Variaciones sobre la casa

1. Todos le decimos la casa, pero quién va hacia ahí, quién se escapa, quién queda, quién huye, quién tiene, quién sabe, quién dibuja, quién escribe, quién mira una casa, quién sabe qué es lo que espera más allá de los árboles, en un claro abierto de la casa, el plano de tierra o esas dos paredes de arena amarilla, el cielo con sus estrellas, el espacio donde termina.

2. Era fácil ponerse de pie, cuando todo parecía moverse con cierta consistencia, ir hasta la otra habitación (cruzar el muro blanco que por convención llamamos aire), servirse un vaso de agua en completa penumbra, seguir con la mirada el paso histérico de una mosca que acaba de colarse por la ventana entreabierta, recordar de pronto un verso y ahí sentir cómo sube la voz lejana, una imagen que empieza a escribir sobre la carne como las espinas, las uñas afiladas de un gato, el doble haz del viento el verano aquel en que me iba cada tarde al arroyo para aplazar el tiempo en brazadas.

c. A veces entran inmensas, oscuras, audaces. Me gusta mirarlas pasar por las habitaciones zigzagueando en busca de una abertura que les permita, conjeturo, volver al exterior. Son raras estas moscas, porque parecen torpes pero son veloces y hacen un sonido molesto y agradable al mismo tiempo: a veces están muy cerca de salir pero justo cuando van a atravesar el umbral se vuelven, como si la corriente más fría les diera miedo, como si de pronto se dieran cuenta de algo terrible: como si en ese instante comprendieran o recordaran todo lo horrible que hay afuera, porque de ahí vienen.

Yo las miro hacer, aunque no sé qué es lo que hacen. Siempre llegan de a una, dan algunas vueltas y se retiran. Van así, dejando un rastro por la casa, el desorden de su paso espiralado y breve. Sus huellas, claro, son invisibles, pero me parece verlas por ahí, como líneas de energía, tensas, como telas de araña traslúcidas en las que nadie cae jamás pero que establecen los límites de un reino infinito.

8. Se siente como un sonido, como el ruido que hacemos al separarnos. Basta hacer silencio durante exactamente quince minutos y veintitrés segundos para oírlo: es más cierto que esta mano.

e. Son sombras que se superponen, pliegues de color que se abisman y desgarran como la carne. Su rosa parece temblar como un mapa del límite y todo se expresa sobre esa piel erizada de venenos. Sospecho que su gusto es seco y que muere cuando la miramos, por eso me clavo una espina para escribir, para hundirme en el hondo campo de ausencias, el cementerio espigado que crece como la noche, sobre sí mismo. La flor espanta por su color, no por el aroma que imaginamos y no podemos tocar, sino por esa cosa que es como su nombre, invariable para todos, hecho de trazos.

9. Su mes de vida, poco menos, debe ser un periplo agitado, pero para nosotros es apenas un instante. Para un ser más longevo, que vea lo lejano como si lo tuviera enfrente, imagino, las moscas nacen muertas.

Cuando la veo así, cercana a la extenuación, a la mosca, tan grande como un poroto, no puedo sino acelerar mi pulso cardíaco, y mi corazón trota por el borde de mi cuerpo como un caballito suelto, siempre a punto de despeñarse.

Ese es el motivo por el cual se agita cuando ve a la mosca colarse por la hendija distraída de la ventana del cuarto: para recordarla. Porque ve algo que después entiendo en esa mosca, en las líneas marrones que atraviesan el tiempo de detención, los pliegues precisos de esa piel que se frunce como una boca despintada, que se hunde como una herida.

Se posa la mosca sobre la cicatriz y entonces vuelvo, porque ella sabe que a eso tienden todos los cielos y todos los mares, a ese espacio donde entró el acero y salió la sangre, esa marca ahora blanca de piel tímida, fina, ambigua, de piel que recubre y guarda, que esconde a la vez que muestra, como ella misma, mosca del sueño o la vigilia, cuando pasa, agilísima y ruidosa, frente a mí que la espero, con todo abierto, indicándole el camino de regreso.

4. Así pienso en la casa: me veo fuera de mí, desde atrás, cortando puerros en la cocina, la espalda apenas curvada hacia adelante, la cabeza inclinada sobre la tabla y el cuchillo. Solo ahí entiendo qué tiene de verdadero una cama. Es porque la veo, analíticamente, por sus partes, también las ideales: las patas, la parrilla, el colchón de espuma o resortes, la cabecera sencilla, las sábanas de flores, la manta que la cubre, las almohadas y otra cosa que no sé, el peso de los cuerpos, la marca delicadísima de una mano o la rodilla. Todo eso que llena el aire. Esas siluetas que andan por ahí, desatadas, a todas horas, en las calles muertas, y que dicen fechas como si fueran palabras de amor.

m. Miro mi cuerpo ahora en esa silla, las piernas cruzadas, las manos quietas colgando a los lados, mientras el sol se hace cargo de mí, mientras el sol pone en mi frente sus gestos parciales, la lenta evolución de un día. Y despierto y estoy lejos, tirando piedras al arroyo frío.

6. Quizás vivan dentro de latas estas moscas, o sobre la carne putrefacta de un cuervo muerto en pleno vuelo, o en el giro último de una hoja del helecho, ¿hablarán entre ellas con sus patas relucientes, se dirán buenas noches?

21. Pensaba dos líneas paralelas (las líneas solo existen en la mente). Pensaba en esas líneas eternas, en un espacio eterno, eternamente desarrollándose, líneas cuyos puntos se persiguieran siempre hacia adelante, hacia una luz clara que resplandeciera en el fondo, como el sonido metálico del mar cuando rompe. Ese ruido hace la luz: el de la ola cuando se deja caer sobre la orilla de piedras. No es un suave murmullo, no es un arrullo, no es la nana infantil. Es el ruido de la ola cuando se deja caer sobre la orilla de piedras.

b. Espero que las cosas se abran para mí, pasado el temporal, como los helechos que recorro con la mirada en súplica, contando sus hojitas, cuentas de un rosario vegetal. Y todo espera: es el gato que veía sobre el muro de enfrente, cortado a destiempo. Es el gato al sol, suplicándole a la lluvia una hora más de distensión, antes del desagüe. Entonces, súbitamente, el cielo se pone negro y el agua impacta en la nariz, luego en los oídos, hasta que finalmente llena la vista, nubla la ventana.

11. Quien pueda sugerir un cambio mejor, algo que sea esperable o verdadero o definitivo o al menos tenga cierta apertura hacia el día, que diga fuertemente su nombre. Pero que sea el nombre verdadero, no la cosa que mostramos impúdicamente ante todos, el rastro de enfermedad, la contraseña para el intercambio.

No tengo fe de nada: sé que los nombres se encuentran desde adentro, expuestos sobre la superficie rugosa de la piel como las marcas del elástico que deja la ropa interior después de un día largo. Aquello que sabíamos atravesar sin mirar a los lados, la cebra segura, el despliegue de automóviles y la luz.

a. Nos vino a visitar una abeja. Llovía y se puso a resguardo en el balconcito. Entonces quisimos hacer algo por ella: le dimos miel de castaño, para mostrarle de algún modo que estábamos honrados por su presencia.

Ella se quedó quieta.

Al rato volví a verla y ya no estaba.

13. Era, en un sentido muy propio, el fruto del pensamiento, la manzana. De la duda, también, y de la transgresión, pero sobre todo del raciocinio. La capacidad de decidir, abrir el camino de tres que nos separa. Yo leía “La manzana de la discordia” (hablaba de una ciudad y de otra, casi mítica, de dos guerras, y de una diosa dorada, de tiempos más suaves) y pensaba en tantas cosas…

No había en la frase, sobre un dibujo cursi, nada de raro, pero yo no podía dejar de pensar en ella. Ni en el fuego, ni en el temor del fuego, ni en la mano hermosa, ni en el joven pastor, padre de tantas desventuras. Yo no podía dejar de pensar en ella, triplicada como el otro, expectante, llena de tanta acción que esperaba la mano, mi mano, la mano, mi mano, la mano elegida en fingido sacrificio.

Adentro estaban, apiñadas, las semillas.

e. Son sombras que se superponen, pliegues de color que se abisman y desgarran como la carne. Su rosa parece temblar como un mapa del límite y todo se expresa sobre esa piel erizada de venenos. Sospecho que su gusto es seco y que muere cuando la miramos, por eso me clavo una espina para escribir, para hundirme en el hondo campo de ausencias, el cementerio espigado que crece como la noche, sobre sí mismo. La flor espanta por su color, no por el aroma que imaginamos y no podemos tocar, sino por esa cosa que es como su nombre, invariable para todos, hecho de trazos.

20. ¿Disfrutan también ellas de la miel, las abejas?

12. Una cosa era comer lentamente una manzana, como si este día fuera el último, y otra muy distinta era lanzar la manzana al baldío de al lado, exponerla a los climas, a la arena febril, a los insectos todos en manada.

Pero esas son las opciones que ofrecía el tiempo: entregarlo a la putrefacción o tragarlo como si fuera un vaso de agua fresca.

15. Era una manzana perfecta, de un color curioso: no el verde brillante al que estaba acostumbrado, sino otro, con más amarillo, mucho más delicado. Estaba sola en un gran plato de porcelana blanco y parecía decir algo muy por lo bajo. Lejos, sobre la mesa, se le superponía otra manzana, esta vez roja, y la palabra manzana, la palabra con sus letras claras, y una voz también, que ofrecía la manzana, la mano que la alcanzaba a través del mostrador, la mano que la recibía del otro lado, la navaja de mango de madera con la que la manzana, la palabra manzana, era cortada, el sueño en el que una manzana se cubría rápidamente de hormigas al ser lanzada lejos, antes de caer, el recuerdo de la manzana, de la primera manzana, de aquel diagrama de la manzana partida al medio, sus semillas apiñadas, el sabor agrio de las semillas, del cianuro, la manzana podrida, en un frasco grande, la manzana abierta, hervida, la manzana llena de arena en la playa, la sed, la manzana y la sed y la palabra sed dicha muy lentamente, como si fuera una hechizo, está arenosa.

