entrelazadas sobre las piernas. Da vuelta la página. Imaginemos
por un instante, este instante,
que el día termina. Y que el horizonte, cubierto de luces raras
es inalcanzable. Pero que no importe, no, Jo, no llores.
Que no importe, que todo lo que importe
sea la tarde precisa, las cuatro maderitas del marco.

1931

Lista para partir. O quizá recién llegada.
La soledad del viaje no se parece a la otra soledad,
la de la cama. Pero a veces son la misma.
La soledad de separarse y que todo termine
una vez terminado. El vestidito rosado ¿no quiere
romperse? Y el pelo ¿no quiere soltarse?
Y el libro ¿no anhela, en tus manos, su destrucción?
Todo tiende a la disolución, a la muerte.
El verde al azul, el marrón al rojo, el amarillo al gris.
Todo tiende a desvanecerse. Los sombreros también,
y las doradas bisagras de las maletas.
Por eso la cortina está entrecerrada.
Pero no sabía nada de esto, buscando algo en las líneas
continuas e insistentes de letras. Pero cuidado: el libro
está en blanco. Y la piel transparenta toda la habitación.
Ella no sabía nada, ni por qué ni cómo ni dónde ni quién
recorta arbitrariamente los muebles o los marcos
de la puerta. ¿La habrá dejado abierta? Es claro que la puerta
estaba cerrada. Ella nunca estuvo ahí. Quién sabe.
Ese sofá, la cama, la ropa levemente apoyada, la entrevista
sandalia. Quién sabe.
Sólo una puerta blanca
vista al pasar
por el corredor
vacío de un hotel.

1952

Claro que él nunca estuvo aquí.
Es un personaje de la literatura, o es aquél hombre
que en noches calurosas supo tirar las sábanas
lejos, acariciar los muslos y la espalda, besar
por incontables horas el mismo círculo.
Pero ahora está. El espejo no refleja nada.
Y ella no mira. Ser vieja es una incomodidad,
pero no hay vejez en ella. Un vestido rosado,
el mismo que compró con su esposo, Edward,
en New York, en 1928. Pero claro, el tiempo
se confunde. Se mezcla. Y entonces
una mano de 1931 y una mano de 1915,
y los ojos de 1949 y los senos de 1908.
No hay tiempo para la vida. Por eso se detiene
a cada instante a pensarse.
El tren vertiginoso está atrasado.
El fantasma triste lo espera, a punto de dejar,
esta vez para siempre, el cigarrillo.
Como si todo esto importara. Las tapas
negras del libro, los verticales poemas
delatan la existencia de un orden.
El simple hecho de esta constatación,
de la luz de sol entrando por la ventana,
debería alcanzar. Ella está levantando los ojos
lentamente, del libro al hombre.
No sé qué visión o qué silencio los puso allí juntos,
para siempre. A punto de desaparecer o de corporizarse
en esta habitación, de luz ambigua.

1941

La luz del reflector atraviesa la sala,
ojos ávidos, metal de saxofones.
Siempre quiso volar. No había forma, le dijo,
de volar, sin precipitarse al vuelo.
Sin alzarse, completamente abstraída,
sin alas, sin ropa, sin ojos que determinen
la ligazón con el mundo. Levantando apenas
los pies, impulsada por una extraña congoja
y por la vibrante música.
No basta el dorado, todo el dorado del mundo
ni toda la firme seguridad de las tablas así dispuestas.
El vuelo requiere otras disciplinas.
La luz no es necesaria. La boca sí. También
la caída.
Pero no va a volar, claro. Es sólo una imagen
en un cuadro. No iba a volar tampoco
en su club, no era siquiera así exactamente.
Fue más fácil recordar sus pechos,
sus brazos, su pelvis, su cintura, sus piernas,
que el recuerdo que llevaba, como una seda,
entre las manos. Fue más fácil completar
en otros borradores la imagen fiel.
No hay nada real aquí. Nada que no lo sea.

Epílogo

Ya no están las dos casitas sobre los blancos médanos,
se han ido los últimos parroquianos del bar y el frío
de las cañerías ha despoblado finalmente los hoteles,
las plazas, los cines y las avenidas.
Los perros, finalmente, se han diluido, como manchas,
en el trigo.
Ya no queda el payaso, ni el hombre feliz, ni aquel verso
que leímos una madrugada. Ya no queda la vida.
Vayámonos.
Pero queda.

