Es en vano querer vivir todavía: poemas de Jules Supervielle

Los animales invisibles

El perro

Tú, siempre rodeado de animales invisibles:
aquí está el perro que te ha visto en otros climas
y te lame la mano como en Sudamérica:
“Te equivocás, buen perro, esos tiempos han pasado,
y es en vano querer vivir todavía”.

Los que siguen

La cabra sigue al caballo
y el perro lobo sigue a la cabra.
El poeta en su sombra
lleva cabra, can, caballo
y dos o tres animales
que no tienen nombre todavía
y esperan, para tomar forma,
que sople un viento favorable.

Los peces

Memoria de los peces en los arroyos profundos,
qué puedo hacer yo aquí de sus lentos recuerdos,
no sé de ustedes más que un poco de espuma y de sombra
y que un día, como yo, tendrán que morir.

Entonces ¿a qué vienen a interrogar mis sueños
como si yo pudiera ayudarlos?
Vayan al mar, déjenme sobre mi tierra seca,
no estamos hechos para mezclar nuestros días.

 La antílope

La antílope tiene la cabeza tan fina
en el día luminoso que se demora
que lleva cielo en sus cuernos
y de lejos las fieras la miran.
El león, el primero, se asusta,
desaparece en el vellón de los bosques,
la antílope está bien protegida
por la porción de maravilla en su cabeza,
avanza y más de uno la quiere ver:
los pájaros de la noche, avergonzados de día,
huyen de pronto hacia sus densas tinieblas;
la serpiente que muerde a los niños
se amarga por no ser más que una serpiente;
la antílope avanza hacia el tigre
lo tranquiliza y le devuelve el equilibrio
después, huyendo de fáciles victorias,
elige al aire para que lleve sus pasos.

La ciudad de los animales

Se abre la puerta, entra una cierva,
pero eso sucede muy lejos:
no nos acerquemos a esta tierra,
evitemos un sol elusivo.

Es la ciudad de los animales
a la que los humanos casi no entran.
Garras de tigre, cerdas de chancho
brillan en la sombra, deliberando.

No intentemos entrar
nosotros que escondemos más de una bestia,
peces, iguanas, halcones,
que quisieran mostrar la cabeza.

Saldríamos arrastrando
un aire atigrado, una aleta
o la trompa de un elefante
que nos pediría para beber.

Nuestra alma nos sería arrebatada
y la gentileza de nuestros cuerpos
debería, toda nuestra vida,
lamentar en nosotros un hombre muerto.

Sección del libro Les Amis inconnus (1934)


Los poemas, traducidos como ejercicios en mis cursos de francés, fueron ya publicados en otro sitio. La imagen que acompaña la entrada es el detalle de uno de los collages de Max Ernst que forman parte de su novela en imágenes Une semaine de bonté (1934).

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Intermedio

Comíamos como feroces
la lenta pasta que mi abuela nos había dejado.
Me desperté a las 6:30
y me puse a cocinar, casi hasta ahora. Me acosté para descansar,
prendí la tele y vi esas cosas: tiros y una mujer
que lloraba en el plató
con los ojos manchados. Había un animal salvaje, oscuro, de pelos erizados y mirada asesina
en otro canal.

*

Pude oír los ruidos que llenaron
la habitación de estruendo
que entraban y salían pasos, puertas, golpes, cosas que caen en la casa de al lado.
Y mientras tanto,
esta voz de mujer que entra, como una pequeña muestra
de la voz secreta,
de perro, enterrada en el pecho,
ese suspiro en la selva,
que nadie oye y furiosamente despierta a los pájaros.

Camila me mira, desde la silla
y entiende desde antes,
todo lo de bueno que hay ahí.

*

Pasan lentos tickets, boletas sucias, recibos y cheques al portador,
un pesado sueño de metales
que revienta todo abajo,
es fricción.

Y la cama hierve, entonces, cuando caen los números
rojos, calientes, apesadumbrados.

*

Una cosa es sentirlo todo, la música y esas bocas
que se mueven en la pantalla, tan seductoramente,
y otra cosa es verlo:
tal se ven las palabras
golpeando como gotas la chapa
grosera del libro.