34. Estaba así todo puesto, en la mesa, y yo pensaba en dos líneas paralelas. Las líneas del mantel blanco que había sido de mi bisabuela, creo, o del ajuar de casados de mis abuelos, da igual: eran líneas que seguían y ellas sí, salían, se abrían paso por entre las plantas del fondo, del ciprés inmenso, el esqueleto de las hamacas, más allá de las orquídeas y hacia el final de todo. Y dónde estaba, quién sabe, dónde ponía la mano para indicar que ahí comienza el instante en que todo comienza.

3. Salíamos a caminar para estirar las piernas: era algo mucho más intenso, más cierto que salir del cuarto, pero también más doloroso. No había nada peor que perder la cuenta de flores o ventanas que veíamos al pasar: siete mil ochocientas quince, quinientas seis.  

7. Nos hace esperar, la margarita. Deseamos hace días ver sus colores de nuevo, después de que sus primeras flores se secaran, pero nos elude aunque el sol es amable con ella. Agua no le falta, ni la atención que necesita para desarrollarse.

Le cortamos algunas hojas, es cierto, pero siempre contando con su perdón.

g. La vuelta que da el insecto es perfectamente comprensible: entra en un gesto. Sin embargo, sus motivos pertenecen a la parte de oscuridad que llamamos misterio.

El cuello del animal suda y quizás el bicho busque un ángulo mejor para picarlo, para sacarle quién sabe, una gota ínfima de sangre dulce. De eso quería hablar: de los tiempos en los que podía dibujar con cierta seguridad un círculo y llamarlo de cualquier modo, sacarlo a pasear por el patio, más allá de las cañas, más allá de los pinos, hasta la playa incluso, para que el círculo trazado por esas alas cristalinas pudiera ver el agua, hundir los pies en la arena de la orilla.

n. Eran días ciertos, cuando solo hablábamos de fantasmas. Ella miraba absorta un punto de la pared (justo donde se une con el techo) y decía palabras que parecían islas, cosas sueltas, como arrancadas de un conjunto mayor, cuyos nexos se hubieran hundido bajo el agua negra del silencio.

Yo intentaba hacer algo con eso, completar el discurso con cosas heredadas. Pequeñas plumas, piedras, una medalla de guerra, cartas de amor en italiano, un libro viejo, cintas de colores. Unía sus sustantivos opacos a verbos incandescentes, adjetivos espinosos con adverbios romos, pronombres y artículos sordos y conjunciones y puntos dispersos como granos de sal.

Al final, tomaba las líneas de diálogo que había armado, fragmentos de un texto mayor que se desdoblaba expansivo. Estiraba los brazos como si tuviera entre las manos una guirnalda, como si mostrara un telar, solo para sentir el ruidito que hacen las cuentas al caer, solo para verlo en el suelo, disperso como agua.

ñ. Entonces apenas sacudía la cabeza esperando que eso bastara para hacerme entender. Estaba dando señales a algo que estaba más arriba y que ya no alcanzaba a ver del todo.

21. Pensaba dos líneas paralelas (las líneas solo existen en la mente). Pensaba en esas líneas eternas, en un espacio eterno, eternamente desarrollándose, líneas cuyos puntos se persiguieran siempre hacia adelante, hacia una luz clara que resplandeciera en el fondo, como el sonido metálico del mar cuando rompe. Ese ruido hace la luz: el de la ola cuando se deja caer sobre la orilla de piedras. No es un suave murmullo, no es un arrullo, no es la nana infantil. Es el ruido de la ola cuando se deja caer sobre la orilla de piedras.

46. Era nuestro sueño, verlo todo desplegarse. Hablábamos horas en el living de mi otra casa y no sabíamos que en esa charla estaba ya todo lo que íbamos a poder desear.

Las palabras serían, para nuestra posterior sorpresa, todo lo sólido que teníamos.

47. A veces yo miraba la noche y era un color que respondía. Le preguntaba cosas y la noche, con su voz oscura, me respondía con lentitud, siempre diferida.

Yo le preguntaba, por ejemplo, a la noche, “¿de qué color es la parte inferior de las cebollas?”, y ella meditaba largamente y soltaba palabras como semillas, pero la duda seguía ahí, latiendo sin respuesta. Quien haya escuchado la voz de la noche sabe de lo que hablo, de su elemental inconsistencia, de su lenguaje aproximativo, vago, hondo.

48. No quería hablar de mí, si hablar de mí era decir cosas ciertas. Quería contar, aproximarme al borde de esta voz, torcerla un poco como si estuviera inventando algo. Quería oír otras cosas por detrás de esa silueta que se dibuja cuando digo lentamente la y griega, la o: letras como si fueran el comentario de otra cosa, o la sombra de un rechazo, de una mano terrible puesta sobre mí, como si fueran el espacio de incertidumbre que se abre en las fotografías antiguas, esas que miro ahora pasar como un desfile en plata y negro, y todo lo que adivino en las manchas blancas, profundas como preguntas. Ahí se esconde todo lo que podía abarcar la mirada antes de la niebla, ahí están mis ojos de antes, de cuando no era miope, de cuando veía la diferencia de las cosas.

49. Esa consistencia, de las cosas y sus vibraciones, me traía la imagen de un caballo.

No sé quién dijo que el caballo se parece a la memoria, pero ahí va, por la noche, herido en la boca, errante y desierto. Esa era la consistencia de las cosas abiertas ante mí como palmas. La inconsistencia del potro cuando se detiene de golpe, desarzona a su jinete. 

Ese es el recuerdo, lo que llamo la historia: un caballo que se detiene de golpe frente a una tranquera y el movimiento que realiza su cuello al verse liberado de la presión de las riendas.

5. El movimiento de los colores parecía indicar algo cierto. Y ahí estaba, sin embargo, la vuelta a lo desconocido, que se abría ante nosotros desde adentro. Podía ser la indecisa margarita, que tarda en abrir, como un recordatorio de nuestro cansancio. Podía ser la margarita, sí, que trajimos del supermercado y ahora nos acompaña en las largas tardes quietas.


Estos textos aparecieron por primera vez en el blog Sotobosque, bajo los títulos «Moscas«, «Lluvia» y «Duelo«. Las imágenes que los acompañan son una serie de fotografías realizadas para ese fin por Gastón Haro.

El recordador

Sequía

1

En la boca es barro espeso
la nube de tierra, blanca
árida, casi invisible
que se aferra a los pantalones, llena los pulmones
y obstruye la voz.

Entre las piernas es el cielo pequeño que empieza por levantarse
de a poco y se va formando sobre los cultivos
—la tierra ordenada, los arduos tomates, las calabazas en la oscuridad parcial de la glorieta,
las espinacas y la invisible remolacha, en un silencio atroz de sol encendido.

Caminamos por ese blanco,
figuras estiradas que a lo lejos lanzan chispas.
Un discreto halo nos señala: la sombra que proyectamos
sobre el polvo de densidad evanescente,
extracto de piedras que adquirimos
a cada paso.

Dejamos atrás las galerías de árboles, las esculturas, el alto laberinto, el grito de los cuervos,
la exuberante humedad domesticada, asfixiante, y la quietud final
de las flores apiñadas: nos recuerdan,
brújulas perversas,
que ya estamos siempre afuera.

2

Vuelvo a entrar al silencio. Las cosas organizadas así, dispuestas así por alguien, brillan secretas. Esta vez son piedras, pero podrían ser alas de mariposas soñadas o entrevistas, cucharas con restos de azúcar blanca, un autito de juguete recién sacado del envoltorio plástico. Ahí están y en ellas gravita el nombre, letras secretas que se desprenden del aire que las rodea. Son fantasmas sólidos que respiran callados, casi sin moverse, contando lentamente los segundos. Como un niño: como el niño escondido detrás del esqueleto de caballo, planta monstruosa, hace veinte años o más, quieto, atento, listo para correr. Y pasan en la piedra las manchas rojas, las gacelas saltando por la sabana seca, el sonido de un gorrión, un patio pequeño, hecho de aire cuadrado. La voz lejana y el parral, una campanita imitando el sonido de una campana. Todo el tiempo se sostiene así: como el polvo imposible sobre las piedras limpias —malaquita, obsidiana, amatista, el resto de un meteorito que rompió la atmósfera y el oro de los Incas. El libro blanco sobre las piernas del que lee lentamente una fábula de manzanas y prodigios. Ahí está todo: su voz dramática se detiene y comenta, agrega detalles a los viajes del héroe, salta párrafos cuando me aburro, se ríe y se entusiasma con el progreso de la acción. No deja un solo instante contaminarse. Hace calor y el perro está por ahí dando vueltas, arrastrando los pies de cansancio y no entiendo la diferencia entre eso, entre ese perro casi ciego en mi memoria y el que reconoce a su dueño que al fin vuelve. Por las hamacas van creciendo las orquídeas sin que las veamos y hay algo que se ha roto. El ticket sale de la máquina con un crujido verde y entro. Las piedras esperan, inmensas, traslúcidas, brasileñas. Unas brillan como las noches, el cielo despejado de la noche estival, los hielos en el vaso, una voz que murmura algo mientras aprieta con la mano una bolsita. Es de pronto nuestro el secreto, una risa que se siente para decir. Bajar la escalera apurados, conteniendo la respiración. Subir el repecho. Entenderlo.

Barcelona

Eras el eco alegre en el patio gótico
el agua que baja la montaña
un rojo apenas apagado contra la pared del templo.
Eras la plaza de elásticas palmeras
un clamor discreto de paseos y avenidas,
la casa de animales, el bosque techado,
el secreto de las calles angostas
olor a chocolate y libros,
la rosa del amanecer y el dragón nocturno.

Pero yo bebí la luz opaca
de tu herida, que es fuego en la boca,
voz de cárcel, la puerta cerrada a todo momento a los que miran,
los ojos siempre fijos en la manecilla
anhelando verla aparecer,
apretando papeles, órdenes, en los puños.