Bonnard (1942-1947)

Adenda
“Edward Hopper, Nighthawks, 1942″, de Joyce Carol Oates

Los tres hombres están completamente vestidos, de manga larga,
e incluso tienen puestos los sombreros aunque están en el interior,
todo está brillantemente iluminado,
y hay una mujer. La mujer lleva puesto
un vestido rojo de mangas cortas, cortado para exponer sus brazos,una curva de sus pecho color crema; está contemplando
un cigarro en su mano derecha, pensando que
su compañero ha dejado por fin a su mujer pero
¿puede confiar en él? Sus pesados párpados,
su sensual boca pintada, tiene la auténtica lividez
de una pelirroja, como leche descremada, peligrosamente bella
y supone que lo sabe pero ¿exactamente qué
la ha traído tan lejos, y dónde? —él empezará
a sentirse culpable en un par de días, conoce
los signos y el olor verdadero: sudoroso, rancio, como
a medias sucias; se escabullirá para hacer llamadas telefónicas
y ella jura que no va a pasar por todo eso
otra vez, que no va a quebrarse y llorar o rogarle
ni le va a gritar, está harta
de todo eso. Y él está silencioso a su lado,
no es un hombre como para hablar demasiado, pero está pensando
que gracias a Dios hizo esa buena jugada al fin,
está un poco aturdido como un hombre en un sueño—
¿esto es un sueño?—sí, considerando que es ancho, está quieto,
mudo, horizontal, y el hombre del mostrador de blanco,
detenido como él y sin moverse, y el hombre
en la otra silla sin moverse salvo para sorber
su café; pero se siente bastante bien,
sobre todo aliviado, esta vez está completamente seguro
de que va a funcionar, se lo debe a ella
y a sí mismo, por el amor de Dios. Y ella está pensando
la luz es demasiado brillante, probablemente
no demasiado halagadora, odia cuando su lápiz labial
se le gasta y el maquillaje se apelmaza, le gustaría
ir al baño de mujeres pero no hay uno
y sabe Dios cuánto falta para que abra una estación de servicio—
es la mitad de la noche y tiene el presentimiento
de que el tiempo no va a moverse. Esta vez
sin embargo, no va a rebajarse—
él empieza a hablar de su esposa, sus hijos, cómo
los decepcionó, cómo ellos confiaron en él y él
los decepcionó, y ella saldrá dando un golpe del maldito cuarto
y si él le dice Mi amor o Nena con esa voz,
pasando sus manos sobre ella como si tuviera el derecho,
le dará una cachetada, Sabés que odio eso: ¡Pará!
Y el va a parar. Más le vale. Cuanto más furiosa
se pone, más quieta está, no ha dicho una palabra
en diez minutos, ni siquiera uno de sus cabellos
se mueve, y huelen un poco como a ceniza
o a la henna que usa para aclararlos, pero
el olor es débil o lo que sea, con lo loco que él
está por ella no se da cuenta o no le importa—
enterrando su cara caliente en su cuello, entre sus pechos
fríos, o sus piernas—en cualquier lugar en que ella lo acepte
o en cualquier momento. Ella sigue contemplando
el cigarro ardiendo en su mano,
el del mostrador sigue detenido mirándola
boquiabierto, y no le importa, ¿por qué no?
siempre y cuando ella no le devuelva la mirada, de hecho
el está pensando que es el hombre más afortunado del mundo
así que ¿por qué no es más feliz?

Publicado originalmente en Transforming Vision: Writers on Art,
de Edward Hirsch (1994)


El primer poema fue publicado en 2015 por Patricia Damiano, el segundo, en otro blog.

Acompaña la entrada, ahora, una fotografía de Laetitia Molenaar que revisita el cuadro Chair Car, de Edward Hopper.

Es el eco, dulce: poemas de Mary Wollstonecraft Shelley

La doliente

¡Richmond! Su ira han desahogado durante cien años
en vos, y arruinaron tu amplia muralla,
tu una vez fuerte barbacana y tu salón principesco;
pero ninguna tronadora explosión, ningún ejército hostil ha roto
tu majestuoso torreón— ahí toda almena
y contrafuerte se sostiene, como cuando la llamada del Conquistador
despertó a tu hostil anfitrión, y miró con desaprobación
la escena en que el Swale mezcló salvajemente sus bellezas.
¡Majestuosa mole! Aunque los amigos, como tus paredes listas para la batalla, decaigan,
y las pasiones queridas, como tus señores, se vayan, enseñá esto a mi corazón:
a nunca inclinar mi cabeza ante los vaivenes de la fortuna,
y a desdeñar con tranquilidad los dardos envenenados de la infamia,
y todavía, como vos, sin doblarme, a enfrentar el inconstante día.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante!