*

Me dejé llevar por ese murmullo que se oye desde el periódico
cuando se lo arruga para encenderlo.

Me dejé llevar por el hielo que cae en el vaso y por el dedo
que lo gira lentamente.

Me dejé llevar por la mancha que repetía crítico
con los ojos entornados,
negra sobre blanco, sobre amarillo, sobre nada,
la piel, el graznido brutal que abre los cielos,
para que todo funcione:
para que la carne quede tierna y la sal sea hermosa y blanca
y las piernas sepan levantarse y acercar sillas a la mesa.

*

La pasta de los días—
una sustancia delicada, inalterable, seca.
Se extiende sobre la tabla
como la línea de pintura, con la espátula,
como si fuéramos expertos,
como si nos dedicásemos a esto.

*

Todo escucha, siente, se suspende y cierra,
como un estuche.
Oís el clic lejos, el golpeteo, la mano que cierra tibias canillas,
ahí viene y esperás
la llegada de la pesadez.
Se abre como una cama.

*

Nos quedaremos leyéndonos a nosotros mismos
entre páginas sueltas, arremolinadas,
como en sequía.
De pocas cosas parecen venir los ocasos, de cosas elementales (una
copa, una lámpara, un estilete),
ahí se dan a nacer, entre el vidrio y el acero,
con voluptuosidades de humo.

*

Cuando por la noche salgo a sacar la basura
oigo una voz, distante

Soy el hijo único

y arrastro lo poco que llevo: había dejado fruta madurando en la heladera,
las moscas y los gusanos—


La serie de poemas forma parte del libro inédito Cuaderno de verano (2017-2018). La imagen que acompaña la entrada es un fotograma de Il Decameron (1971), de Pier Paolo Pasolini.

Hienden la penumbra de mis sueños: un poema de James Joyce

Oigo un ejército

Oigo un ejército cargando sobre la tierra,
Y el trueno de caballos lanzados; con espuma hasta las rodillas,
Arrogantes, de negras armaduras, tras ellos se yerguen,
Despreciando las riendas, con ondulantes látigos, los aurigas.

Gritan a la noche sus nombres de batalla:
Gimo en sueños cuando oigo a lo lejos su risa arremolinada.
Hienden la penumbra de mis sueños, una llama enceguecedora
Retumba, retumba sobre el corazón como sobre un yunque.

Vienen sacudiendo triunfantes su largo, verde cabello:
Salen del mar y corren gritando por la playa.
Mi corazón, ¿no tienes sabiduría acaso para desesperar?
Mi amor, mi amor, mi amor, ¿por qué me has dejado solo?

Publicado originalmente en Chamber Music (1907)


Hace unos cuatro años, tradujimos con Mateo Vidal algunos poemas del inglés, entre los que se encontraba este de James Joyce, que en 1914 Ezra Pound incluyó en su famosa antología Des Imagistes.
La imagen que acompaña la entrada es un detalle del tapiz de Bayeux (1082-1096).

 

Epístola a Edipod


pop is experienced not as something which could have impacts upon public space, but as a retreat into private Oedlpod consumer bliss, a walling up against the social.

Mark Fisher, “Reflexive impotence

1.

Pude tenerla en mis manos
sentirla en toda su suavidad
dejarme vencer.

Pude decirle cosas para que creyera
que el tiempo era cosa nuestra,
que todo el tiempo estaría esperándola para comerla.

2.

En medio del estacionamiento, tembloroso de electricidades
la boca abierta, Edipod
tiene el coso apretado en el puño—
cobre y grasa.

3.

En el viaje
la sacudida del viento de neutrinos te revolvía el pelo
y éramos esa perfección dorada que arde entre las piernas
cuando sube y baja el interruptor.

4.

No era sencillo hablarte, Yo-Edipod
sin cruzar palabras, mientras era el día

mientras decíamos “cinco minutos y vuelvo” o no
porque era todo lo que teníamos,
este puestito
de sellos, de firmas en el aire, de llenar cajas blancas de siluetas y sombras,
de las hojas escupidas lejos— oí, Yo-Edipod,
cómo caen de miel las fojas sobre el escritorio lejos, en la Sala de Impresión,
toda rótulos y pulsaciones
luces que titilan
al borde de la cama perversa, del cubo de luz que te pone entendido
aferrado al rulo de un cordel que suena y para
estable sólo entre el minuto
cuando llega la voz
y el minuto en que la voz se va y dispersa el mandato:

parate
cruzá la puerta de los colgados
oí la voz narcótica y dame una de esas que se quiebran con la uña
que pongo bajo la lengua,
bajo el idioma. 