*

El que espera conoce las puertas,
cada nombre, número, el lugar que corresponde a las cosas,
el color de la tinta, el sonido que hace una tijera cuando corta, una hoja cuando cae,
el espacio entre el suelo y el lado inferior de la silla
la temperatura de las baldosas,
la respiración apagada de las polillas, la intensidad de la luz de cada habitación, la densidad exacta del agua,
el tiempo que se demora en abrir bien la ventana y el que demoran las piernas que van y vienen por el corredor, crujientes de papeles.

Y ahora estás, caja absurda,
con tus trancas por fin expuestas como la prisión que siempre supiste ser,
como las delicadas piezas de tortura
hechas para cerrarse.

Rapto

Le dicto una historia imposible de romanos y vikingos, que olvido entonces y ahora no recuerdo. Él profesa el amor de las palabras inusuales, que irrumpen en este instante, después de tanto tiempo (como la noche de repente), y libera un adjetivo —inhóspito— que tiene ya el lejano sabor de la magia del descubrimiento, cuando todo era nuevo,
de una fruta o después de la sólida disposición del mármol, de los caballos en batalla bajo la arena y ahora expuestos por fin al aire quieto del museo, del baile delicado de la voz cuando separa en sílabas Bu-cé-fa-lo y todo tiene un color dorado por la historia,
que es el conjunto feliz de tardes sobre las piernas de mi abuelo, bajo árboles generosos de sombra, mientras suena un agua intensa de nombres que guardaba como piedras y hoy saco de la bolsa para verlos:
el león en el mausoleo de Halicarnaso, la mano ligera de Hermes que pasa en vuelo, pagodas de la China, el sol de Cuzco, atardeceres en Pérgamo o Damasco y esos peces del mosaico ahí enfrente, más vivos que todo lo que toco o las bocas de las carpas oscuras que atraviesan, para respirar,
la superficie del arroyo traspasado desde abajo por los juncos y, si cierro los ojos, por las ramas flexibles de los sauces
en la orilla del río Guaviyú.

Diario de la grève (poema satírico en trece partes y un proemio)

La abuela puso las lentejas en remojo,
se secó las manos en el delantal (primero el revés y después las palmas)
y señaló un punto de sombra más allá de la cocina:
ahí está, me dijo,
el Primer Mundo.
Y yo ansiaba eso: la sangre caliente de los ganados,
como un ruido sordo sobre la pampa o la página,
el murmullo de los ríos o de las procesiones,
la respiración de la computadora cuando se queda quieta.

1

Y alguien murmuró
esto que pasa por el cielo claro (como un relámpago en una tarde estival)
es la eternidad.
Todos dejaron de trabajar al instante
(ruido de herramientas, martillos y lápices,
contra el piso)
y miraron hacia arriba, las manos por viseras,
a la estela brillante que dejó la eternidad,
como Ho-Oh en lo que hay de inalcanzable de mi infancia.
Había que verla pasar:
tenía garras afiladas y, como Ho-Oh en lo que hay de inaclanzable de mi infancia,
plumas brillantes de colores maravillosos.

2

Y todos dijimos,
con la cartebleu bien aferrada:
eso es lo que queremos conquistar.
Pero después cayeron adoquines de los pisos altos
y hubo humo y sirenas y noches sin dormir.
Y hubo la pesadilla inmediata:
¿qué hacemos con los hookups?

3

La maquinita de levantes se puso a contar al revés:
restó los kilómetros y lo dividió por metros
y luego empezó a unir lo incompatible y a disolver lo indisoluble.
Las nudes saturaron las habitaciones transparentes.

4

Pero había un problema: dónde iba la plata en números
por dónde corría, qué camino tomaba cuando había tanta gente ¡tanta gente!
en la calle.
Hombres y mujeres se mudaron a sus hoteles
para poder contestar el teléfono ardiente a todas horas
y las avenidas se llenaron de hojas y bicicletas.

5

Ya se sabe lo que pasa cuando mucha gente se mueve:
las piernas se cansan.

6

Estábamos todos solos.
Nos mirábamos las manos atentamente cuando se estiraban
con un billete doblado
para pagar un café.
Hablábamos bajo, absortos en la nube musical,
intercambiábamos cosas: dábamos y recibíamos
vasos con alcohol, pastillas, vapes, porros, puchos
y un melancólico polvo blanquecino.

7

Estábamos despiertos a toda hora
porque el límite del mundo era claro.
Nos dejamos arrastrar por los museos, indolentes,
swipeando obras, murmurando putain
merde
carajo.

8

Saloperie
decíamos: anulación, bloqueo, silencio. Todo se transmitía
en cintas a rayas
blancas y rojas
cerrando el paso.

9

Pero podíamos entrar por el agujero que se había abierto,
por el espacio del grito que llamaba
con voz de comunero, bajo las sábanas.
Al final, las cosas ciertas no eran sino una postergación de la verdad.

10

Y quién tenía el control de los metros automáticos
y quién dirigía el tránsito de avispas por el bulevar Haussmann
quién encendía las luces navideñas cuando caía la tarde
abría las puertas al norte, al este, al oeste y al sur
quién dejaba pasar a los mensajeros con las manos llenas de cartas y paquetes
quién respondía los emails
recibía a los turistas con los pies cansados
abría la puerta de las embajadas
quién traía café temprano, ponía la mesa, levantaba cajones de manzanas,
empezaba las oraciones, ponía los puntos

11

Pero las cosas siempre (siempre)
se cobraron ellas solas: la plata siempre (siempre)
vivió su vida en sí misma, guardada en cajas imaginarias
o corriendo como una sangre traslúcida.
Siempre fue la esfera perfecta que se hace a sí misma
y a sí misma se consume.

12

Había sólo una cosa tangible:
las bibliotecas eran, cuando abrían,
el paraíso de los creyentes.

13

Y en la estación subíamos escaleras desconcertados
perseguíamos trenes
tímidos
doblábamos abruptamente, para chocar con otro cuerpo,
el cuerpo de otro que se volvía tan real de pronto como el fuego en la televisión
como el vidrio roto de una tienda
como el gran cartel que decía «Es tanta la mierda
que ya no sabemos
qué escribir».

Poema de amor

Eran esas las palabras que te podía decir
sin que sonara trivial: palabras algunas simplísimas
como mesa o espejo
que veías con claridad, podías sostenerlas y tus manos
brillaban, encendían la habitación.

Cada vez que yo empezaba a hablar
vos te dormías y yo era devorado cada vez.

Porque teníamos una manera de entendernos
a través del reflejo del metal, la noche azulada pegando en la superficie
de la pantalla del celular,
lluvia de estrellas cuando cae de punta y se desbloquea
contra el suelo.
Y así es cuando empiezan a fundirse sábanas, cubiertos, azulejos.

Qué podíamos hacer entonces si el mar era una sustancia impronunciable:
su nombre lo dejábamos olvidado todo el tiempo
y volvía cuando creíamos que ya no estaba entre nosotros
como un encantamiento.

Era el sonido el que nos avisaba
cuando de pronto se iba la voz y abríamos los ojos cansados,
nos tocábamos como para entender dónde terminaba el cuerpo
y cómo estaba acá la noche acostada de nuevo,
ocupando el espacio que guardamos al sueño.

Montevideo

Hay pocos gestos
más vanos que decir ahí está Montevideo
mientras se señala un claro entre los árboles
o una llama encendida de pronto.
Porque si la historia corre como rieles paralela a la llanura
la memoria es el rayo que espanta al ganado
lo dispersa en un galope torpe de animal herido.

Si veo entre las páginas sonar la temperatura precisa
de una mañana cerca de la rambla
a la espera de un ómnibus
de Montevideo
puedo despertarme y decir ahí estuve. Ahí quedé
y ahí quedó mi brazo, apenas horizontal,
como el bostezo en el instante de la fotografía.

Y si vemos, si Camila ve los cerros
y deja pasar un instante le diré
mirá el color del aire y estas son montañas.
Y la masa de guijarros y raíces podrá estirarse,
volver los pies sobre la arena,
darse una vez más al viento.

Las cosas

1

¿Oís la voz atemperada de las cosas?
Es un susurro imposible
—las cosas no hablan—
que irrumpe de pronto como un relámpago en un día de verano.

Alcanza prestar oídos para sentir como un eco
(«ya no hay lugar al que volver»)
la palabra de la cosas.
¿La oís ahora? Está hecha de silencio.

Porque las cosas siempre dicen-nunca dicen
su fin: se consumen en sí mismas (la montaña se muerde las rodillas
hasta que es polvo en el viento y el zorro se deja
confundir con el asfalto del camino) o
arden en su redondez como la lámpara del estar,
hecha añicos por mano propia.

2

Las cosas se ponían en fila sobre la página para recibir la palabra,
que era un nombre común, de los que encontramos
en cualquier lado.

Eso se llamaba orden,
aquello el principio, corazón, nudo,
pecho, espacio, candelabro, mesa,
testigo, cielo, espejismo, paciencia.

Estaban ahí. Es decir, sabían estarse quietas,
atentas a todo,
para recibirnos. Y nosotros supimos oír sus lamentos (están mudas
de duelo)
sólo en el instante en que nos separamos, cuando dejamos de sentir
con intensidad el golpe de la sangre en los oídos.

3

Estas cosas,
pasado el sentido, quedarán.

Consigo mismas, mirándose absortas las uñas,
esperando: el tiempo será lo único que cuente.

El recordador

Persigo el borde de un recuerdo. Está ahí, puedo verlo, mostrándose casi por completo, como un animal en la bruma de un bosque de ficción. Me mira como un ciervo justo antes de echarse a correr, perderse entre las ramas que lo muestran y lo ocultan a la vez, en un sueño que se parece al espejo en que me miro ahora, tantos días después, con las manos atigradas de sangre, cubierto por un vaho delicado de plantas tropicales.

Son grandes, las plantas, carnosas como las amplias lenguas de los reptiles de invención que guardo en frascos de la infancia, suspendidos en agua mohosa desde hace años, creciendo en silencio, lentamente, amenazando la integridad del vidrio de ese tiempo, ligeros souvenirs de una época en la que todo respiraba todavía. En la que ir al cine contigo era simplemente subirme al auto en el asiento de atrás y contarte cosas mientras miraba las partículas de polvo levantarse en el aire caliente.