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante
como cuando sobre mí derramaba amor, esperanza y alegría!
La parte mortal de quien murió demasiado pronto:
junto a su humilde cama deseo descansar.

Escrito el 10 de setiembre de 1833, apareció por primera vez en el artículo “Newly Uncovered Letters and Poems by Mary Wollstonecraft Shelley”, de Betty T. Bennett, publicado en 1997 en el número 46 del Keats-Shelley Journal

Canción

Cuando ya no esté, esta arpa que suena
profunda, con los tonos de la pasión,
colagará desafinada sobre mi túmulo sepulcral,
con las cuerdas rasgadas.
Entonces, mientras la brisa nocturna cubra
su solitario marco en ruinas,
buscará la música que de antaño vino
a recibir sus murmullos.

Pero vanamente soplarán los vientos de la noche
sobre todas las cuerdas;
muda como la forma que duerme debajo
descansará la rota lira.
¡Oh, memoria! Sé tu unción bendita,
vertida entonces en torno a mi cama,
como un bálsamo que ronda el corazón de la rosa,
cuando su flor ya hace tiempo se ha ido.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

Tributo a vos, querida, consuelo de mi vida

Para Jane [Williams], con el Último Hombre

Tributo a vos, querido consuelo de mi vida.
No rechaces esta tu ofrenda de Mary;
un cuento de dolor, abundante en penas,
homenaje inapropiado, cercado de cipreses, llevo—
es el eco, dulce

Escrito el 23 de enero de 1826, apareció por primera vez en Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938)

La Vida es sueño

La marea del Tiempo estaba a mis pies,
fluía con calma, en parejo movimiento.
Con el corazón alegre mis ojos podían saludar
la llegada del reluciente océano,
hasta que en su completud una tormenta fatal
envolviera en sombras macabras la forma poderosa.

Entonces hacia atrás volvió el reflujo del Tiempo
mientras yo con ansiosos pasos lo perseguía,
y aunque la hora había perdido su mejor momento
e incluso cuando se ensanchaba la leve playa,
pasé bordeando la inconstante y fugaz rompiente.

Hacia atrás y más las aguas rodaron,
más rápido todavía retrocedieron las olas,
y enfriaron, ¡ay!, mis esperanzas,
mientras yo, prestando atención a la promesa trunca,
contemplo la desolada y desierta ribera,
y deambulo triste por la arena estéril.

Escrito el 26 de julio de 1833, fue publicado por Jean de Palacio en 1969


La imagen que acompaña la entrada es un detalle de una ilustración de las ruinas de las abadías de Yorkshire (1883), de William Lefroy.

Vivo dentro de estas palabras: un poema de Ursula K. Le Guin

Fragmentos de la escritura de las mujeres

En los años 80, un lingüista chino descubrió un grupo de ancianas en Hunan que usaban la caligrafía antigua, escrita y leída exclusivamente por mujeres, que “usa un sistema gramatical y de sintaxis invertido, muy distinto al chino”. Se asemeja a los labrados de hueso de la dinastía Shang (siglo XVI a.C.) y a la escritura de la dinastía Chin (siglo III a.C.). Las mujeres locales creen que la escritura, que las madres enseñan a sus hijas en el hogar, fue inventada por una concubina de la dinastía Song para aliviar su soledad, pero el profesor Gong Zhibing piensa que la lengua, demasiado compleja para ser creación de una sola persona, es un vestigio de los sistemas de escritura perdidos cuando Qin Shi Huang, el Primer Emperador, unió China en el 221 a.C. Qin Shi Huang unió la escritura china al prohibir el uso de cualquier otra, salvo sus caracteres de los pequeños sellos oficiales. Los hombres aprendieron la nueva escritura oficial. Las mujeres, lejos de las escuelas, mantuvieron la antigua en privado.
La mayoría de los textos son poesía, autobiografía, cartas y canciones. Las muchachas se unían en sororidades bajo juramento, “usando la escritura para documentar sus lazos y corresponderse mutuamente después de que hubieran crecido y se hubieran casado. Pocos escritos sobrevivieron, porque las mujeres pedían que todos sus textos fueran quemados cuando ellas morían para que pudieran leer sus obras favoritas en el más allá.” El profesor Gong conoció dos mujeres en sus 80 que todavía podían leer y escribir la lengua. Las únicas sobrevivientes de una sororidad de siete habían quemado sus copias de las escrituras de una tercera hermana cuando ella había muerto.
Leí la información de más arriba en un recorte de The China Daily de Beijing y escribí las traducciones imaginarias que siguen en 1992. Desde entonces he visto un anuncio editorial de traducciones reales de esta escritura de mujeres.