Porque en la repetición, sabías, estaba la sombra de un beso, Edipod,
con los dedos mordidos,
con esas madrugadas de reflejos, de trabajo/no-trabajo que es el tiempo
que decimos el tiempo
a esa pasta atravesada
de vociferantes, de perros puestos en fila,
de hombres doblados como sillas
en la arena
así, viendo que se va
y qué viene.

5.

Si no lo esperás
si lo esperás y sabés y querés que venga y te llene de eso como yo,
como esta ansia de ver ver
y de tener sujeto algo que se equipare a esa intensidad
que palpite igual
que se sienta como la realidad.


La imagen que acompaña estos poemas es detalle de Oedipus and the Sphinx (after Ingres) de Francis Bacon.

Vidas de los artistas, seguido de un poema de Joyce Carol Oates

Visiones de Josephine (1883-1968)

Proemio

Jo. Déjate encerrar por el cuadro.
Sé buena, Jo. Déjate apresar por los duros marcos.
No es que yo quiera atraparte,
sólo ahí, ese instante. Esa luz que te golpea la mejilla
tan suavemente. Este minuto en que el sol va saliendo
o se oculta lejos, tras las montañas (si lo prefieres, Jo,
serán cerros). El tren es todo vértigo, pero no lo notas,
Jo, querida. Los libros no nos permiten estremecernos demasiado.
Siempre dentro de los márgenes de la hoja, ¿sabes?
Pero también soñamos, Jo. También caemos torpemente
sobre duras camas. Y para ver el día, así, desnudándote,
te cubres de una luz espesa.

Creo ver un lento armatoste rojo cubriendo el horizonte
y el cuadro luminoso sobre el verde parduzco.
Pero no sé, todo está en mi memoria, y tal vez me equivoque, Jo.
Yo no sabía que tus manos alguna vez serían mías,
pero ya te pintaba desde la infancia.
En alegres farolas, en los pliegues de un mantel,
en la sonrisa lastimera de una sombra.
Estabas conmigo, siempre en mi paleta, en mis pinceles o como un cristo sobre los lienzos.
Y te vi otro día esperar a que terminara la función.
El cine es también un paraíso, Jo,
me gustaría morir en un cine, en medio de una proyección.
No importa, esperabas, con la mano apenas apoyada
sobre el rostro. Esperabas con tu traje azul con una raya roja
de acomodadora. Y yo te vi al pasar,
difusa entre el humo. Pero cuando quise acordar
el humo no existía. Y la acomodadora no existías,
pero Jo, Jo. Sí que existías. Existías
en la sala de espera de un hotel. Mirabas a tu viejo marido
y en frente, existías leyendo, distraída, el tercer tomo
de aquella novela.
Bueno, eso lo digo ahora,
tal vez leyeras el catálogo
de una tienda, o la Guía Azul.
Creo, tímidamente, recordar que tu vestido era azul.
Yo no sabía que un día podría quitarte
de un tirón, todos los vestidos reales o imaginados.
Y que tendría por la mañana el sabor de tu sangre en mi boca herida.
Pero así, te pintaba en los cristales y en el miedo y en el sueño.
¿Estarías de luto? No lo recuerdo, pero el tren es un vértigo.
Claro, todo pasa tan de prisa cuando uno camina mirando
casi por el rabillo del ojo
a la gente. Pero siempre te tendré, Jo, para completar mis alucinadas vibraciones.
Me gustaría ahora, Jo, que te quedes un instante quieta
sentada desnuda, como estás, sobre la cama. Apoyada en la pared
blanca. Estira las piernas, así, con tus tacones. Con las manos
entrelazadas sobre las piernas. Da vuelta la página. Imaginemos
por un instante, este instante,
que el día termina. Y que el horizonte, cubierto de luces raras
es inalcanzable. Pero que no importe, no, Jo, no llores.
Que no importe, que todo lo que importe
sea la tarde precisa, las cuatro maderitas del marco.