Paso el dedo y se retrae como un molusco. Todavía, me dice, no puedo asirlo, ponérmelo en la boca como a un tierno bocado de carne. Es la materialidad lo que se me escapa, lo que siempre parece empujarme al rectángulo de luz que llamamos ventana y es al final todo lo que tengo del mundo: una voz lenta, un hombre de túnica azul tomando un café cada mediodía, el infinito en esa porción de espacio entre la alfombrita y la puerta donde esperan tantos monstruos, como las bocas que veía cuando cerraba los ojos, los animales nocturnos que se sentaban sobre el ropero a verme dormir mientras desgajaban frutas generosas.

Era un desierto aquello: toda mi vida ante mí tendida como una trampa y la promesa de algo cierto al otro lado. Cada hoja leída, cada hora que pasábamos en aquellas cañadas, en el bosque donde vivía tu torpe corazón, en ese raro recodo que ahora limpio como si fuera la redención. Esa esquina de azulejos de ahí atrás donde esperan las arañas es ahora el secreto que habito, donde dejo cada uno de estos instantes que salen de los dedos como temblores y si estoy, si paso y me miro en la ventana que da al patio interior, en la cocina, amasando o sirviendo un vaso de agua, es que no he salido siquiera un instante de ese lugar.

Quiero decir: eso que acaricio ahora para invocarlo, eso que se estremece en las manos como un roedor asustado, es todo lo que tengo de vos, cuando empiezo a decir tu nombre y paso como las horas, detenido en poses claras, frente a pantallas, en sillas, dormido o respirando frente al sol, en ese momento en que las cosas se vacían de pronto y puedo oír perfectamente cómo se rompe.

Parc Monceau

Esta ventisca se llama
la locura de Chartres.
Es la arena egipcia de mi infancia
el cielo sobre el rancho y el sonido metálico
del agua entre las piedras. Yo la miro, quieta como una esfinge
(sus rasgos, borrados por la lluvia,
el eco dulce de otras hermanas olvidadas,
la cicatriz de un golpe de acero o la certera caricia del tiempo):
es para mí todo lo que he llamado historia.
Este mismo instante, el pato que rasga la superficie del agua quieta,
la falsa columna griega.

Ruido

1

Deja la casa. Y es el silencio que sigue a su salida (atrás queda el ruido metálico
del cerrojo, la llave que casi puedo ver activando el mecanismo de pasadores y resortes) lo que me despierta.

El instante es de extraña satisfacción, como si hubiera concluído
una difícil tarea: él está ahora afuera, a su día,
y el nuestro empieza.

2

Grito de las golondrinas:
es el cielo el que tuerce el hierro con los ojos apretados
y la noche lleva con sus manos estos restos, el eco agudo que pasa las torres del teatro, el campanario, el baldío de plantas agitadas y esa marca de sombra tras la escalera.

Así la esperamos: como si fuera la ola suave que viene tras nosotros.

El hijo único

Teníamos que imaginarnos el resto: el largo camino desde donde la arena se convierte en agua hasta el palo con el que juega el perro
y esos dos puntos eran señales de un mundo que podíamos tocar,
que veíamos estirarse y llenábamos de nombres, sombras, el reflejo de una mano apoyada en el hombro,
la noche queriendo irrumpir en medio del día, buscando un resquicio
para entrar cubierta de niebla.

Era cuestión apenas de oler y ahí estaba el día puesto como una pista,
estirado frente a nosotros, a nuestro paso delicado entre las piedras.
Era un gesto y nada más, pero todo el resto lo poníamos nosotros:
había que decir las palabras lentamente, para no despertar sospecha; la lámpara extranjera
brillaba sobre la cuesta y quería indicar que habíamos llegado. Eso nos decíamos
—«llegamos»—, mientras las voces se perdían a lo lejos.

*

Porque cuando vuelvo al cuarto solo y está oscuro
el eco repite sin articular, recuerda: Soy el hijo único.


Los anteriores poemas fueron publicados entre 2019 y 2020 en el blog Cosas que hablan, que hicimos junto a Isabel Retamoso y Carolina Silva Rode. Acompaña la entrada una fotografía de un cuarzo rosa con dentritas de manganeso que forma parte de la colección de piedras de Roger Caillois.

Cuaderno de verano

2

Leí en algún sitio las mujeres se despiertan 
en la tarde. Vos con la respiración todavía pesada,
las manos sobre el pecho,
el pecho que sube y se detiene para mirarme
al lado, calzándome en penumbras
con la noche a mis espaldas.

4

Es difícil escribir las mujeres
y no sentir que en este instante
ella duerme.
Y lo poco que sé, en verdad, de todo eso. 

5

Las mujeres se levantan cuando quieren:
caminás sobre tus pasos a la noche abandonados
calentás agua, preparás café,
te sonás las manos, te arreglás apenas el pelo,
vas dejando toda clase de mensajes, cifras, signos sobre almohadones y ventanas,
y al fin se despiertan 
cuando la tarde cae lentamente.
Entonces
mirás con los ojos relucientes,
y hablás, y te movés de manera asombrosa,
tras una bruma antigua. 

10

Por lo que sé
el viento viene directo, como por un túnel en las montañas,
absorbe malestares
cura insomnios
cierra las puertas con estruendo
mata las plantas que no se saben afirmar.

Empieza secando la boca.

11

Era verlo y saber que ahí estaba el otro
empezando desde abajo a abrirse por la carne 
como un tajo, pero delicadamente,
soltando la piel para darle habitación.

12

Las mujeres caminan rápido
o despacio,
andan calles y comercios con los ojos cerrados
tocando cosas (telas, pieles, papeles y metales)
para sentirlas.
Empezás pronto a saberlo
a entender voces
que suenan a ecos en las noches.
Se mueven con gran destreza en la cama
inmóviles, cuando buscan el sueño.
Saben pescar.
Tenés cosas en el pelo que no dicen nada,
materiales que existen para tu solo deleite.

13

A veces es fácil verte
apresada en las manos, una fiera muerta, aterida y sangrante.
Las mujeres son grandes momificadoras.
Vacían el cuerpo con habilidad,
de mañana, ponen los órganos en una bandeja,
y llenan la corteza todavía fresca
con hojas, plumas y palitos
que juntan cuando salen.

4

Es un vaso cubierto
una fina capa de polvo o harina
ese sonido último que hacen cuando se separan.

15

Las mujeres se levantan temprano.

16

Salieron a ver la luna
no hay estrellas
hay la única cosa que nos enloquece:
el brillo sepulcral,
la mano abierta sobre el cielo,
la noche de los otros.

17

Dormirás en otra cama esta noche
y sabremos cosas distintas,
una suerte de lenguaje más allá
de estas sábanas y del sudor.

18

Pero en nombres recuerdo tu olor
el suave murmullo
del agua y de un gato
que llega y se acuesta
para dar la necesidad de mimos,
compartir la alegría de tenerlo
por un momento.

19

Las palabras —es italiano—
se alejan. La gelatina de cereza,
el calor de la puerta pegado
a la página,
el muro despintado, roto,
la fragancia de esa flor
que juntaron tus manos
y no sabía a nada.

20

Los bichos se dan contra la luz
como letras
persiguiendo señales más allá del fuego
de la media luz del farol,
1999.

21

Las mujeres usan trapos que ellas llaman ropa
los atan de formas extrañas
sobre sus cuerpos
y andás, con las manos suavemente
apoyadas en las piernas
como si fueras una hermosa flor
o una flor terrible
o una flor enferma
o una flor simplemente
o como si fueses las mujeres,
con sus extrañas vestiduras.

22

Las mujeres huelen
es decir: tienen olor,
no lo pueden reprimir, ni aniquilar,
pero lo disimulan.
Su piel es suave, a veces,
solo en verano.
Pero guardan un rectángulo
de piel para su propio regocijo.

26

La luz esterada alcanza
—manos sin cuerpo—
la cara del durmiente.

27

Me mira desde allá,
desde la niebla de un sueño
respira
mira el cielo
se incorpora todavía dormida
para ver mejor el gris
oír al hornero,
percibir en las sombras de mi ropa
algo que no entiendo yo mismo
cuando esas sombras me visten.

28

Sus manos
se acercan a mí temprano,
no avisan, buscan mi cara,
llegan lentamente entre el aire,
dibujan muecas
se perpetúan en mí por un segundo
esperan ahí encontrarme
en las sombras que hace 
tu estera en las sábanas en el calor
matutino, las ganas, del último golpe de sangre.

29

Cuando amanece impugna la carta
encuentra secretos
del que despierto pone una sobre otra
los segundos.

30

Mientras no estabas
y hablabas en la noche con ella,
las mujeres se levantaron
a arreglarlo, con destornilladores
y paciencia. 

31

Los actos son delicados, son parte de
un ritual que el mundo
copia de los muertos desde siempre.
Con la mano hábil,
levantar la cortina,
abrir la ventana.

32

Las mujeres son enemigas de las avispas,
corren —si duermen—
al verlas, buscando agua —sobre el pasto tembloroso.
Son enemigas de los sapos
y de las culebras,
pero a veces cuidan pajaritos
o hacen nidos de ramas
para lagartijas
o abejas.
Prefieren la jota, del abecedario.

34

Emily Dickinson se levanta cansada,
decide bajar, salir,
acercarse a la ventana —hay sol,
el calor asciende desde el pavimento.

Emily Dickinson cruza el umbral de sombras
camina, entra a la ferretería,
saca número, espera, compra cosas.
La casa vive sola.

35

Cuidá las cosas que dejo en el fuego,
como si fueran gestos.
Para tener una idea:
caen semillas de calabaza como lentas lluvias atrasadas 
y es Carnaval.

enero-febrero de 2017


Acompaña el poema una página del herbario de Emily Dickinson.

Al salir de la consulta médica

Comment vous remonter,
Rivières de ma nuit

Jules Supervielle

1

El chasquido de un látigo en el agua
—ruido que no viene de la experiencia pero la lengua dice, inventa
y uno siente
ahí, mientras el cuerpo torcido sobre un eje de papel
escucha
el inconfundible latigazo del corazón, hundido en su pozo como un sapo
esperando para dar el salto a destiempo,
colgar las horas.