Hija: estos son los caracteres
prohibidos por el Emperador.
Estas son las palabras de hueso,
las hendiduras del lado de adentro de las conchas.
Esta es la otra gramática.

Hermana: documento nuestra unión
y te correspondo
dedo a dedo, ojo a ojo.

Desenvolvé la vieja seda muy lentamente.

Hija: escribí con leche,
como yo hice. Acercala al fuego
para que las palabras aparezcan.

Hermana: mis mangas están todavía secas,
pero vi una luna oscura este otoño
muy lejos, río abajo.

Mi Señor estaba enojado pero le dije
que era mi lista de ropa para lavar.
Se rió, entonces, “¡Garabatos de gallina!”
y reí.

Hija: aprendé la lengua del revés,
invertida en el ojo de la tortuga.
Usá los huesos para hacer sopa.

Un ejército de hombres
de pesada cerámica roja
bajo la colina junto al río
donde lavamos la ropa.

Hermana: sus muslos son de jade
y su palo un bambú fuerte,
pero no hay nadie con quién hablar acá.

No quemes todas tus canciones, madre,
por mucho que las ames.
¿Cómo cantaré humo?
Dejame la que habla del otoño.

Hermana: esta forma es mía.
Vivo dentro de estas palabras,
como una tortuga en su caparazón,
como la médula en el hueso.

Hermanas: esta es una montaña más fría
que la del tigre, y los huesos
sólo dicen que nieva.

Hermanas: guarden mis recamados,
manden mi vida tras de mí.
Mi autobiografía era la parte de adentro del caparazón de la tortuga,
las pequeñas hendiduras en los huesos,
un hilo de seda, una gota de leche.
Una vida demasiado vasta
para la pequeña escritura del Emperador.

Quiebro cada palabra de tu carta
y chupo su dulzura.
¡Cómo cantará en el fuego!

Hermanas: ¡quémenme, quémenme,
dejen que la nieve caiga en el río!

Madre: entré en el colegio como un hombre
pero expusieron mi cuerpo
y escribieron sus pequeñas palabras en él
hasta que se redujo a una sombra.
Me puse la caparazón de la tortuga
y me arrastré al fuego.
En el oráculo agrietado
podés leer que el Imperio
caerá.

Nuestros caracteres
han estado prohidos desde siempre.
¿Desplegarán las últimas hijas
la seda guardada en secreto
a través de todas las dinastías,
o convertirán nuestras palabras en fuego?

Hermana: estoy sola. Escribime.

Publicado originalmente en Going out with Peacocks (1994)


La imagen que acompaña el poema es una fotografía de las marcas adivinatorias en un hueso, de la dinastía Shang (c. 1600 to 1050 BC), publicada por la British Library. 

 

Tres poemas liminares

Dios

a Diego de Ávila

1

Dios era esa cosa de silencio.
La voz sin movimiento
que abría la noche cada noche pavorosa
ardiendo como un metal
hasta las 3 de la mañana.
Era esa cosa de oscuridad que aceptamos como nuestra,
que apretamos temblando de piedad.

2

Cuando sonaba era la luz tímida
que inicia el incendio.
Cuando abríamos la boca
era la medida de incienso que nos quemaba el contorno de la O.
Cuando teníamos ganas
era el cansancio,
tener el libro
esperándonos en casa.

3

Dios era la espera
era el tedio y el dinero que se carga en cuentas y no vemos
porque es números titilantes
en la pantalla azul.
Era las letras que empiezan a decir,
era el remolino atroz de hojas cuando murmura, hace chispas.
Era la mirada sobre la cosa
y era la forma en que la cosa va armándose sola.

4

Era la casa
la ventana
el aparador con frágiles copas
el cajón de los cubiertos
las sábanas en la cuerda
el lustramuebles
la mesita
el cepillo
la pata de la cama
era el ovillo de medias y papeles
el vapor de la tetera
el calor, de mañana.