1931

Lista para partir. O quizá recién llegada.
La soledad del viaje no se parece a la otra soledad,
la de la cama. Pero a veces son la misma.
La soledad de separarse y que todo termine
una vez terminado. El vestidito rosado ¿no quiere
romperse? Y el pelo ¿no quiere soltarse?
Y el libro ¿no anhela, en tus manos, su destrucción?
Todo tiende a la disolución, a la muerte.
El verde al azul, el marrón al rojo, el amarillo al gris.
Todo tiende a desvanecerse. Los sombreros también,
y las doradas bisagras de las maletas.
Por eso la cortina está entrecerrada.
Pero no sabía nada de esto, buscando algo en las líneas
continuas e insistentes de letras. Pero cuidado: el libro
está en blanco. Y la piel transparenta toda la habitación.
Ella no sabía nada, ni por qué ni cómo ni dónde ni quién
recorta arbitrariamente los muebles o los marcos
de la puerta. ¿La habrá dejado abierta? Es claro que la puerta
estaba cerrada. Ella nunca estuvo ahí. Quién sabe.
Ese sofá, la cama, la ropa levemente apoyada, la entrevista
sandalia. Quién sabe.
Sólo una puerta blanca
vista al pasar
por el corredor
vacío de un hotel.

1952

Claro que él nunca estuvo aquí.
Es un personaje de la literatura, o es aquél hombre
que en noches calurosas supo tirar las sábanas
lejos, acariciar los muslos y la espalda, besar
por incontables horas el mismo círculo.
Pero ahora está. El espejo no refleja nada.
Y ella no mira. Ser vieja es una incomodidad,
pero no hay vejez en ella. Un vestido rosado,
el mismo que compró con su esposo, Edward,
en New York, en 1928. Pero claro, el tiempo
se confunde. Se mezcla. Y entonces
una mano de 1931 y una mano de 1915,
y los ojos de 1949 y los senos de 1908.
No hay tiempo para la vida. Por eso se detiene
a cada instante a pensarse.
El tren vertiginoso está atrasado.
El fantasma triste lo espera, a punto de dejar,
esta vez para siempre, el cigarrillo.
Como si todo esto importara. Las tapas
negras del libro, los verticales poemas
delatan la existencia de un orden.
El simple hecho de esta constatación,
de la luz de sol entrando por la ventana,
debería alcanzar. Ella está levantando los ojos
lentamente, del libro al hombre.
No sé qué visión o qué silencio los puso allí juntos,
para siempre. A punto de desaparecer o de corporizarse
en esta habitación, de luz ambigua.

1941

La luz del reflector atraviesa la sala,
ojos ávidos, metal de saxofones.
Siempre quiso volar. No había forma, le dijo,
de volar, sin precipitarse al vuelo.
Sin alzarse, completamente abstraída,
sin alas, sin ropa, sin ojos que determinen
la ligazón con el mundo. Levantando apenas
los pies, impulsada por una extraña congoja
y por la vibrante música.
No basta el dorado, todo el dorado del mundo
ni toda la firme seguridad de las tablas así dispuestas.
El vuelo requiere otras disciplinas.
La luz no es necesaria. La boca sí. También
la caída.
Pero no va a volar, claro. Es sólo una imagen
en un cuadro. No iba a volar tampoco
en su club, no era siquiera así exactamente.
Fue más fácil recordar sus pechos,
sus brazos, su pelvis, su cintura, sus piernas,
que el recuerdo que llevaba, como una seda,
entre las manos. Fue más fácil completar
en otros borradores la imagen fiel.
No hay nada real aquí. Nada que no lo sea.

Epílogo

Ya no están las dos casitas sobre los blancos médanos,
se han ido los últimos parroquianos del bar y el frío
de las cañerías ha despoblado finalmente los hoteles,
las plazas, los cines y las avenidas.
Los perros, finalmente, se han diluido, como manchas,
en el trigo.
Ya no queda el payaso, ni el hombre feliz, ni aquel verso
que leímos una madrugada. Ya no queda la vida.
Vayámonos.
Pero queda.