Y todo en el consultorio
se detiene a mirar a este nudo de arterias que se abisma,
blanco caballito al borde del despeñadero y yo
que dije algunas cosas
antes
que bebí café en silencio, que compré pan y duraznos frescos,
que doblé la calle y sentí la lluvia en las piernas bajo un alero,
que tuve a mi disposición todo esto para mí,
mis sentidos, las manos con que escribo, los pies y la boca,
ahora lo entrego, lanzado como sobre un mármol frío,
el cuerpo entero, el brazo izquierdo bajo la cabeza, la mano tocando apenas un poco de pelo,
el pecho corrido levemente hacia arriba, las rodillas apuntando al lado de la puerta,
todo el peso puesto en ese instante, cuando la voz dice «vístase».

2

Y cuánto pesa un corazón
me pregunto después, doy tres vueltas, espero como si trazara
con mis pies ajenos
un círculo de tiza en torno de nada.
Y mascullo palabras, entrego papeles, pienso
cuándo será el día, la piel cubierta de ese viscoso líquido transparente
los ruidos de mis entrañas pidiendo compañía,
creyéndose acaso solas,
en la caja de mis huesos. Como si fuera fácil,
escucho atentamente la voz, esa voz que ahora reconozco,
y vuelvo en mí, y suelto otra palabra, y miro cada uno de mis movimientos
como si mirara el andar de otro por las calles semidesiertas,
y cambio plata por cosas, pido algo, pregunto, me desarmo lentamente
para que el animal no se entere
que estoy acá con él desde siempre.


Acompaña el poema un detalle una de las ilustraciones del Cinéma calendrier du cœur abstrait (1920), de Hans Arp.

Los poemas sobre nada (work in progress)

1

Escribiré un poema sobre la nada
lleno de tambores y pelotas como estrellas
un poema que diga paisito y tenga costas
sobre un río que parece un mar, de agua marrón, etc.
Escribiré un poema sobre la nada y lo pondré
a bailar tango lentamente
a galopar sobre la penillanura
a contrabandear pasta de dientes
a votar.
Escribiré un poema sobre la nada que será una cosa
un mate lavado
o un disco de vinilo de esos hombres con bigote
la sombra de un inmenso soldado de metal 
sobre el pasto y las palmeras.
El poema sabe lo que dice, modesto: empieza por el norte,
hundidos los pies en el calor de las termas
y va bajando, junta naranjas, ve los muros pintados,
cruza charcos, camina por calles de adoquín y salta,
olímpicamente, al río que parece un mar, de agua marrón, 
etc. y no se hunde.

2

Quisiera hacer un podcast aprovechando la nada
un podcast elástico y brutal
en el que impartir compartir departir sobre mis fecundos
eternos insondables conocimientos
los datos que acumulo y saco 
cada tanto para sorprender a un auditorio reducido.
Quiero hacer un podcast sobre la nada
que sea rápido y denso, erudito y ligero
como esas canciones
que hacen de cortina al show.
Quiero que el podcast me dé un público más amplio, 
diverso y dividido, mejorar a todos
darles comida para pensamiento, motivos de discusión y de sorpresa,
alegrarlos de pronto
con mis comentarios ingeniosos, con mis poemas, hijos de la espera.
Quiero hacer etc. mientras oteo, con ansias,
el campo a lo lejos, hecho de verde y tiempo,
y lo veo: ya está ahí el podcast, sin mí.
Da la vuelta como un caballo de madera
brioso reluciente y se detiene solo para mirarse,
pájaro discreto, en el reflejo de un virtuoso tajamar.

3

Voy a escribir un poema sobre la nada
inverificable —que diga las cosas/
no digas las cosas—
un poema que empiece en la primera página
se derrame como por casualidad por la segunda
y se sostenga en base a voces hasta la quinta o sexta:
repeticiones. Voy a escribir una vez más un poema sobre la nada
que pase lentamente una pluma
por el pie de todo, que grite
sin hacer ruido, un perro mordiéndose la cola,
esa cosa que se repite clap clap
y de pronto oculta el cuerpo
bajo un montón de hojas ¡y en verano!

4

Haré un poema de exaltación patriótica sobre absolutamente nada:
sobre cosas chiquitas, preciosas, únicas,
un poema mínimo que, en las antologías,
se perderá, casi, entre los caudalosos versos de Mármol y la «Brasiliana em Três Cantos».

Será un poema escueto, sin pretenciones, apenas vanidoso,
(lo suficiente como para reclamar para sí la humildad)
y tendrá, por supuesto, los pies descalzos, próximos a la Tierra.

Cuando esté echado ya sobre la página,
como dados en la mesa del casino o una señorita en la hierba,
lo miraré un instante, pensaré en sus bordes, en la manera en que habla…
Cuidadosamente le bajaré un tono a su voz, le moveré el pelo un poco, le imaginaré una nueva sonrisa:
pondré en el cuadrado de sus estrofas
tres de esas frutas que se llaman certezas, la que se llama ilusión, la sombra de los héroes exiliados
y dejaré afuera las eses.

5

Quisiera hacer un verso, una canción dispersa,
que cobre en cobre o en dólares (son verdes y eso los hace
inmensamente atractivos y brillantes).
Un verso que rabie
que clame
se rebele
se manifieste
grite
arda
contra la injusticia (un verso que salga de la injusticia
y la muestre y la consuma).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
(un verso que reciba herencia
y gane concursos
pero que esté, tambien,
contra la herencia y los concursos
y, en general, un verso que esté contra todo lo malo,
incluyendo la propiedad privada
y, dios me libre, el libre mercado).
Quisiera hacer un verso manchado
por el barro del pueblo,
con los pies enterrados en el pueblo
y la frente en alto.
Un verso que diga cosas (que sea claro, que argumente bien,
un verso educado, por supuesto, pero opuesto con determinación
a la educación burguesa y opresora).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
pero que sea todo: que tenga calle
y tenga, en su arsenal, palabritas,
imágenes circulares como la que dice aquello,
que todo lo sólido se disuelve, etcétera.

6

Escribiré un poema sobre la nada,
un poema furibundo
triste
escueto pero elocuente
un poema sobre nada
que tenga moraleja.
Que muestre,
el poema,
su integridad moral irreprochable,
que maneje,
el poema,
un solo discurso en arte mayor
(será un verso sobre nada, pero alejandrino).
No deberá notarse, sin embargo, esa cualidad suya
por lo que
daré enter.
Lo escribiré, aunque con simpleza, en el tono del panegírico y mi verso creará mitos, mártires, dioses anónimos, ejemplos, arquetipos, modelos.

Usaré para mi verso
un caso: una caída llena de gloria y patetismo
para que mi poema sobre la nada
pueda elevarlos a todos.

7

Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
y como a la nada
ponerle luces de ambulancia o luces de patrullero o luces
de árbol de Navidad (la nada reluce
contra el asfalto, refleja
su color insistente en charcos, en chapas,
en retrovisores, en puertas
blindadas, en vidrios polarizados).
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
que reclame un espacio: será leve como un potro
y dará vueltas a la plaza, pero no dejará restos,
porque será caballo,
mas caballo metafísico.
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada
que sea inmune a las balas y sordo a las preguntas capciosas,
un verso no identificado,
un verso silencioso, secreto, mudo,
discreto, honrado, un verso que sepa cuando decir
«buenos días» y sepa decir «hasta luego».
Quisiera hacer un verso aprovechando la nada,
que ponga el grito bien alto,
en el cielo, un verso que se gaste la ropa
contra el suelo, que viva en murmullos,
un verso que hable fuerte, claro, y a la vez
sea hermético como un símbolo extraño.
Quisiera hacer un verso arovechando la nada
que sea tan contradictorio como la voz delicada
que dice ay de mí en éxtasis.

8

Escribiré un poema sobre la nada
pero de solo a solo, sin testigos.
Un poema que me mire, en cuarentena,
y al que yo mire mirarme como a un vacío,
como a la voz callada del confinamiento voluntario
o forzado,
el eco dulce de la nada que murmura:
el lago transparente de Narciso apenas rodeado
de pastizales y por el paso lento de biguás
y de carpinchos.

Todo eso puesto ahí por una mano amable,
enguantada de azul, como una señal celeste,
y esa boca ¡tapada! casi hasta los ojos, sin
respirar, sin ensuciar el agua, con el toque
serio de las cosas que esperan, gestos
de leve talco, neutralidad de jabón y alcoholes.
Todo eso puesto ahí como un guardado secreto
de roedores y avecillas por la voz que dice nada
en la radio, lee proclamas, cartas a los lectores,
por la eminencia gris del virus, el ruido molesto
de las fábricas, los pasos de los hombres y
las mujeres que marchan, bajan escaleras,
suben por la calle hasta que el río se agota,
hasta que la sangre se detiene en las sienes.

Como un bloque de arena, mi canción-poema
se derramará en la orilla,
contagiará otras voces, infectará las calles y el sentido exacto
de estos versos se perderá hecho agua,
vuelto nada como la capa lípida que lo envuelve, frágil corona,
ante la avasallante potencia de la espuma.


Acompaña los poemas un detalle del Erased de Kooning Drawing (1953), de Robert Rauschenberg.

Respuesta a Leonor

Imagino, hacía calor. Las ventanas, grandes, daban al este y el sol ya superaba los pinos a media mañana. Él esperaba, sentado en una butaca de cuero marrón, acaso con las piernas cruzadas como yo quería sentarme también un día, con las piernas cruzadas como las mujeres y también los hombres que admiraba.

Uno a uno entrábamos los niños
y hablábamos con ese hombre grande, un cura viejo que yo conocía de vista, de verlo pasar por las calles del balneario en el que veraneaba, con una cañita contra el hombro. De verlo ya en el arroyo, pescando.

Yo devolvía los peces al agua y él no.

Estábamos todos, más o menos, hablando por hablar, pero un adulto nos escuchaba con toda la atención. Y decíamos, uno a uno, en soledad con aquél hombre,
con el sol reflejando en los vidrios, unas esculturas curiosas, de madera, traídas de Pascua o del Brasil, los libros quietos.
El recuerdo de unas palabras que repetíamos,
«estás perdonado», dichas a un niño, pecador por herencia.