5

Sabíamos decir ese nombre porque nos lo habían repetido.
También estaba el miedo de pronunciar todas las vocales
pero al revés
y estaba el miedo
de que un día se mostrara entero
y fuera una parte.

La casa

Era una casa vieja
de jardines amplios y un garage,
sobre la lomadita agapantos. Una casa de veraneo
sobre la calle de la mercería,
que se llamaba Vanitas Vanitatum
y tenía las persianas siempre bajas.
Era la edad en que crece el sapo en la garganta
y podemos decir por fin el apellido entero. Era la hora de la siesta:
bajaban las bicicletas y saltaba el barro a los costados—había llovido
y derrapaban las tardes.
La casa abría humedades para jugar con los pies,
esconderse en el baño en ruinas y ver:
era la edad en que las cosas se van poniendo duras.

Era una casa vieja
pero en esa noche había quedado todo encendido
en la marcha del regreso del campo
que sonaba su discreta música de sueño
con la boca abierta
murmurando oraciones antes de que la callara
el viento o la lluvia de la tarde,
blanca de cenizas.

Nodiós

a Mateo Vidal

Soy mi dolor, el brazo acalambrado, la migraña
soy el esplendor de mi mano cuando recorre una espalda,
la corrupción secreta de la bacteria.
Soy la llama que se enciende sola,
el chisporroteo en el confesionario, la paciencia de lo que queda,
soy el recuerdo (algún instante de un día lejano,
los pies ansiosos, el pliegue suave de una página).
Soy la vacuna y el virus.
Soy ese que mira y ve todo
por la ventana opaca,
que desgrana pasos sobre su infinita complacencia.

El diseño sigue así, reconociendo patrones:
se llena de esta experiencia, de la memoria cruda
y la pone a recorrer un camino de líneas o puntos o arabescos
como humo o agua o piedras sobre la cabeza
y dispara:

Está parado, mirando, como en sueños la noche que espera al día, el síntoma de su vergüenza. Alguien comió la culpa y la puso en sus manos para adorarla. Alguien le dijo que esa cosa blancuzca era plata líquida. Alguien le dijo que podría tener cosas cuando la pusiera en la ranura. Que podría oler esos papeles y sentir algo parecido a la náusea conmovedora de la oración. Que si él daba esos papeles le podían ofrecer una rodaja de algo. Una vieja perfección con nombres y caras amontonadas, rectangulares, coloridas.

Deja el monitor hablar,
lo escucha: es la Madre
y dice cosas importantes, de antiguos soldados muertos, de ciudades en llamas, de lagos de sangre.
Ese ojo que se hacía a sí mismo
entre los cristales
se diluye ahora
en tiempos sin hombre que se estiran,
que reemplazan Ese-Mi-Nombre
y ponen la palabra:

Nadie lo ve, grumo de mujer o planta o la misma barra que separa casos, que pule detalles, que secciona el archivo. No le dijeron cómo era que se llamaba eso y él creció señalándoselo, abstrayendo el resto, siguiendo el cursor para ver la imagen tras el escritorio del Padre, tras la ventana que no era otra cosa que espejo. Que el sonido que hacen cuando caen era un pitido, nada más, que se percibía como números golpeándose contra la baldosa fría. Era el día en que todo entra en cuarentena y se muestra tal cual es: un cable enredado.

Pero el niño podía ser dios o podía ser bestia
porque tenía el pelo atado
a la pata huidiza del caballo, del bicho que todo lo Puede, porque todo lo Infecta.

*

Todavía es posible verlo en su ardor virginal,
en la discreta habitación de Lo inefable:
lenguas azules de fuego plástico
que mueven la primitiva rueda que no se detiene.   


Estos poemas aparecieron por primera vez, con algunas variaciones, en el quinto número de la revista online Insilio. La imagen que los acompaña es un fotograma de A.K. de Chris Marker.

El suicidio de los otros

Si algo no está permitido, entonces el suicidio no está permitido
Ludwig Wittgenstein, Diario filosófico (1914-1916)

1

Está la explicación y esta la sombra delineada en el fondo del aljibe
o de la noche que puso todo en su sitio
o de ese relojito atascado en un minuto de tu pubertad.
Claro, decías,
el que raja el tiro espera que suene suave
que no despierte al gato
o no, o que despierte a todos.
Que abra un poco la carne ya abierta, expurgada, enferma,
que se siembre y se colecte y se levante
vuelto engañifa, vuelto mineral o cobre y cobre
ese último grito ahogado por la arcada que antecede a Venus.