Bonnard (1942-1947)

Adenda
“Edward Hopper, Nighthawks, 1942″, de Joyce Carol Oates

Los tres hombres están completamente vestidos, de manga larga,
e incluso tienen puestos los sombreros aunque están en el interior,
todo está brillantemente iluminado,
y hay una mujer. La mujer lleva puesto
un vestido rojo de mangas cortas, cortado para exponer sus brazos,una curva de sus pecho color crema; está contemplando
un cigarro en su mano derecha, pensando que
su compañero ha dejado por fin a su mujer pero
¿puede confiar en él? Sus pesados párpados,
su sensual boca pintada, tiene la auténtica lividez
de una pelirroja, como leche descremada, peligrosamente bella
y supone que lo sabe pero ¿exactamente qué
la ha traído tan lejos, y dónde? —él empezará
a sentirse culpable en un par de días, conoce
los signos y el olor verdadero: sudoroso, rancio, como
a medias sucias; se escabullirá para hacer llamadas telefónicas
y ella jura que no va a pasar por todo eso
otra vez, que no va a quebrarse y llorar o rogarle
ni le va a gritar, está harta
de todo eso. Y él está silencioso a su lado,
no es un hombre como para hablar demasiado, pero está pensando
que gracias a Dios hizo esa buena jugada al fin,
está un poco aturdido como un hombre en un sueño—
¿esto es un sueño?—sí, considerando que es ancho, está quieto,
mudo, horizontal, y el hombre del mostrador de blanco,
detenido como él y sin moverse, y el hombre
en la otra silla sin moverse salvo para sorber
su café; pero se siente bastante bien,
sobre todo aliviado, esta vez está completamente seguro
de que va a funcionar, se lo debe a ella
y a sí mismo, por el amor de Dios. Y ella está pensando
la luz es demasiado brillante, probablemente
no demasiado halagadora, odia cuando su lápiz labial
se le gasta y el maquillaje se apelmaza, le gustaría
ir al baño de mujeres pero no hay uno
y sabe Dios cuánto falta para que abra una estación de servicio—
es la mitad de la noche y tiene el presentimiento
de que el tiempo no va a moverse. Esta vez
sin embargo, no va a rebajarse—
él empieza a hablar de su esposa, sus hijos, cómo
los decepcionó, cómo ellos confiaron en él y él
los decepcionó, y ella saldrá dando un golpe del maldito cuarto
y si él le dice Mi amor o Nena con esa voz,
pasando sus manos sobre ella como si tuviera el derecho,
le dará una cachetada, Sabés que odio eso: ¡Pará!
Y el va a parar. Más le vale. Cuanto más furiosa
se pone, más quieta está, no ha dicho una palabra
en diez minutos, ni siquiera uno de sus cabellos
se mueve, y huelen un poco como a ceniza
o a la henna que usa para aclararlos, pero
el olor es débil o lo que sea, con lo loco que él
está por ella no se da cuenta o no le importa—
enterrando su cara caliente en su cuello, entre sus pechos
fríos, o sus piernas—en cualquier lugar en que ella lo acepte
o en cualquier momento. Ella sigue contemplando
el cigarro ardiendo en su mano,
el del mostrador sigue detenido mirándola
boquiabierto, y no le importa, ¿por qué no?
siempre y cuando ella no le devuelva la mirada, de hecho
el está pensando que es el hombre más afortunado del mundo
así que ¿por qué no es más feliz?

Publicado originalmente en Transforming Vision: Writers on Art,
de Edward Hirsch (1994)


El primer poema fue publicado en 2015 por Patricia Damiano, el segundo, en otro blog.

Acompaña la entrada, ahora, una fotografía de Laetitia Molenaar que revisita el cuadro Chair Car, de Edward Hopper.