Y luego eso: romperme la mano contra Dios.
Abrir la herida, «te absuelvo».

Pensar con fuerza, en soledad, en Dios, poner la frente en blanco
a su disposición, para que la llene. Entrar en iglesias al azar, arrodillarme frente a Dios
pedir algo, pedir perdón

no soy digno de que entres en mi casa
pero estaba ahí y la sombra que proyecta una estatua de la Virgen,

mojarse con un agua invisible la frente (sin ceniza). Uno mismo porque
¿quién?

Era una línea de oro. Mármol sobre mármol. Incienso. Terciopelo.
Madera y ladrillos en mi infancia.

Y nadie respondía cuando yo miraba el ícono y decía «hacé algo
ahora
hacé algo».

Y los muertos parecían mirar para el costado,
y era todo transparente: la sangre pura,
porque el llanto
(pasamos el desierto que se abre entre las 12 de la noche y el alba cada madrugada
y no fuimos tentados
pero no había voz ahí
o algo clamaba pero adentro
y no había nada
ni la sombra de una zarza
ni la zarza
y eran años de eso: poner un pie y luego el otro, hablar con las piedras,
esperarlo. Y entonces era eso
decir
«creo, creo en»
cuando se abría el canto
nada
y después
nada
y la afirmación, cada día, del vacío
y la afirmación, cada día, de lo que no habla).

Porque estaba entonces, era una voz antigua
igual a la del silencio.

Hojas de un cuaderno sin días

Dejo al chocolate disolverse en la boca,
siento el suave rigor de las semillas de sésamo,
tomo un poco más de café. Hay sol
—me da en la espalda, el brezo crece en el balcón,
hay música (un disco de Jens Lekman y Annika Norlin que quisiera comentar contigo) y papeles sobre la cama,
un libro, todo dispuesto.
Y por qué, entonces,
sabiendo que no estás más del otro lado,
chocolate, acaso agua o un jugo, sol y los mismos libros,
todo lo que sabíamos nuestro y creímos para siempre.
/
Un artículo sobre un libro japonés de historia norteamericana,
en el que los próceres son héroes mitológicos,
una película nueva, las impresiones sobre lo último de Julia Holter,
un edificio, el cartel del lavadero que está cerca de esta nueva casa,
la increíble historia de un amigo común de Facebook,
comentarios sobre El ángel azul, que
cuando estuve en Barcelona me compré por 3 euros White Teeth,
que voy a verla, a Julia Holter, en diciembre.
/
Se abre una puerta
y cae de pronto,
como empujada por tu partida, una parte hermosa de mí,
la que cuidaba para vos, la que miraba las cosas pensando
qué verías ahí, si pensarías como yo que eso es horrible,
qué dirías de mi última idiotez, si no me sirve de nada,
si es mejor callar ahora.
No veo en la casa nada más que un resplandor lejano
todo lo que se ha hundido inevitable, derretido en una cosa compacta que espera.
/
De pronto llega: es un escalofrío cuando digo era así,
pensaba que estarías esperando por ahí, silencioso
como en mis sueños, cuando aparecías con una sonrisa
y me ayudabas a llegar a algún sitio.
Era la noche gotea y llegan los impulsos, mensajes, sonidos
el espacio de una mano no demasiado grande puesta frente a mí,
es lo que se dice confianza,
caer fulminado de llanto agarrado al sillón, mientras se siente un ruido, arriba:
una tela que se desprende del cielo
en medio del océano.
Un telón que cae de negrura y deja al otro lado el jardín,
el tiempo bueno en el que estábamos juntos,
mirábamos lo mismo, al mismo tiempo y nos reíamos
de cualquier cosa: compartíamos el tiempo. ¿Sabré lo que era eso?
¿Compartir el tiempo?
/
Si pudiera seguiría la conversación donde quedó,
te diría: ¿leíste Íntima, al final?
Me dijiste que estabas con libros breves porque tenías que sostenerlos con
una sola mano
(en la otra tendrías la vía, supuse, pero no quise preguntar).
Habías leído, en esos días (la última semana en la que pudiste hacer algo así)
algo de Zweig
Amuleto —bromeaste sobre la imposibilidad de sostener
con una sola mano Los detectives salvajes
y Los galos, los galgos.
/
Ahora sí,
dice todo lo que toco,
ya no hay lugar al que volver.
/
Como un galope en la noche: hienden la penumbra de mis sueños
los perros blancos de la medicina o del veneno.
Los oigo sobre los techos —la pizarra deja resbalar el sonido
pesado
las hojas se amontonan y entonces miro,
una parte de la pantalla donde titila tu nombre (me repito: no estás, eh,
no estás ahí).
/
Y yo lo miro desperezarse, al mundo,
estupefacto
a este paisaje que se arma todavía
ante mí
y bajo los ojos con vergüenza.
/
¿Quién está ahí?
Como si hundiera una espada en la oscuridad
se oyen palabras tuyas,
adjetivos, veo cualquier cosa arreglarse de cierta manera,
y eso es suficiente. Tengo la compulsión, todavía, de guardarlo
para cuando nos veamos. Como antes
—pensaba: me voy a aguantar, no le voy a mandar un mensaje así se lo cuento
en persona.
/
¿Podré ser justamente eso que tenía, una voz que dice tu nombre y
espera un instante para verte?: estás en el sillón de casa, comiendo
algo que preparé, Camila está al lado tuyo y yo los miro desde la esquina y hablo,
o tomamos algo en la calle Bacacay con Martina, que saca una foto,
o estás en el jardín del Museo Nacional de Artes Visuales,
venís con Mariana y te cortaste el pelo del todo. Venís bajando por 21 a mi encuentro,
en la puerta del cine, o el primer día,
en la vereda de Paysandú, con otra gente, hablando de Margaret Atwood,
o después, señalando con el meñique un papel que dice Carlos Federico Sáez,
o en Lautréamont (se presenta un libro y nos reímos
porque la poeta habla mucho de sus nietos), o cuando me decís estoy afuera o llego en 5—

*

Tuve un sueño. Estábamos, quién sabe por qué, en Carrasco. No recuerdo la calle, pero podía ser Mones Roses, Divina Comedia o Millington Drake. Calles viejas que asocio a la felicidad tranquila, a pasar con el auto, lentamente, enfureciendo a las camionetas, inmensas en su pastosa desproporción. A las hojas de otoño cubriendo el suelo, las casas inmensas con patio, una idea de algo que se perdió, a pocas cuadras, en la vulgaridad de las construcciones nuevas. Pero era verano. Estábamos de remera y caminábamos; veníamos de tomar el té juntos. También estaba otro amigo con nosotros, pero había quedado atrás, tal vez pagando, después de insistir. No eras exactamente vos, aunque en el sueño yo sabía que sí. Eras un japonés de ilustración, el avatar que elegiste en WhatsApp, pelo negro, lacio (eso sí era tuyo), pero una pequeñez de hombros estrechos, una delgadez que no me hacen pensar en vos y que en el sueño era señal de tu salud restablecida. En el momento, creo, no me daba cuenta de ese desfazaje. Te apoyaba la mano en la espalda: algo me decía que debía tocarte, sentir tu cuerpo, comprobar que no fueras un fantasma o una sombra. Tenías una remera blanca. Íbamos un poco más rápido, porque habíamos estado fingiendo. Nuestro amigo en común estaba muy preocupado por vos (me había llamado tarde, angustiado) y querías demostrarle que, a pesar de haber estado en el Hospital varios días y muy grave, ahora estabas bien de nuevo. Pero, aunque se te veía radiante, no era más que una mascarada, así que nos apurábamos para poder charlar y porque yo no podía reprimir más las lágrimas. Vos no hablabas nunca. Era yo quien decía “Tuve mucho miedo”. “Te quiero, Mateo”. Y vos sonreías porque ya sabías eso. “Pero eso ya lo sabías”, agregaba yo y asentías. Creí que se iba a morir, pensaba, y entonces todo empezaba a parecer raro, tras el recuerdo de un mensaje de Mariana. “Dicen los médicos que es irreversible”. Me recuerdo ahora frente al teléfono. Ese mensaje, que formaba parte del sueño, pertenece a la vigilia. Me acuerdo de repetir la palabra “irreversible”, pensar en ella, verla moverse en el aire como un animal asustado. ¿Qué sí es reversible? ¿Cómo estará Mariana ahora?, pensaba en el sueño. Al instante hacía un comentario malicioso sobre alguna cosa y me reía, pero cada vez era más evidente para mí que había algo que no estaba bien, un desplazamiento que tal vez tuviera que ver con que vos no eras vos, que tu cuerpo no era exactamente el tuyo. No obstante, pensaba que al final había tenido razón, que podríamos seguir hablando como siempre (en un momento atroz de tu última internación yo pensé en decirte muchas cosas, fijar días para hablar por Skype, despedirnos), casi como si no hubiera pasado nada. Pensaba que habría una prórroga, no por tu bien (lo admito, sí), sino para el mío, que podría decirte cosas hasta el final. ¿Y con quién hablo yo ahora? Nadie responde. En el sueño era todo brillante. Había futuro y sin embargo tampoco entonces me lo creía del todo.


La imagen que acompaña la entrada es del tumblr Polysynthesism.

Diario del mal fotógrafo

Sin dones

El arte de la fotografía me fue negado. Ya me resigné, aunque no me resigno. Creo que mi problema es que soy demasiado ansioso y, la verdad, presto poca atención a las instrucciones. Camila siempre me quiere explicar cómo hacer foco y esas cosas, pero yo me aburro y aprieto el disparador sin pensar mucho, encuadrando de memoria. 
Desde que estoy en Francia fui muchas veces a la basílica de Saint-Denis. Es un lugar que me fascina, tranquilo y hermoso. En algún momento fui diariamente a una de sus capillitas y dos veces visité la cripta real, con todo su mármol. Siempre encontré, en los patios o entre los muros, una forma rara de comunicarme con las cosas. Ahí están.
Entonces tenía que sacar la foto, que salió, otra vez, mal, con una luz fuerte justo del lado en el que el Santo levanta su cabeza con las manos y camina. Pero ahí está.