2

Pero teníamos que dar la vuelta al fragmento, torcer el cuello lleno de aire
limpiar los marcos de las puertas porque así nos habían enseñado
los péndulos de soles colgando en las vigas altas, los pájaros del Perdido alertando que es la muerte.

3

Porque había una manera certera de abrir la venita pero quién te enseña a acabarte ahí
con el mundo masticando la grasa.

4

Caíamos abiertos como frutas
para que nos dieran espéculo y sangre en las partes blandas,
para que esta pulpa escamada se volviera agua de azahar o un gesto de mano
que simplemente pusiera fin a la cosa.

5

Cada día había un nuevo suspiro
tapado por los besos lánguidos del resto
de ese polvo blancuzco (casi amarillo)
que se pudo meter bajo las uñas y por la cola
arañar el contorno de los ojos delineados por bocas de botella
y las vueltas en el lápiz afiladísimo de tu insomnio.

6

Pusiste la jarra sobre la mesa limpia como casas o estaciones
y se veían los destellos de la luz, a los viajeros descendiendo y a las mujeres en las ventanitas del agua
con las manos enharinadas, listas para saltar.

7

Puse de a uno los números en el sombrero.
“Son nombres”, te dije y mirabas absorto cómo crecía algo ahí abajo y se ponía rígido, te levantaba el pantalón y te ensuciaba el contorno blando de los muslos.
Yo estaba pronta, pero me di media vuelta para dejar que el sombrero siguiera hablando,
tapándonos los oídos con esas chanchadas que nos ponen así de duros
643
18,55 1/14 100.000
2.

Después boqueaste, pero ya sabías que en la calle se encendían.

8

Sube el efluvio de un cuerpo
puesto patas arriba, esperando los instantes, determinado a esa palanca sucia.
A morirse de olor inflamado,
a delimitarse una línea que siga como un arado la carne, la atraviese,
la infle de gas
y la mueva.

9

No supiste que la restricción era libertad.
Era guardarse para después lo que puedes hacer nunca.
Era la satisfacción de estar picoteando
el cadáver, neutralizando el paso de las piernas en el desfile de moneditas.

10

No contaste que contar era abstraer
y era poner como en un piolín todas las camas para secarlas y definir la necesidad
que sólo puede decirse de ojos apretados.

11

Cuidate, loco,
era así de fácil. Cruzar el arroyo once veces por día, secarse al sol, leer la novelita,
odiar los mosquitos y la miasma, despertarse con los dedos en garra,
y hacer sombras expresionistas hasta que reviente.

12

O era meterse de cuerpo entero ahí
ver todo verde otra vez
saborear la miel que pudimos repartirnos
dejar todo desligarse así, la ropa, el pelo, los brazos
y que la tos lo termine.