Es el eco, dulce: poemas de Mary Wollstonecraft Shelley

La doliente

¡Richmond! Su ira han desahogado durante cien años
en vos, y arruinaron tu amplia muralla,
tu una vez fuerte barbacana y tu salón principesco;
pero ninguna tronadora explosión, ningún ejército hostil ha roto
tu majestuoso torreón— ahí toda almena
y contrafuerte se sostiene, como cuando la llamada del Conquistador
despertó a tu hostil anfitrión, y miró con desaprobación
la escena en que el Swale mezcló salvajemente sus bellezas.
¡Majestuosa mole! Aunque los amigos, como tus paredes listas para la batalla, decaigan,
y las pasiones queridas, como tus señores, se vayan, enseñá esto a mi corazón:
a nunca inclinar mi cabeza ante los vaivenes de la fortuna,
y a desdeñar con tranquilidad los dardos envenenados de la infamia,
y todavía, como vos, sin doblarme, a enfrentar el inconstante día.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante!

¡Bella Italia! ¡Todavía ilumina tu sol, tan brillante
como cuando sobre mí derramaba amor, esperanza y alegría!
La parte mortal de quien murió demasiado pronto:
junto a su humilde cama deseo descansar.

Escrito el 10 de setiembre de 1833, apareció por primera vez en el artículo “Newly Uncovered Letters and Poems by Mary Wollstonecraft Shelley”, de Betty T. Bennett, publicado en 1997 en el número 46 del Keats-Shelley Journal

Canción

Cuando ya no esté, esta arpa que suena
profunda, con los tonos de la pasión,
colagará desafinada sobre mi túmulo sepulcral,
con las cuerdas rasgadas.
Entonces, mientras la brisa nocturna cubra
su solitario marco en ruinas,
buscará la música que de antaño vino
a recibir sus murmullos.

Pero vanamente soplarán los vientos de la noche
sobre todas las cuerdas;
muda como la forma que duerme debajo
descansará la rota lira.
¡Oh, memoria! Sé tu unción bendita,
vertida entonces en torno a mi cama,
como un bálsamo que ronda el corazón de la rosa,
cuando su flor ya hace tiempo se ha ido.

Publicado originalmente en la edición de 1830 de la revista anual The Keepsake (1829)

Tributo a vos, querida, consuelo de mi vida

Para Jane [Williams], con el Último Hombre

Tributo a vos, querido consuelo de mi vida.
No rechaces esta tu ofrenda de Mary;
un cuento de dolor, abundante en penas,
homenaje inapropiado, cercado de cipreses, llevo—
es el eco, dulce

Escrito el 23 de enero de 1826, apareció por primera vez en Mary Shelley: A Biography, de Rosalie Glynn Grylls (Londres: Oxford University Press, 1938)

La Vida es sueño

La marea del Tiempo estaba a mis pies,
fluía con calma, en parejo movimiento.
Con el corazón alegre mis ojos podían saludar
la llegada del reluciente océano,
hasta que en su completud una tormenta fatal
envolviera en sombras macabras la forma poderosa.

Entonces hacia atrás volvió el reflujo del Tiempo
mientras yo con ansiosos pasos lo perseguía,
y aunque la hora había perdido su mejor momento
e incluso cuando se ensanchaba la leve playa,
pasé bordeando la inconstante y fugaz rompiente.

Hacia atrás y más las aguas rodaron,
más rápido todavía retrocedieron las olas,
y enfriaron, ¡ay!, mis esperanzas,
mientras yo, prestando atención a la promesa trunca,
contemplo la desolada y desierta ribera,
y deambulo triste por la arena estéril.

Escrito el 26 de julio de 1833, fue publicado por Jean de Palacio en 1969


La imagen que acompaña la entrada es un detalle de una ilustración de las ruinas de las abadías de Yorkshire (1883), de William Lefroy.