Puerta de los Valois de la Basílica de Saint-Denis (Saint-Denis, Francia)

Un arte descartable

Un día Camila me compró una Kodak descartable, de esas que venden en los kioscos y yo fui feliz. El carácter mismo de la maquinita sacaba toda aura, toda responsabilidad: yo me ponía ahí y disparaba, sin que me importara nada, sin pensar en nada, como un auténtico amateur (que significa amante).
Cuando los resultaron vieron la luz, mi cualidad de aficionado se hizo evidente: la mitad de las fotos están quemadas, o salieron muy oscuras o tienen dedos míos que las arruinan. En fin: también están ahí, como testigos o pruebas de algo. Al final, los lugares son tan hermosos que las justifican.

El Palacio de Luxemburgo desde el estanque, en los jardines de Luxemburgo (París, Francia)
Busto de Charles Baudelaire, realizado en 1933 por Pierre-Félix Fix-Masseau, en los jardines de Luxemburgo (París, Francia)
Cuervos comiendo en el Jardín de Plantas (París, Francia)
La Ópera Garnier vista desde atrás (París, Francia)
Vidriera con motivo del año nuevo chino en las galerías Lafayette (París, Francia)
Año nuevo chino 2019, en el barrio chino de París (Francia)
Vista de la basílica de santo Bonifacio ed Alessio (Roma, Italia)
San Pedro desde el Jardín de los Naranjos (Roma, Italia)
Foro romano, con vista al templo de Saturno (Roma, Italia)
Foro romano, con vista al templo de Saturno, desde el lado opuesto (Roma, Italia)
Vista del Monumento a Vittorio Emanuele II, desde el Foro (Roma, Italia)
Jardín del palacio Doria Pamphilj (Roma, Italia)
El Panteón (Roma, Italia)
Plaza de San Pedro (Vaticano)
Museos Vaticanos (Vaticano)
Iglesia en el Vaticano
Interior de la Villa Farnesina (Roma, Italia)
Escultura sin cabeza en el parque Villa Borghese (Roma, Italia)
Fuente en el parque Villa Borghese (Roma, Italia)
La avenida de Laumière desde el parque Buttes-Chaumont (París, Francia)
Monumento a Paul Verlaine en los jardines de Luxemburgo, realizado en 1911 por Auguste de Niederhausern (París, Francia)
Patio de la casa de Eugène Delacroix (París, Francia)
Reloj del periódico Le Temps, que funcionó entre 1862 y 1942 (París, Francia)
Otra vista de la Ópera Garnier, desde el boulevard Haussmann (París, Francia)
Vista de la iglesia Notre-Dame de Lorette y de la basílica del Sacré-Cœur desde la calle Laffitte (París, Francia)
Chalecos amarillos en la plaza de la Bastilla (París, Francia)
Escultura de Honoré de Balzac, realizada entre 1892 y 1897 por Auguste Rodin, en el jardín de su museo (París, Francia)
Entrada de los artistas del teatro Gérard Philipe (Saint-Denis, Francia)
Columna de la Santísima Trinidad, diseñada en 1740 por Ondrej Zahner, en la Plaza del Ayuntamiento de Olomouc (República Checa)
Jardín japonés en el Jardín Botánico de Olomouc (República Checa)
Estación de trenes de Olomouc (República Checa)
Plaza de la Ciudad Vieja de Praga, con vista al monumento a Jan Hus, de Ladislav Šaloun (República Checa)
Praga vista desde la colina en Malá Strana (República Checa)
Torre de la Pólvora (Praga, República Checa)
Palacio Schwarzenberg (Praga, República Checa)
«La sombra es oscura donde hay mucha luz», obra de Jan Nálevka de 2011, en el Palacio Salm de la Galería Nacional de Praga (República Checa)
Interior de la sinagoga Española de Praga (República Checa)
Antiguo cementerio judío de Praga (República Checa)
Vitreaux de la sinagoga de Pinkas (Praga, República Checa)
Tumba de Franz Kafka en el Nuevo cementerio judío de Praga (República Checa)
Casa Juncosa (Barcelona, España)
Norte-Dame al otro día del incendio (París, Francia)
Casa en el 31 de la calle Jean Giraudoux (París, Francia)
Túnel que conecta las estaciones del Norte y Magenta (París, Francia)
Muestra de arte en la Cité internationales des arts de Montmartre (Paris, Francia)
Casa Lleó i Morera de Domènech i Montaner (Barcelona, España)
Plaza del Pino (Barcelona, España)
Canal Saint-Martin (Paris, Francia)
Patio en el 6 de la calle de Fourcy (Paris, Francia)
Canal Saint-Denis (Aubervilliers, Francia)
Martha y Rufus Wainwright en la basílica de Saint-Denis (Saint-Denis, Francia)
Vista del bastión Fort La Reine (Saint-Malo, Francia)
Vista de la playa de Bon Secours (Saint-Malo, Francia)
Casas de Saint-Malo (Francia)
Fuerte La Latte (Francia)
Abadía de Saint-Michel (Mont-Saint-Michel, Francia)
Vista desde el Mont Saint-Michel (Mont-Saint-Michel, Francia)
Hortensias en el mercado de flores y de pájaros de la Île de la Cité (París, Francia)
Librería Cluny (París, Francia)
Verano en el jardín de las Tullerías (París, Francia)
El río Loing (Montigny-sur-Loing, Francia)
La vista desde la ventana (Saint-Denis, Francia)
Notre-Dame vista desde la isla Saint-Louis (París, Francia)
Catedral de San Esteban (Viena, Austria)
Vista del Griechengasse desde Rotenturmstrasse (Viena, Austria)
Vista del Donaupark y el Danubio (Viena, Austria)
Corredor del Rathaus de Viena (Austria)
Vista del Burgtheater desde el Volksgarten (Viena, Austria) 
Vista del Palacio Imperial de Hofburg desde Kohlmarkt (Viena, Austria)
Palmenhaus (Viena, Austria)
Vista de la Glorieta del Palacio de Schönbrunn (Viena, Austria)
Jardines del Palacio de Schönbrunn (Viena, Austria)
Jardines del Palacio Belvedere (Viena, Austria)
Palacio Belvedere (Viena, Austria)
Estambul desde el Palacio de Topkapı (Turquía)
Déesis de Santa Sofía de Constantinopla (Estambul, Turquía)
Santa Sofía (Estambul, Turquía)
En las inmediaciones de la mezquita de Nuruosmaniye (Estambul, Turquía)
Torre de Gálata (Estambul, Turquía)
Mezquita Azul (Estambul, Turquía)
Vista del Rumeli Hisarı desde el Bósforo (Estambul, Turquía)
Vista de la costa asiática, con el Puente del Bósforo y el Palacio Beylerbeyi (Estambul, Turquía)
Vista del Palacio de Dolmabahçe desde el Bósforo (Estambul, Turquía)
Vista desde la costa en el distrito de Beykoz (Estambul, Turquía)
Estambul desde el Bósforo (Turquía)
La Torre de la Doncella vista desde el Bósforo (Estambul, Turquía)
Château de Chantilly (Chantilly, Francia)
Jardines del Château de Chantilly (Chantilly, Francia)
Bosques de Chantilly (Chantilly, Francia)
El Museo de Orsay visto desde el jardín de las Tullerías (París, Francia)
El teatro Gérard Philipe visto desde la plaza Robespierre (Saint-Denis, Francia)
La Basílica de Saint-Denis (Saint-Denis, Francia)
Vista del edificio de la Biblioteca Forney, el hôtel de Sens (París, Francia)
Vista de la Basílica de la Mercè desde la terraza del hotel Duquesa de Cardona (Barcelona, España)
Bifurcación en El Retiro (Madrid, España)
Fuente de Neptuno (Madrid, España)
Vista de la basílica de Sainte-Thérèse desde la estación de tren (Lisieux, Francia)
La costa normanda (Blonville-sur-Mer, Francia)

El arroyo Colla (Rosario, Uruguay)

La parroquia María Auxiliadora (Montevideo, Uruguay)
Vista a la costa desde El Remanso y la 25 (Punta del Este, Uruguay)
El Museo de Arte Contemporáneo Atchugarry (Manantiales, Uruguay)
Arbolito en los bordes del arroyo Valizas (Dunas de Valizas-Cabo Polonio, Uruguay)
El océano visto desde la costa de Rocha (Dunas de Valizas-Cabo Polonio, Uruguay)

Para mirar el cráneo de Andrés Seoane

Las letras se mueven. Producen un sonido cuando lo hacen, como los planetas. Se dicen cosas y es como un murmullo o agua que corre, aunque a veces se parece al ruido que hacen los aires acondicionados cuando se encienden. También los colores tienen esa cualidad sonora, pero sus voces se sienten como acolchonadas, como las que se escuchan a través de la pared. Es hermoso quedarse frente a un cuadro y escuchar, simplemente.

La música tiene el poder, única en las artes, de borrarnos. Los pasajes no son fáciles. Uno está siempre distraído y no ve todo lo que pasa entre una pincelada y la otra, apenas sí identifica las variaciones tonales. Ahí, sin embargo, está todo. 

Vino conmigo, en una carpeta y dentro de un sobre. No sé cuánto mide, pero es más chica que una hoja A4 y no está firmada. Es una pintura, digamos, modesta. Un cráneo humano apoyado en una superficie gris, sobre un fondo azul oscuro. Es de un despojamiento absoluto y, a la vez, están pasando en ella muchas cosas. Las cuencas vacías miran a mi derecha, desde el escritorio. El hueco ese es de una simpleza asombrosa, la sombra es un manchón de un morado intenso. Eso naranja es, me dijo Andrés cuando fui al sótano de su casa y le compré el cuadro, una cinta. No sabía y yo no sé tampoco, con qué motivo terminó ahí, pero ahora parece tan parte del conjunto como el hueco de la nariz, triangular como un monje y de color verde oliva enfermo, o ese colmillo afilado que sugiere una naturaleza abyecta.