*

Hay días en que la amada deja ver su cadáver tras la risa. Que uno puede adivinar el cuerpo adorado despedazado por el tiempo. Uno se despierta y ve. Un destello de oro sucio, como un amanecer con sed y los ojos vacíos, rodeados de niebla; descubrir esos ojos y verlos, detenerse en ellos para descubrir una maldad esencial de agua y de barro. Empezar a dibujar con gesto suficiente, con mano firme pero convulsa, seguir la mancha por el misterio, resolver el misterio a medida en que se presenta, se deja ver por el límite inferior, el horizonte resplandeciente de otro tiempo. El fin de un momento en una mirada secreta, el inmenso líquido de una vista en el río, flotando en el río hacia un mar aplastado de letras. Recorrer el instante ese, perseguir la línea que se detiene cuando se acerca a la perfección, en el color que se destaca a sí mismo como una raya, que llama sobre sí mismo esa atención a eternizarse, a recordar antes de todo, antes de que todo se doble sobre mí y me parta. Sentir en la boca el cruce dulcísimo de la gelatina y los merenguitos. Aplastar con la lengua contra el paladar su azucarada liviandad blanca. Ver más allá el gomero, el alcanfor, el espinillo seco del que cuelga el fierro chillón de las noches sin luna. Ahorcado que pende de la rama, sin martillo que lo temple ni lo vuelva gong para los alaridos de los perros, tras el ocaso y las escapadas, tras el médano solitario, donoso de pasionarias maduras que arden la boca, de flores como espinas, como altares, como coronas frías y distantes, como dioses que engullen el tiempo lento de sus hijos. Como ese gigante perlado de memorias sobre el mundo, sentado en el mundo, habitando y devorando el mundo desde su cueva pecuniaria, desde el lugar secreto del tesoro, rodeado de murciélagos y alacranes, combatiendo por un trozo de carne, de su hambre tersa, inmaculada. Entrar y ver ocho caras atentas, esperando el sacrificio de un perro negro. Leer lentamente, pausada, apasionada ese ensayo sobre la corrupción del cuerpo, sobre el mar como cementerio, sobre el poder obcecado del destino del capital, víctima, yate inmaculado sobre las olas, desafiando la putrefacción, de una vanidad horripilante, de un cuerpo hermoso y resplandeciente sobre la borda, tomando sol, tomando margaritas, tomando recaudo, tomando hembras delicadas sobre la cubierta, hembras heridas de cortes livianos de tijeras de plata, hembras como ciervos. Manejar, darse a la ruta, quemar las llantas en un crepitar de sueños, aplastar el cráneo de un zorrillo muerto, pegotear la sangre por la continuidad hasta el arroyo, cruzar el arroyo, reventar la llanta y seguir. Llamar auxilio, ver los árboles como fantasmas, como remolinos oscuros, como cabezas de goyas, estiradas, pesadillescas, preñadas de sueños y de pensamientos, turbias como basurales o como el final exceso de las lavadoras. Abrir la puerta al sentido de un segundo. Partir en gritos, desplegarse entero en una llama que encienda el palo santo, que arda hasta el poniente sobre el adoquinado distante, sobre el griterío de los cascos de los caballos y las puteadas de los borrachos en plena luz, darle al recuerdo ese frío duro, darle castañas y regalitos de mirra, regalitos atados en moñas elegantes, que derramen su lujo entre el vino dorado, la mano segura de la duquesa de ensueños, del invierno cuajado de horas. Detenerse ahí un instante, en ese momento que eran siglos para el hombre, que era la violencia del calor de afuera, del viento helado del cuerpo, de la blandura inmediata del cuerpo en la lejanía de un corredor que va hacia dentro. Oler el aire, quebrar la antena incorporada al todo de un arrebato ciego, de ir dejando moneditas, de oír las historias, de contar las historias ahuecando la voz, con las pausas de mi abuela, con esa entonación que viene de Escocia o de Austria o de los Altos de la Cuchilla. Y de poner así como en fila la cabeza boba en el horno angustiante, las piedras en los bolsillos, el veneno que se escurre o el vaso de Lucrecia, el tirito ante los cuervos todos en bandada, el Tigre y el licor, la cuerda o la bufanda, las piernas colgantes, el brazo casado de huecos, las sienes vaciadas, las manos duras por el cuchillo, la escopeta, el pasmo, las pastillas cayendo como rubíes, el teléfono sonando, el agua y la sangre y la leche y la droga. El súbito encuentro con el tranvía, con el tren, con el coche, el pañuelo, el cinturón, la navaja, el consuelo de la almohada, de la bañera, de las fragancias prohibidas del auto moderando, del encierro, de la clausura de la voz, de beberse la copa entera, de ponerse encima, de encenderse y dejarlo, de ser fuego, de ser mancha en la acera. De ser mariposa encerrada entre tapas de cuero, dejarse ver, seca y eterna, de colores intactos. Ser hojas entre hojas y palabras, ser promesa o memoria. De ese modo desfilar intacto un momento en calles que no saben cosas, que persiguen el recuerdo inapresable del milico abierto en dos, de la callejera desabrigada, de la parturienta en prisas, del papelito discreto que se da sin ver. De alejarse, de irse en olores de fritangas y empanadas, de humo y lluvia sobre el asfalto. De ponerse en la boca el cigarrillo, inspirar, inspirar esa partitura indolente que se deje ver, que se muestre en el paso discreto de la motocicleta sobre el charco, el grito en el semáforo, los brazos en jarras, la rosa en su nido, la serpiente contra el pecho, el pincel buscando tintas y clamores, la vida imitando su desnudez azul, todo pendiendo por fin en las cuchilladas y en las puertas. Todo pronto para abrir: para escribir. Pretender ver un ángel, ver el cadáver de un ángel, sus plumas sobre la almohada, descansando, en pose de espera o de rendir tributo a la estatua, la fría nieve en la espalda, el cielo mojado, arriba, la voz secreta, titánica de los blandengues muertos, asomados a un foso, del foso hablando para no decir las cosas ciertas, llenándolo todo del líquido de nuestro entendimiento. Ah, y los niños. Seguir el impulso de esos niños, de esos niños de manos vacías, de cachetes colorados y ansias de adulto. Seguir esa negación, perseguir el cero sobre todas las palabras, buscarlo en un minuto que detenga ahí.