Vivo dentro de estas palabras: un poema de Ursula K. Le Guin

Fragmentos de la escritura de las mujeres

En los años 80, un lingüista chino descubrió un grupo de ancianas en Hunan que usaban la caligrafía antigua, escrita y leída exclusivamente por mujeres, que “usa un sistema gramatical y de sintaxis invertido, muy distinto al chino”. Se asemeja a los labrados de hueso de la dinastía Shang (siglo XVI a.C.) y a la escritura de la dinastía Chin (siglo III a.C.). Las mujeres locales creen que la escritura, que las madres enseñan a sus hijas en el hogar, fue inventada por una concubina de la dinastía Song para aliviar su soledad, pero el profesor Gong Zhibing piensa que la lengua, demasiado compleja para ser creación de una sola persona, es un vestigio de los sistemas de escritura perdidos cuando Qin Shi Huang, el Primer Emperador, unió China en el 221 a.C. Qin Shi Huang unió la escritura china al prohibir el uso de cualquier otra, salvo sus caracteres de los pequeños sellos oficiales. Los hombres aprendieron la nueva escritura oficial. Las mujeres, lejos de las escuelas, mantuvieron la antigua en privado.
La mayoría de los textos son poesía, autobiografía, cartas y canciones. Las muchachas se unían en sororidades bajo juramento, “usando la escritura para documentar sus lazos y corresponderse mutuamente después de que hubieran crecido y se hubieran casado. Pocos escritos sobrevivieron, porque las mujeres pedían que todos sus textos fueran quemados cuando ellas morían para que pudieran leer sus obras favoritas en el más allá.” El profesor Gong conoció dos mujeres en sus 80 que todavía podían leer y escribir la lengua. Las únicas sobrevivientes de una sororidad de siete habían quemado sus copias de las escrituras de una tercera hermana cuando ella había muerto.
Leí la información de más arriba en un recorte de The China Daily de Beijing y escribí las traducciones imaginarias que siguen en 1992. Desde entonces he visto un anuncio editorial de traducciones reales de esta escritura de mujeres.

Hija: estos son los caracteres
prohibidos por el Emperador.
Estas son las palabras de hueso,
las hendiduras del lado de adentro de las conchas.
Esta es la otra gramática.

Hermana: documento nuestra unión
y te correspondo
dedo a dedo, ojo a ojo.

Desenvolvé la vieja seda muy lentamente.

Hija: escribí con leche,
como yo hice. Acercala al fuego
para que las palabras aparezcan.

Hermana: mis mangas están todavía secas,
pero vi una luna oscura este otoño
muy lejos, río abajo.

Mi Señor estaba enojado pero le dije
que era mi lista de ropa para lavar.
Se rió, entonces, “¡Garabatos de gallina!”
y reí.

Hija: aprendé la lengua del revés,
invertida en el ojo de la tortuga.
Usá los huesos para hacer sopa.

Un ejército de hombres
de pesada cerámica roja
bajo la colina junto al río
donde lavamos la ropa.

Hermana: sus muslos son de jade
y su palo un bambú fuerte,
pero no hay nadie con quién hablar acá.

No quemes todas tus canciones, madre,
por mucho que las ames.
¿Cómo cantaré humo?
Dejame la que habla del otoño.

Hermana: esta forma es mía.
Vivo dentro de estas palabras,
como una tortuga en su caparazón,
como la médula en el hueso.

Hermanas: esta es una montaña más fría
que la del tigre, y los huesos
sólo dicen que nieva.

Hermanas: guarden mis recamados,
manden mi vida tras de mí.
Mi autobiografía era la parte de adentro del caparazón de la tortuga,
las pequeñas hendiduras en los huesos,
un hilo de seda, una gota de leche.
Una vida demasiado vasta
para la pequeña escritura del Emperador.

Quiebro cada palabra de tu carta
y chupo su dulzura.
¡Cómo cantará en el fuego!

Hermanas: ¡quémenme, quémenme,
dejen que la nieve caiga en el río!

Madre: entré en el colegio como un hombre
pero expusieron mi cuerpo
y escribieron sus pequeñas palabras en él
hasta que se redujo a una sombra.
Me puse la caparazón de la tortuga
y me arrastré al fuego.
En el oráculo agrietado
podés leer que el Imperio
caerá.

Nuestros caracteres
han estado prohidos desde siempre.
¿Desplegarán las últimas hijas
la seda guardada en secreto
a través de todas las dinastías,
o convertirán nuestras palabras en fuego?

Hermana: estoy sola. Escribime.

Publicado originalmente en Going out with Peacocks (1994)


La imagen que acompaña el poema es una fotografía de las marcas adivinatorias en un hueso, de la dinastía Shang (c. 1600 to 1050 BC), publicada por la British Library.