Hay, sobre el pómulo, una pincelada solitaria, de cobalto ligero, que parece una herida, como si eso fuera posible. Hay, a la altura de la sien, una discreta mancha malva que se da de lleno con una secuencia de tres líneas en una suerte de degradé impetuoso. Hay, en la curva superior, del lado opuesto, un exceso de pintura, un grano que anuncia el fin de un color y, abruptamente, se transforma en ese misterioso azul que tiende al negro. Eso miro ahora. Ese fondo de una oscuridad agujereada, que sugiere luces apelmazadas, un mundo entero por detrás; las manchas pequeñas de blanco marfil dejan adivinar un fragmento de la vida.

Parece que la calavera reposara sobre una tela, un altar de tela arrollada, anudada en empastes dejados sobre el papel como las sombras que arroja un árbol. Veo el gramaje y un mostaza que delinea los contornos en contraste con un color vino que mancha los dientes de sombras. La calavera parece estar mordiendo la tela sobre la que descansa. Parece ligeramente tensa, aunque el resto dé una idea de quietud. Las pinceladas, que están llenas de carácter, no vibran, no hacen transiciones delicadas: se superponen con violencia unas sobre las otras y aun así el cráneo me transmite una tranquilidad extraña. 

Lo miro como a una cueva primitiva. Adentro algo resplandece: es lo que se ve, el naranja de la cinta. Es un fuego que se imprime sobre superficie. Adentro hay algo todavía, una posibilidad. Es un lugar de ecos y recodos. Todo en su construcción lo sugiere: no es una casa cómoda, pero tiene una materialidad impactante, una presencia conmovedora, una materialidad espectral. Eso: como una melodía.

Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo: un poema de Ocean Vuong

A fines del siglo XVII el japonés Matsuo Bashō acuñó el término haibun para nombrar el tipo de poesía que estaba haciendo y que surgía de una combinación de prosa y verso (en general, el haiku o hokku, un estilo de versificación muy concentrado que en español se trasladó a tres versos de cinco, siete y cinco sílabas, respectivamente). No estaba, sin embargo, inventando una forma (que ya existía, de hecho, al menos desde 1648), sino un género, que tomaba elementos de la tradición y los unía a un lenguaje y un contenido más coloquiales, si se quiere, al agregar a la prosa china y a los prototipos clásicos japoneses de la poesía haikai, como explica Haruo Shirane, palabras y temas vernáculos.

Aunque poetas como Ezra Pound habían coqueteado con el haiku tempranamente en el siglo XX, habría que esperar hasta los 60 para encontrar ejemplos de haibun en la poesía en inglés, que para los 80 se hará una práctica más común, con obras como A Wave (1985), donde hay seis piezas del género, o Haibun (1990), ambos libros de John Ashbery. Por eso no es raro que Ocean Vuong, un poeta que ha demostrado un marcado interés en la experimentación formal, escribiera este “Inmigrant Haibun”.

Vinh Quoc Vuong nació en una granja en las afueras de Saigon el 14 de octubre de 1988. Dos años después, él y seis integrantes de su familia emigraron a Estados Unidos para vivir en Hartford, Connecticut, en un apartamento de un solo cuarto. Como cuenta Daniel Wenger en una nota publicada en abril de 2016 en The New Yorker, poco después de llegar, su padre fue preso por golpear a su madre, por lo que fue criado entre mujeres cuyas palabras resuenan en su poesía. De este modo, proverbios y consejos pueblan sus versos, le debe a su madre su nombre Ocean, involuntariamente whitmaniano y usa una caravana con una pequeña perla que perteneció a su abuela.

Como su familia era analfabeta y al principio sólo se comunicaba en vietnamita, el proceso de aprendizaje de Vuong fue muy complejo; sin embargo, como cuenta en su ensayo autobiográfico “Surrendering”, en cuarto año de escuela escribió su primer poema y, tras concluir sus estudios elementales, logró entrar en el Brooklyn College donde, entre otras cosas, conoció a los renovadores poetas de la Escuela de New York, a la que pertenecieron Frank O’Hara y Ashbery.

Night Sky with Exit Wounds, publicado más temprano este año, es su primer libro, ganador del Whiting Award. Si Bashō utilizó el haibun para sus diarios de viaje en tanto “texto en prosa que rodea, como si fuesen islotes, a un grupo de haiku” (como dice Octavio Paz en el prólogo a Sendas de Oku, obra cumbre del género y de la poesía japonesa del período Edo), Vuong toma esa idea del viaje y las convenciones del género (usa una narradora en primera persona, hace centro en la experiencia, se distancia de los hechos) y en un trabajo excepcional con las palabras, lo hace suyo.

Haibun inmigrante

El camino que me acerca a ti es seguro,
incluso cuando desemboca en los océanos.*
Edmond Jabès

*

Entonces, como si respirara, el mar creció bajo nosotros. Si hay algo que debas saber, sabé que lo más difícil es vivir sólo una vez. Esa mujer en un barco que se hunde se convierte en un salvavidas—no importa cuán suave sea su piel. Mientras dormía, él quemó su último violín para mantener mis pies calientes. Se acostó a mi lado y colocó una palabra sobre mi nuca, donde se derritió en una gota de whisky. Óxido dorado bajando por mi espalda. Habíamos estado navegando por meses. Sal en nuestras frases. Habíamos estado navegando—pero la orilla del mundo no estaba a la vista.

*

Cuando la dejamos, la ciudad todavía estaba ardiendo. Por lo demás era una mañana perfecta de primavera. Los jacintos blancos boqueaban en los patios de la embajada. El cielo era azul-setiembre y las palomas insistían en picotear pedacitos de pan arrojados por la panadería bombardeada. Baguettes rotas. Croissants aplastados. Autos deshechos. Una calesita girando sus caballos ennegrecidos. Él dijo que la sombra de los misiles haciéndose cada vez más grande en la vereda parecía dios tocando un piano de aire sobre nosotros. Dijo Hay tanto que necesito contarte.

*

Estrellas. O, mejor, los drenajes del cielo—esperando. Pequeños agujeros. Pequeños siglos abriéndose lo justo para que nos colemos. Un machete secándose sobre la cubierta. Mi espalda se volvió hacia él. Mis pies en los remolinos. Se agacha a mi lado, su aliento un clima fuera de lugar. Lo dejo derramar un manojo de mar en mi pelo y escurrirlo. Las perlas más chicas—y todas para vos. Abro los ojos. Su cara entre mis manos, mojada como un tajo. Si llegamos a la orilla, dice, le pondré el nombre de esta agua a nuestro hijo. Aprenderé a amar a un monstruo. Sonríe. Un guion blanco donde debieran estar sus labios. Hay gaviotas sobre nosotros. Hay manos aleteando entre las constelaciones, intentando aguantar.

*

La niebla se levanta. Y lo vemos. El horizonte—de repente desaparece. Un brillo de agua nos lleva a la dura caída. Limpio y piadoso—tal como él quería. Tal como en los cuentos de hadas. Ése en que el libro se cierra y se transforma en risas sobre nuestras faldas. Tiro del mástil a toda vela. Él lanza mi nombre al aire. Miro las sílabas deshacerse en piedritas a través de la cubierta.

*

Rugido furioso. El mar rompiendo contra la proa. Él lo mira abrirse como un ladrón con la mirada fija en su propio corazón: todo huesos y madera astillada. Olas creciendo a ambos lados. El barco encerrado entre paredes líquidas. ¡Mirá! dice, ¡ahora lo veo! Está saltando. Está besando el reverso de mi muñeca mientras se afirma al timón. Se ríe pero sus ojos lo traicionan. Se ríe a pesar de que sabe que arruinó todas las cosas bellas sólo para probar que la belleza no puede cambiarlo. Y ésta es la sorpresa: hay un corcho donde debería estar la puesta de sol. Siempre estuvo ahí. Hay un barco hecho de escarbadientes y pegamento. Hay un barco en una botella de vino sobre la chimenea en el medio de una fiesta de Navidad—licor de huevo derramándose desde los vasos de plástico rojo. Pero seguimos navegando igual. Seguimos parados en la proa. Una pareja de muñecos de torta de casamiento encerrada bajo una campana de vidrio. El agua está quieta ahora. El agua como aire, como horas. Todos están gritando o cantando y no puede darse cuenta si la canción es para él—o los cuartos en llamas que confundió con la infancia. Todos están bailando mientras un hombre y una mujer minúsculos están metidos en una botella verde pensando que alguien los espera al final de sus vidas para decir ¡Ey! No tenían que ir tan lejos. ¿Por qué fueron tan lejos? Exactamente como el estrépito de un bate de baseball que choca con el mundo.

*

Si hay algo que debas saber, sabé que naciste porque no venía nadie más. El barco se meció mientras crecías dentro de mí: el eco del amor se endurecía haciéndose un niño. A veces me siento como un ampersand. Me despierto esperando el choque. Tal vez el cuerpo sea la única pregunta que una respuesta no puede extinguir. ¿Cuántos besos chocamos contra nuestros labios en oración—sólo para juntar las partes? Si necesitás saber, la mejor forma de entender a un hombre es con tus dientes. Una vez tragué la lluvia durante toda una verde tormenta eléctrica. Horas yaciendo sobre mi espalda, mi infancia de niña abierta. El campo por debajo de mí en todas partes. Qué dulce. Esa lluvia. Cómo algo que vive sólo para caer no puede ser sino dulce. Agua rebajada a intención. Intención a alimento. Todos pueden olvidarnos—siempre y cuando vos recuerdes.

*

Dios abre su ojo                         
pensando en el verano.                           
luz de dos lunas.**                       

Notas

* El epígrafe corresponde a la primera sección de El libro de las preguntas (vol. I) de Edmond Jabès, traducida al español por Julia Escobar (Madrid: Siruela, 1990).
** El haiku que cierra el haibun es de muy compleja traducción y para mantener la métrica fue necesario alterar el orden de los versos y, consiguientemente, su sentido. Una traducción más literal sería “Verano en el pensamiento. / Dios abre su otro ojo: / dos lunas en el lago.”


La traducción, junto a la introducción breve, salieron en el número de diciembre de 2016 de la revista Lento, junto a una ilustración deslumbrante de Hogue. Ahora acompaña la entrada un detalle de La mer orageuse (1870), de Gustave Courbet.