La imagen que acompaña estos poemas es una reproducción de Sunrise with Sea Monsters de J. M. W. Turner.

Cierro mi puerta tras de mí: poemas de Christina Rossetti

Desearía poder recordar aquél primer día
Era gia l’ora che volge il desio
Dante
Ricorro al tempo ch’io vi vidi prima
Petrarca
Desearía poder recordar aquél primer día,
la primera hora, el primer momento en que me encontraste,
si era oscura o brillante la estación. Pudo haber sido
verano o invierno por lo que puedo decir;
tan sin registro se perdió,
tan ciega era yo para ver y para prever,
tan torpe para notar los brotes de mi árbol
que no florecería por muchos mayos más.
Si tan solo pudiera recordarlo, ¡ese
día de días! Lo dejaría ir y venir
tan sin rastro como el deshielo de nieves pasadas.
Parecía significar tan poco y significó tanto.
Si ahora tan solo pudiera recordar ese contacto,
el primer toque en la mano—¡Si hubiera sabido!

Publicado en A Pageant and Other Poems (1881)

¿Quién me librará?

1864

Dios, haceme fuerte para sostenerme a mí misma;
Esa carga, la más pesada de todas,
el peso inalienable del cuidado.

Los otros están todos fuera de mí;
Tranco mi puerta y los dejo afuera
El tumulto, el tedio, el callejeo.

Cierro mi puerta tras de mí,
y los dejo afuera; pero ¿quién tapiará
mi ser de mí misma, la más aborrecida de todas?

¡Si pudiera desmoronarme por una vez,
y comenzar purgada de mí la carrera
que todos deben correr! La muerte es veloz.

¡Si pudiera dejarme de lado,
y empezar con el corazón ligero
el camino que todos han atravesado!

Dios, endureceme contra mí misma,
esta cobarde de voz patética
que implora tranquilidad y descanso y alegrías.

Yo misma, mi propia architraidora;
mi amiga más falsa, mi más mortal enemiga,
mi atasco en todos los caminos.

Pero hay Uno que puede refrenarme,
alivianar la estrangulante carga que llevo,
romper el yugo y liberarme.

Publicado originalmente en el número de febrero de 1866 de la revista Argosy

Los tres enemigos

La carne
“Querida, estás pálida.”
“Más pálido pendió
Cristo del árbol cruel
y cargó la ira de su Padre por mí.”
“Querida, estás triste.”
“Bajo un madero más pesado
Cristo pisó por mi bien
el lagar de la ira de Dios”
“Querida, estás cansada.”
“No así Cristo,
cuyo poderoso amor por mí alcanzó
por Fuerza, Salvación, Eucaristía.”
“Querida, tus pies están doloridos.”
“Si sangro,
Sus pies han sangrado; en mi necesidad
Su Corazón sangró por el mío.”
El mundo
“Querida, sos joven.”
“También lo era
Quien por mi bien en silencio
colgó de la Cruz con Pasión.”
“Mirá, sos hermosa.”
“Era más hermoso que los hombres
Quien accedió por mí a llevar
un rostro arruinado.”
“Y tenés riquezas.”
“El pan de cada día:
Todo lo otro es Suyo; de Quien, vivo o muerto,
por mí no tuvo donde apoyar Su Cabeza.”
“Y la vida es dulce.”
“No lo fue
para Él, Cuya Copa se desbordó
con mi dolor inefable.”
El Demonio
“Bebés profundamente.”
“Si Cristo bebiera
apuraría mi copa hasta las heces:
¿y cómo podré yo ser levantada?”
“Ganarás la Gloria.”
“En los cielos,
Señor Jesús, cubrí mis ojos
para que no miren vanidades.”
“Tendrás el Conocimiento.”
“¡Polvo inútil!
En Vos, Oh Señor, confío:
respondé Vos por mí, Sabio y Justo.”
“Y Poder.”—
“Cuidame las espaldas, Señor,
Que me redimiste y no aborreciste de
mi alma, oh, conservala con Tu Palabra.”

Publicado en Goblin Market and Other Poems (1862)


La imagen que acompaña la entrada es un detalle del cuadro I lock my door upon myself (1891), de Fernand Khnopff.